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Por qué Xi Jinping cambió de rumbo en su campaña de represión contra Didi

Tom Mitchell, Financial Times

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Xi Jinping no es el primer populista que promueve políticas que socavan los intereses de sus más devotos seguidores. El ataque regulatorio del presidente chino a los grandes creadores de empleo en los sectores tecnológico e inmobiliario durante el pasado año es un clásico del género. Donald Trump disfrutaba de un apoyo incondicional por parte de los votantes estadounidenses de raza blanca de la clase trabajadora, incluso cuando sus políticas económicas y fiscales beneficiaron desproporcionadamente a las élites ricas.

Se necesitaron unas elecciones para librar a EEUU de las políticas de Trump, una vejación que Xi no tendrá que sufrir porque el congreso del partido comunista chino aprobará un tercer mandato de cinco años, algo sin precedentes, para él a finales de este año. Pero incluso los presidentes vitalicios tienen que enfrentar la realidad económica cuando esa realidad empieza a impactarlos, como demuestra el final del purgatorio de un año de Didi Chuxing.

El jueves, el regulador del ciberespacio le impuso una multa de Rmb8 mil millones (US$1.18 mil millones) al principal grupo de transporte privado de China por haber violado la seguridad de los datos. Se espera que la sanción, que también incluye multas para los dos principales ejecutivos de Didi, allane el camino para que la compañía reanude su captación de nuevos clientes y cotice en la bolsa de Hong Kong.

Como muchas políticas populistas que después tienen resultados catastróficos, Xi pensó que impedir que Didi contratara clientes suspendiendo las descargas de su aplicación era una buena idea. El grupo, que empleaba a 13 millones de conductores en China antes de la represión, lo había puesto en un aprieto al apresurarse a realizar una oferta pública inicial de US$ 4.4 mil millones en Nueva York en vísperas del centenario del partido el pasado verano.

El control de las mayores compañías del sector privado de China encajó perfectamente con la campaña más amplia de Xi para promover la "prosperidad común" en una de las sociedades más desiguales del mundo. También contribuyó el hecho de que no haya oposición política ni medios de comunicación independientes que expongan los aspectos negativos de las medidas de Xi ante un público que apoya su prolongada campaña anticorrupción y su disposición a enfrentarse a EEUU.

Pero poco después de la humillación de Didi el año pasado, se hizo evidente que China Evergrande, uno de los mayores y más endeudados promotores inmobiliarios del país, se dirigía a la quiebra, lo cual tuvo repercusiones en la segunda mayor economía del mundo.

Ahora, los lugartenientes de Xi, encabezados por el primer ministro Li Keqiang y el viceprimer ministro Liu He, deben lidiar con las consecuencias económicas aún mayores de los confinamientos contra Covid que se ordenaron para contener la variante de Omicron. Permitir que Didi capte más clientes y crear una demanda de más conductores parece una muy buena idea después de que el crecimiento económico se haya ralentizado a apenas un 0.4% interanual en el segundo trimestre y de que el desempleo juvenil se sitúe en una cifra histórica del 19.3%.

Li, Liu y los jefes de los partidos municipales de todo el país acogerán con satisfacción la liberación de Didi del purgatorio. Los empleos del grupo eran tan codiciados que muchas ciudades elaboraron normas para garantizar que sólo pudieran ser ocupados por residentes locales y no por trabajadores inmigrantes.

Sin embargo, el cambio de rumbo de Xi respecto a Didi no representa un cambio de rumbo respecto a su programa más amplio de prosperidad común. El mes pasado, el ministerio de finanzas chino se comprometió a "mejorar los sistemas fiscales y tributarios para promover la prosperidad común".

Además de pagar una cuantiosa fianza para salir de la cárcel, Didi ya ha abandonado su antipatriótica cotización en la Bolsa de Nueva York. Como siempre, Xi consiguió lo que realmente quería.

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