Con 63 años recién cumplidos hace una semana, Claudio Melandri culminó este 2026 una extensa carrera en el mundo financiero. En Chile llegó a ocupar el más alto puesto en el banco Santander, del que se retiró en abril de este año. En este ámbito del mundo de los negocios, prosiguió una ruta como director de empresas, participando en la actualidad del directorio de PF, y además como asesor en el family office de una de las familias propietarias de esta compañía, la rama de los Fernández Miranda.
Pero en paralelo a esta conocida ruta como alto ejecutivo, la vida de Claudio Melandri ha transitado también, mucho más privadamente, en la Armada de Chile. “Yo soy capitán de corbeta, infante de marina. Y mi destinación operativa es en una unidad de infantería de marina, el Fuerte Aguayo en el Batallón Miller, en Concón”, cuenta Melandri en una entrevista en la que revela este lado menos conocido de su trayectoria, que partió como cadete, a los 16 años, pero que, tras un regreso al mundo civil, volvió a retomar años después.
Claudio Melandri nació en Santiago, el 16 de agosto de 1963, de siete meses. Sus abuelos paternos -Atilio Melandri y Noemí Toniani- eran italianos, emigrantes venidos de Emilia-Romaña, al norte de Italia, antes de la Segunda Guerra Mundial. Uno de los hijos de este matrimonio y la primera generación en Chile fue Hugo Melandri, el padre de Claudio. Mientras su abuelo se dedicó al negocio de los camiones, su padre trabajó toda su vida en Falabella e Italmod, como encargado de producción, en una época en que este retailer todavía confeccionaba en el país, pues aún no existían las importaciones de ropa. La madre, a su turno, venía de una familia que tenía un negocio de abarrotes en Recoleta.

“Tengo los mejores recuerdos de mi papá. Siempre nos inculcó la importancia de estudiar, el pelo corto, llegar a la hora”, cuenta Melandri. Como vivía en Recoleta, estudió en la Academia de Humanidades, hasta segundo básico. Cuando la familia se cambió a Ñuñoa -a una casa entre las calles Dublé Almeyda y Juan Moya-, siguió en el colegio Calasanz. “Mi papá tenía una obsesión por los colegios particulares. Decía que los colegios particulares aseguraban una buena educación”, detalla. Sin embargo, mucho antes de salir del colegio se despertó en Claudio Melandri una primera inclinación por el mundo de la Armada, sin conocerla como tal. “Yo no tenía ningún pariente cercano relacionado a las Fuerzas Armadas ni a Carabineros. No conocía la Armada. Pero me gustaban los buques. Mi abuelo me compraba unos libros en que recortabas y armabas un buque, y yo los armaba con él. Recortaba y pegaba. Y empecé a tener ganas de ser marino. Me gustaba el mar y los buques”, cuenta.
- ¿Era buen alumno?
- Sí. No era de 7, pero salí del colegio con promedio 6,2, por ahí. Pero era otra época, donde los alumnos que entraban a la universidad eran 30.000. No había la apertura que hay hoy día de universidades. ¿Por qué digo esto? Porque en esa época entrar en las Fuerzas Armadas era una carrera. Mis papás me pusieron un profesor de matemática y también me puse a entrenar físicamente, porque era difícil entrar a la Escuela Naval. Y un tío tenía un amigo que era coronel de Carabineros, que nos hizo la carta de recomendación.
- ¿Y qué pasó?
- Entré en 1981 y me fui en 1982. No me iba muy bien. Me costó estudiar, y echaba de menos la familia. Era muy chico. De 16 años, uno es un niño. Me fue a buscar mi mamá, y mi papá me dijo, “bueno, ¿qué vas a hacer ahora?”.
Si hubiera seguido en la Armada, Melandri hubiera salido en 1986 de guardiamarina. Pero tras ese inconcluso intento, la ruta fue regresar al mismo colegio, al cuarto medio. “Me puse las pilas, me fue muy bien y di una buena Prueba de Aptitud”, cuenta Melandri, lo que marcaría su vida siguiente, como primera generación en su familia en la universidad. Primero entró a estudiar para contador auditor en la UTEM y luego ingeniería comercial en la UAI. Y aun antes de terminar la carrera, comenzó su vida laboral. Primero, con la práctica en el Banco Concepción, una entidad que estaba intervenida y en la que le pidieron trabajar haciendo análisis financieros de empresas y ver qué capacidad de pago tenían.
Tras la práctica, lo contrataron, aun sin haber terminado la universidad. Así, pasó al área comercial como ejecutivo de cuentas, y ya casado y con su primera hija en camino, por un aviso en el diario, llegó al Banco Santander como ejecutivo de cuentas de empresas, el 4 de junio de 1990.
