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Los peligros de la jerigonza impenetrable

Pilita Clark

Por: Pilita Clark | Publicado: Lunes 21 de agosto de 2023 a las 04:00 hrs.
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Pilita Clark

Este mes, en Londres, es posible pagar hasta £195 por una entrada para una obra de teatro de dos horas y media sobre la importancia de lavarse las manos. Se llama Dr. Semmelweis en honor a Ignaz Semmelweis, un quisquilloso médico húngaro que murió sin que se reconocieran sus innovadores descubrimientos realizados en el siglo XIX acerca de la desinfección.

Fui a ver la obra la semana pasada —pagando bastante menos de £195—, sobre todo porque el cautivador Mark Rylance interpreta a Semmelweis, pero también después de confirmar que la duración de dos horas y media incluía el intermedio.

“Un médico húngaro y Donald Trump demuestran por qué es importante transmitir claramente tu mensaje en el trabajo”.

Me alegro de haberlo hecho, porque la historia de Semmelweis resulta confirmar una arraigada opinión de que la mala redacción en el trabajo no sólo es irritante, sino potencialmente peligrosa.

Semmelweis estaba rodeado de peligros desconcertantes cuando trabajaba en las salas de partos de un hospital vienés, en una época en que la llamada fiebre de parto, o infección puerperal, hacía estragos en las salas de maternidad de toda Europa.

En su hospital había dos clínicas de maternidad distintas. Los partos eran atendidos por médicos en una y por parteras en la otra.

Las tasas de mortalidad eran mucho más altas en la clínica con los médicos, que solían ir a las salas de partos después de hacer autopsias sin lavarse las manos. Semmelweis pensó que las “partículas cadavéricas” podrían haber permanecido en las manos de los médicos, por lo que ideó una política que obligaba a todos a lavarse las manos con cloro antes de entrar en las salas de partos y, por supuesto, las tasas de mortalidad en la clínica de médicos cayeron en picada.

Desgraciadamente, la idea no fue popular. A algunos de los colegas de Semmelweis no les gustó la sugerencia de que estaban provocando la muerte de sus pacientes. A otros no les caía bien el poco diplomático y difícil Semmelweis. Abandonó Viena y llevó una vida cada vez más problemática, muriendo en un manicomio a los 47 años.

Rylance da vida a su historia en el escenario con una brillantez previsible. Sin embargo, la obra no aborda una parte de la caída de Semmelweis que descubrí más tarde. Cuando por fin se puso a escribir un libro en el que resumía su investigación, resultó ser un desastre.

“Fue criticado por su lenguaje pobre y su estilo de redacción poco profesional”, dice un artículo de una revista médica sobre Semmelweis. “Largo, repetitivo y a veces casi impenetrable”, dijo otro. La única versión en inglés que he podido encontrar en el Internet confirma que, incluso para los estándares del siglo XIX, no era nada fácil de leer.

Hay que tomar en cuenta que Semmelweis era un marginado amargado con graves problemas mentales. Hoy en día, los titanes empresariales más ilustres no tienen esa excusa cuando se trata de la jerga impenetrable que emiten, especialmente cuando anuncian resultados financieros.

“Sigo confiando plenamente en que la ejecución continuada nos permitirá cumplir nuestros objetivos de rentabilidad a lo largo del ciclo”, les dijo hace unas semanas David Solomon, presidente ejecutivo de Goldman Sachs, a los inversionistas.

Días después, Jim Fitterling, presidente ejecutivo del grupo Dow Chemical, lo superó ampliamente: “Sorteamos de forma proactiva el complejo entorno macroeconómico a corto plazo implementando nuestras medidas dirigidas de ahorro de costos, al tiempo que aprovechamos nuestra posición ventajosa en materias primas y nuestra participación en mercados finales atractivos.”

Normalmente la profesión legal es otra fuente fiable de jerigonza, así que este mes ha sido un placer leer un documento judicial que parece un thriller vertiginoso. Me refiero a la última imputación contra Donald Trump, que acusa al expresidente de intentar anular los resultados de las elecciones presidenciales de 2020.

Se trata de una historia de amenazas de muerte, violencia y conspiraciones frenéticas, en la que una serie de héroes poco conocidos se enfrentan a los extraordinarios esfuerzos por presionarlos para que infrinjan la ley. En el centro se encuentra la rabiosa figura de Trump, que busca despiadadamente la forma de mantenerse en el poder, desconcertando a muchos de sus asesores.

“Es difícil aceptar algo de esto cuando todo no es más que mierda conspirativa transmitida desde la nave nodriza”, escribe un alto asesor de la campaña de Trump.

“Es una obra de locos”, escribe otro.

¿Podría todo esto influir en el resultado del juicio o en las esperanzas de Trump de ganar las elecciones presidenciales estadounidenses del próximo año?

Es imposible decirlo. La mala redacción por sí sola no destruyó a Ignaz Semmelweis y un caso legal sumamente legible puede que no haga mella en Trump.

Me gusta pensar que la forma convincente en la que se ha presentado este caso podría permanecer en la mente de los votantes indecisos en noviembre del próximo año. Pero de cualquier forma, es un recordatorio de la cautivante película que se podría hacer sobre las batallas legales de Trump, aunque incluso a Mark Rylance le sería difícil lograr que un personaje tan fantástico pudiera parecer real.

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