Reducción de jornada vs. productividad: ¿La carreta delante de los bueyes?
Por Alejandra Loyola, socia de TheHouse Advisory
En medio de más de una década de estancamiento de la productividad en Chile, el último informe de la Comisión Nacional de Productividad anuncia que nuestro país se posicionó como el cuarto país de la OCDE con menor productividad laboral, alcanzando niveles inferiores al 50% del promedio del bloque. A pesar de que, por segundo año consecutivo, la Productividad Total de Factores (PTF) completó un período al alza.
Si bien esta última cifra alegra, para materializar un cambio estructural, nuestras políticas tienen que poner a la productividad en el centro de las prioridades. En este contexto, la reciente entrada en vigor de la jornada laboral de 42 horas, con la meta de llegar a 40 en 2028, deja instalado un desafío de fondo: cómo aumentar la productividad en una economía que lleva años creciendo poco, generando menos valor por hora trabajada y, al mismo tiempo, reduciendo las horas de trabajo. La pregunta es inevitable: ¿No deberíamos ser primero más productivos y después acortar la jornada laboral?
En los países desarrollados, como Alemania, la reducción de jornada fue consecuencia de décadas de mejoras sostenidas en productividad -logrando niveles mayores al 150% del promedio OCDE-, lo que permitió trabajar menos sin afectar el crecimiento. En Chile, avanzamos en sentido inverso: reducimos horas sin haber resuelto cómo generar más valor.
La PTF mide la capacidad de una economía para generar más valor utilizando los mismos recursos. Es decir, no depende solo de cuánto capital o trabajo exista, sino de qué tan eficientemente se combinan. Por eso, factores como la innovación, la automatización, el uso efectivo de la tecnología, las habilidades del talento y la calidad de la gestión son determinantes. Es ahí donde realmente se juega la productividad.
Chile ha avanzado en inversión tecnológica, con crecimientos cercanos a un dígito anual en software, servicios TI y soluciones digitales. Sin embargo, esto no siempre se traduce en mayor productividad, porque muchas veces se aplica sobre procesos que no han sido necesariamente optimizados, lo cual no genera valor real.
Con el talento ocurre algo similar, tanto a nivel de capacidades clave requeridas para el ejercicio de las funciones, como la calidad del uso del tiempo, son elementos que impactan directamente en la productividad. Una parte importante del problema radica en garantizar las capacidades que se dan por sentadas y en cómo se organiza el trabajo: metas poco claras, múltiples frentes abiertos, poca priorización, baja autonomía y poco accountability, hacen que el tiempo -sea mucho o poco- se diluya y pierda efectividad.
El escenario está dado: ya estamos en 42 horas, y las 40 acechan en 2028. ¿Cómo enfrentarán las empresas la tendencia para revertir el estancamiento de la productividad?
Algunas organizaciones reaccionarán desde la inercia, ajustando turnos para cumplir la ley, pero sin modificar su forma de trabajar. Otras lo abordarán como una oportunidad para revisar su estrategia y prioridades, los procesos de mayor valor en su cadena productiva, simplificar la operación, aplicación de tecnología y formación de capacidades con foco en lo que realmente genera valor. La elección definirá a los supervivientes.
La discusión ya no es cuánto trabajamos, sino cuánto valor somos capaces de generar en la jornada laboral, para asegurar que no estemos poniendo “la carreta delante de los bueyes” ni hipotecando el crecimiento.
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