Su carrera seguiría en esta entidad por más de 30 años. Fue jefe de la sucursal en Santa Rosa y después de la sucursal El Golf. Luego, lo mandaron a la casa matriz y después a cargo de todas las sucursales del sur, de Angol a Punta Arenas, en un puesto con asiento en Temuco. Una experiencia que -cuenta- fue la mejor de todas. “Aprendí a pescar con mosca, que es mi hobby, e hice grandes amigos”, dice. Tras ello, se hizo cargo de todas las sucursales del banco en Santiago y después, de Chile. Y tras la fusión con el Banco Santiago, en 2002, le ofrecieron irse a Venezuela como vicepresidente ejecutivo comercial, para formar la banca comercial, el negocio de empresa en ese país, en 2005. Ahí estuvo tres años, viviendo en Caracas.
- ¿En Venezuela conoció a Chávez y a Nicolás Maduro en persona?
- Ya estaba Chávez y Nicolas Maduro era el canciller. Al presidente Chávez lo conocí en un par de actos. Me dio la mano. Me dijo “¿Cómo está? ¿Usted es chileno? Muy bien”. Era una persona con un nivel intelectual distinto a Nicolás Maduro.
- ¿Cómo fue esa experiencia?
- Nos fue bien en Venezuela como familia. Vivíamos en un bonito departamento. Un rico clima y compartíamos mucho. La gente es encantadora, muy alegre. Es muy lindo el país, todo verde, lleno de palmeras. Pero en esa época en Venezuela ya tenías que andar con guardaespaldas y con auto blindado, y tenía que cumplir ciertas normas de seguridad. Nunca nos pasó nada, pero los conserjes de los edificios estaban todos armados, los choferes andaban armados. Es un país precioso, pero no pudimos disfrutar mucho porque no era muy fácil el turismo. Fuimos a Los Roques, a Isla Margarita, pero no mucho más, porque lamentablemente los temas de seguridad no hacían muy recomendable salir solos.
En 2007 Melandri regresó a Chile como gerente de Recursos Humanos del Santander. Y luego vendrían más y más ascensos: gerente comercial, gerente general, presidente ejecutivo, y chairman.
- ¿En qué minuto retoma la Armada y cómo?
- Nunca lo retomé porque nunca lo perdí. Siempre mantuve el contacto con mis mejores amigos de la Escuela Naval. El nexo que se genera en la escuela es súper fuerte y yo seguí participando con esa generación, pese a que estuve un año. Estoy muy agradecido de mis compañeros, de que nunca me han dejado aparte. Al contrario, me invitaban a todo. Y en el 2005, mis compañeros me dicen por qué no hacía el curso de Oficial de Reserva. Hay dos reservas navales. Yo pertenezco a la Reserva Naval Yates, que nace el año 91. A mí me hacía ilusión estar en el curso de Oficial de Reserva en la escuela. Y pude hacerlo. Pedía permiso y tenía que coordinarme para hacerlo bien. El curso funciona dos veces al mes, por cuatro días, de jueves en la tarde a domingo. Desde marzo a noviembre. Y me fue súper bien. Me gané el primer lugar para ascender a subteniente. Y tuve que navegar en la Esmeralda, de Acapulco a San Diego. Estaba en Venezuela, pero me tomaba el avión el jueves, me iba a la Escuela Naval y el lunes en la mañana, de vuelta a Caracas. Durante un año. En estos cursos, los que somos oficiales de reserva nos compramos todo. La Marina no nos da nada. O sea, no se gasta un peso fiscal en nosotros.
En su rol en la Armada siguió la ruta de guardiamarina, subteniente, teniente segundo, teniente primero, hasta llegar a ser capitán de corbeta. “Yo soy capitán de corbeta, que es el grado máximo al que puede llegar un oficial de reserva”, cuenta Melandri, detallando qué implica en la práctica. “El rol del 0ficial de Reserva es dar a conocer la Marina en la civilidad. Dar a conocer la labor de la Armada. Pero para eso, tienes que profesar los mismos valores.
- ¿A qué se refiere?
- El ethos naval, el alma del marino, que se traduce en acción: disciplina, cortesía, presentación personal, sobriedad, puntualidad, disponibilidad 24/7, trabajo en equipo, honradez e integridad. El comportamiento ético, el cumplimiento del deber, la valentía, que no significa ser un irresponsable, sino que, en situaciones de riesgo, el líder motive. Uno jura a la bandera dar la vida si fuese necesario, igual que un oficial de línea. Yo me siento orgulloso de los valores que representa la Marina para nosotros. Me siento orgulloso de ser marino. Creo que la Marina le ha dado mucho al país.
- ¿En qué sentido práctico?
- Chile es un país tricontinental. Tenemos el continente americano, antártico y la Polinesia. Y tenemos un mar territorial, que son las 12 millas, 120.000 kilómetros cuadrados, y una Zona Económica Exclusiva, que son las 200 millas, 3,68 millones de kilómetros cuadrados, en circunstancia que Chile continental son 756 mil kilómetros cuadrados. Entonces, la Marina es súper importante para el desarrollo del país, para mantener nuestra soberanía, cuidar nuestros recursos y ayudar al comercio. El 90% de los productos que entran y salen de Chile van por el mar. Y hoy día tenemos el flagelo del narcotráfico. La Marina colabora en controlar eso. El norte, por ejemplo, está lleno de playas donde no vive nadie. El narcotráfico, lamentablemente, es un dato y lo tenemos que combatir. La Marina está en eso. Protege el comercio internacional, los recursos marinos, el deporte náutico.
