Ha dejado de ocurrir que distintos sectores de nuestro país comiencen a mirar en una misma dirección. Sin embargo, algo de eso está ocurriendo. En febrero, el Indicador Mensual de Confianza Empresarial (IMCE) de Icare y UAI, alcanzó 52,34 puntos, situando las expectativas empresariales por segundo mes en terreno optimista tras cuatro años en terreno pesimista. Según la última encuesta Plaza Pública Cadem, seis de cada 10 chilenos se declaran optimistas respecto del futuro del país. Por primera vez en cuatro años hay más personas que creen que Chile va por un buen camino que quienes piensan lo contrario, y un 52% cree que al país le irá bien con el Gobierno de José Antonio Kast.
Son señales de un cambio en el ánimo del país, que tiene que ver con una convicción que durante años se fue debilitando: la importancia del crecimiento económico. Durante muchos años dimos por sentado el crecimiento. Creímos que era casi un estado natural de las cosas. Mientras la economía avanzaba, nos concentramos en discutir cómo distribuir mejor sus frutos, pero descuidamos aquello que lo hacía posible.
“En las encuestas se repite una idea: las personas quieren que Chile vuelva a crecer. No como un objetivo abstracto, sino porque saben que significa oportunidades de buenos empleos y una mejor calidad de vida”.
El resultado está a la vista. Más de una década creciendo en torno al 2%, muy lejos de lo que Chile necesita para avanzar hacia el desarrollo. Pero lo más complejo no fue solo la desaceleración económica. También se debilitó algo más profundo: el consenso transversal de que el crecimiento debía ser una prioridad del país.
Sin embargo, algo cambió.
Hoy vuelve a aparecer un acuerdo que parecía perdido. En las encuestas, y también en los focus group, se repite una idea simple: las personas quieren que Chile vuelva a crecer. No como un objetivo abstracto, sino porque saben que crecimiento significa oportunidades de buenos empleos, que permitan a las familias tener una mejor calidad de vida, poder vivir tranquilos.
Este cambio también ocurre en la política. Incluso sectores que históricamente miraban este tema con distancia, hoy reconocen su urgencia. El propio Gabriel Boric durante su Gobierno dijo en Enade 2024 que “el crecimiento es importante, sin peros”. Y en la reciente elección presidencial, la ciudadanía eligió a un Presidente que puso el crecimiento económico entre sus dos principales objetivos.
Chile parece haber vuelto a consensuar algo básico: que el crecimiento es una condición para el progreso social. El desafío es aprovechar este momento. Y eso, depende de todos. Por supuesto, el Estado tiene un rol central. Destrabar la inversión, mejorar los sistemas de permisos, simplificar regulaciones, generar incentivos tributarios y dar certezas, son pasos indispensables para cambiar la trayectoria de los últimos años.
Pero también es una tarea del mundo empresarial. Si se abre un nuevo ciclo donde el crecimiento vuelve a ser una prioridad compartida, el sector privado tiene que estar dispuesto a asumir riesgos, invertir y apostar por el futuro del país. No basta con esperar mejores condiciones; también hay que contribuir a crearlas.
Por lo mismo, tenemos que sumarnos todos, desde el rol que nos toca, para no desaprovechar esta oportunidad. Las sociedades avanzan cuando logran ponerse de acuerdo en lo esencial. Hoy Chile parece reencontrarse con una convicción que nunca debimos perder: que crecer es condición para progresar. Si actuamos con decisión y urgencia, este puede ser un punto de inflexión. El inicio de un nuevo ciclo.
Cuando Chile se pone de acuerdo en lo esencial, siempre ha sido capaz de avanzar más lejos de lo que parecía posible. Vamos por esa meta ambiciosa de crecimiento de 4%. Probablemente, no habrá mejor momento que éste.
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