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Columnistas

Nadie quiere trabajar… como antes

JAIME CAREY presidente ejecutivo de Carey

Por: Equipo DF

Publicado: Miércoles 6 de mayo de 2026 a las 04:04 hrs.

Durante décadas el trabajo no solo organizó la economía. Organizó la vida. Estudiar, entrar al mercado laboral, progresar y sostener ese ritmo no era solo una secuencia sino un acuerdo implícito. Exigente, pero entendible.

Ese acuerdo parece menos claro hoy.

Al conversar con profesionales jóvenes, queda la impresión de que la promesa cambió de significado. No necesariamente porque haya menos ambición, sino porque se expresa de otra manera: trayectorias que se interrumpen, cambios de rumbo más frecuentes, mayor disposición a sacrificar ingresos por tiempo o flexibilidad.

Desde parámetros tradicionales, estas señales resultan difíciles de leer. La explicación más inmediata es atribuirlo a una falta de compromiso. Es una lectura posible, pero probablemente insuficiente.

Un estudio muestra que menos de uno de cada diez jóvenes aspira a liderazgo como objetivo principal, mientras la mayoría prioriza propósito, bienestar y balance. La ambición no desaparece, pero deja de concentrarse en un solo eje.

Los datos sugieren algo distinto. El Global Gen Z & Millennial Survey 2025 de Deloitte —encuesta a más de 23 mil jóvenes en 44 países— muestra que menos de uno de cada diez jóvenes aspira a liderazgo como objetivo principal, mientras la mayoría prioriza propósito, bienestar y balance. La ambición no desaparece, pero deja de concentrarse en un solo eje.

Al mismo tiempo, se debilita un supuesto más estructural: la relación entre esfuerzo y resultado. Estudios de la OCDE muestran que, pese a mayores niveles de educación, las generaciones más jóvenes enfrentan más dificultades para alcanzar estándares de vida comparables a los de sus padres, especialmente en vivienda y estabilidad. La movilidad social ya no es obvia.

En ese contexto, no sorprende que cambie la forma de relacionarse con el trabajo.

Pero esto no es solo un fenómeno generacional. Es también un cambio en la naturaleza del trabajo. Las fronteras entre empleo dependiente e independiente se han vuelto más difusas. Las posibilidades de emprender son mayores que antes. Surgen nuevas ocupaciones, muchas de ellas difíciles de encasillar en las categorías tradicionales. La tecnología amplía el espacio para iniciativas individuales, pero también fragmenta trayectorias que antes eran más lineales.

El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial advierte que estas dinámicas seguirán profundizándose.

Esto abre oportunidades evidentes: más autonomía y diversidad de caminos. Pero también introduce mayor incertidumbre. Y ahí la conversación deja de ser solo organizacional.

Las economías envejecen, y Chile no es la excepción. La base sobre la cual se construyeron los sistemas de seguridad social —trayectorias laborales estables, relativamente continuas y predecibles— comienza a tensionarse cuando esas trayectorias se vuelven más fragmentadas, más flexibles y, en muchos casos, más volátiles.

La tasa de fertilidad ronda 1,1 hijos por mujer y la población en edad de trabajar se proyecta a la baja. Si el trabajo cambia, la seguridad social no puede permanecer igual. Los mecanismos de protección social, salud, seguros, pensiones, requieren adaptarse a una realidad donde la estabilidad ya no es la norma, sino una de varias posibles trayectorias.

Podemos insistir en medir el presente con categorías del pasado o asumir que el vínculo entre trabajo, progreso y seguridad está cambiando, y que eso exige ajustar nuestras instituciones a un mundo del trabajo que ya empezó a transformarse.

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