- ¿Pero cuál es su destinación práctica?
- Los oficiales de reserva tenemos dos destinaciones, que en mi caso es la Escuela Naval y otra que al principio era un buque de guerra, pero después hice el curso de Combatiente Básico Anfibio. Soy infante de marina y participo en una unidad. Esa es mi destinación operativa. El curso lo hice en Talcahuano, en el Centro de Entrenamiento de la Infantería de Marina, en Tumbes.
- ¿Cómo llegó a ser instructor?
- Porque es tradición que la primera antigüedad del curso sea instructor. Y porque como yo estuve en la Escuela Naval, todo el tema de las formas militares me lo sé. He sido seis veces instructor. Hubo un año, el 2018, que no fui porque tenía muchas cosas en el banco y preferí no tomar el curso. El que designa a los instructores es el comandante de la Reserva Naval.
- ¿Hace clases en la Escuela Naval?
- Hago tres clases ahí a los aspirantes a oficiales de reserva. Uso de Uniforme, Costumbres Navales y Jerga Naval. Pero también estoy durante todo el curso. Se visita la escuadra, que conozcan los buques de guerra, se visita Talcahuano, el Astillero, la Infantería de Marina, a las Fuerzas Especiales, el Shoa. Ellos tienen que rendir pruebas, con notas de 1 a 10, donde la nota mínima es un seis. Y tienen exigencias físicas corregidas por su edad, pues deben tener una condición física compatible con la vida en el mar. La vida del marino es dura (…) Tienen que levantarse a las 06:00 con un toque de diana. Se bañan con agua helada.
- ¿A quiénes les ha hecho clases de aspirante a reservista?
- A Carolina Ibáñez, al doctor Héctor Valdés, por ejemplo.
- En el caso de una emergencia, un terremoto, un maremoto, ¿tiene que participar?
- El oficial de reserva participa en la medida que sea proactivo. Si hay una emergencia, te van a recibir y vas a ayudar. En emergencias naturales uno siempre está disponible.
- ¿Qué pudo aplicar de su trayectoria en el mundo financiero, en la Armada?
- Cuando me preguntan temas que son del ámbito financiero, claro que lo puedo aplicar. Pero uno más aplica las cosas que aprende en la Marina en el mundo civil. La integridad. No hacer trampa. No tomar el camino corto. El honor. La lealtad. El trabajo en equipo. Son cosas como cliché, pero que no las encuentras siempre en la vida civil.
- ¿Qué significa para usted Arturo Prat?
- Considero que es el principal héroe que tiene Chile. No le quito mérito a ningún otro, pero para mí Arturo Prat es un hombre correcto, representa valores, virtudes humanas que hacen a una persona. Yo me siento orgulloso del legado de Prat y de sus valores.
Claudio Melandri tiene tres hijos y seis nietos, más uno en camino. La mayor de sus hijos es Constanza, que es dentista. La segunda es Francisca, ingeniera comercial, y el menor es Joaquín, también ingeniero comercial. En la actualidad, uno de sus hobbies preferidos es la pesca con mosca, que la practica en lugares como el lago Yelcho y Cerro Castillo, mientras en su casa en el lago Colico acostumbra a estar en familia.
- De la época del Banco Santander, ¿cómo fue la relación con Ana Botín?
- Estuve muchas veces con ella porque era mi jefa directa. Tengo los mejores recuerdos. Yo vengo de una familia de clase media. Y todo lo que tengo se lo debo al Grupo Santander, que me dio la oportunidad de crecer profesionalmente, de hacer el MBA, y de manejar el banco en Chile durante 16 años. Se lo debo al padre de Ana, Emilio Botín. Él me nombró a mí, y después Ana. Tengo los mejores recuerdos de ella.
- Usted no proviene de uno de los colegios tradicionales de la élite empresarial de Chile. ¿Se siente parte de un mundo meritocrático?
- Estoy orgulloso de lo que logré. Yo nunca pensé que iba a ser el sucesor de Mauricio Larraín. Yo me iba a ir del banco y Mauricio me llamó y me dijo “tú no te vas”. Me quedé y después fui el sucesor de él. O sea, entiendo que yo lo hice bien, me esforcé. Sí soy fruto de la meritocracia. Yo no vengo de los mejores colegios de Chile, ni tampoco de una familia acaudalada. Por el contrario, de inmigrantes de mucho esfuerzo. Mi papá, el primer auto se lo compró cuando yo estaba en primero medio. No teníamos auto. No éramos una familia pudiente. Mi padre toda la vida fue empleado, y nos inculcó valores del trabajo, de estudiar. Una vez me dijo: “Claudio, el apellido te lo entrego impecable. Tú lo tienes que entregar impecable. Estudia, el que no estudia no es nada”. Y estuve en una gran empresa que me permitió crecer.
