Invirtiendo durante la tormenta petrolera
ESTEBAN POLIDURA Estratega Global, Julius Baer
Las tensiones en Oriente Medio mantienen los riesgos al alza. Pero no toda crisis energética es igual, ni debe ser enfrentada igual por los inversionistas. Comencemos por el escenario que a nuestro parecer es el más probable, uno donde se da una escalada intensa, pero breve. Incidentes en el Estrecho de Ormuz, oleadas especulativas y el Brent sobrepasando los US$ 90 el barril. Pánico inicial, sí, pero sin daño estructural a infraestructuras clave. La oferta global, aún con márgenes ajustados, absorbe el golpe. En cuestión de semanas, el miedo retrocede. Así, la mejor respuesta no es huir, sino usar la volatilidad como ventaja.
Los inversionistas disciplinados verán oportunidades en un escenario así. Acciones de calidad en Europa, Japón, China o mercados emergentes podrían quedar injustamente penalizadas. Rotar desde posiciones caras en EEUU hacia estos mercados ofrece diversificación con valor. En renta fija, no hay necesidad de abandonar una duración moderada por temor a la inflación. Bonos de alto rendimiento a corto plazo y deuda emergente en divisas local y fuerte mantienen su atractivo. La clave es mantenerse dinámicos y tácticos y no realizar cambios radicales.
“El arte de invertir en crisis no está en predecir el futuro, sino en prepararse para varios. Mientras el mundo arde, lo sabio no es apostar por la paz; es asegurar que, pase lo que pase, la cartera no naufrague”.
Pero imaginemos un giro oscuro, un escenario donde la tensión perdura. Ataques incapacitan instalaciones de exportación, el tráfico por Ormuz se ve seriamente obstaculizado y el petróleo se aferra a los US$ 90- US$ 100 durante varias semanas. La amenaza ya no es psicológica, sino física. Flujos comerciales se interrumpen, grandes productores limitan sus exportaciones, y la inflación reaparece como fantasma real.
Entonces, la cartera debe endurecer su armadura. El oro recupera protagonismo. Sectores defensivos como salud, servicios públicos y consumo básico ganan peso. También las empresas energéticas, ahora no como apuesta, sino como cobertura esencial. Geográficamente, Suiza o el Reino Unido (por su exposición a commodities) ofrecen refugios con rentabilidad. En renta fija, los bonos de alta calidad y emisiones selectas de mercados emergentes combinan rendimiento y solidez. Ante mayor incertidumbre, las estrategias activas y productos estructurados con protección de capital cobran valor.
Hasta aquí, todo responde a escenarios manejables. Pero hay uno más sombrío, uno donde se materializa una escalada total. Conflicto regional, producción petrolera diezmada, precios sostenidamente por encima de US$ 100. Entonces, se rompe el equilibrio. La economía mundial se enfría, la demanda colapsa, y la inflación castiga. Los bancos centrales quedan entre la recesión y el descontrol de precios.
En esa tormenta perfecta, el objetivo es claro: preservar el valor de la cartera. Aumenta la asignación a efectivo. Refugios como el oro, el franco suizo y el dólar de Singapur vuelven al centro del tablero. La deuda pública a largo plazo recobra su función anticíclica. En renta variable, la salida de activos cíclicos es inevitable. Se prioriza calidad, defensa y exposición directa al precio del crudo. En tales momentos, también cobran sentido estrategias asimétricas donde fondos de cobertura con exposición neutra al mercado, o productos estructurados con colchón de caída significativo pueden agregar valor. No se busca ganar todo, sino perder poco.
El arte de invertir en crisis no está en predecir el futuro, sino en prepararse para varios. Hoy, el escenario central permite mantener el rumbo, con ajustes defensivos sutiles. Pero mientras el mundo arde, lo sabio no es apostar por la paz. Es asegurar que, pase lo que pase, la cartera no naufrague.
Instagram
Facebook
LinkedIn
YouTube
TikTok