Lucy Kellaway

El síndrome del “jefe deslumbrado” siempre termina en desastre

Por: Lucy Kellaway | Publicado: Lunes 16 de noviembre de 2015 a las 04:00 hrs.
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"X" es un gerente admirado y un poco intimidante. Es bien conocido. "Y" es un hombre relativamente joven e inteligente que trabaja para su empresa. No es conocido, a menos que uno también trabaje allí, en cuyo caso, sólo escuchar su nombre causa rechinar de dientes.

Cuando Y fue contratado hace unos tres años, X quedó inmediatamente encantado, decidió que tenía un talento extraordinario y enseguida lo puso a la cabeza de un departamento importante. Como Y no tenía ni la experiencia ni la personalidad para el puesto, no deja de meter la pata.

Varios colegas de alto nivel han protestado. Pero han sido acallados. El director ejecutivo no puede ni quiere ver que su protegido es un fracaso. Está demasiado cautivado.

Esta historia, que he tenido que modificar un poco para no meterme en problemas, ocurre a diario, pero no es algo que los expertos en liderazgo discutan mucho. En vez, están obsesionados con el tema de los sesgos inconscientes —la última moda en cómo los administradores toman malas decisiones sobre las personas— y despachan los ejecutivos a cursos de entrenamiento para tratar de eliminar sus prejuicios sutiles y profundos. Pero nadie parece preocuparse por lo que pasa cuando la parcialidad de un jefe no es ni sutil ni profunda sino indignante y evidente para todos menos el mismo jefe, quien está ciego a su propia parcialidad y se felicita por su capacidad para descubrir talento.

El fenómeno, que es un defecto de carácter en muchos de los mejores administradores del mundo, necesita un nombre y por eso le estoy llamando el síndrome del jefe deslumbrado. Es cuando un ejecutivo queda fascinado por alguien, pierde el juicio y se niega a escuchar, encaminándose a un desastre seguro.

Una versión de esto se manifestó hace poco entre David Cameron y Camila Batmanghelidjh. El primer ministro quedó fascinado con la hipnotizante directora con turbante arco iris de Kids Company. Grandes cantidades de efectivo se donaron a su empresa filantrópica y los funcionarios hicieron preguntas. Pero no pasó nada hasta que las cosas iban tan espectacularmente mal que se suspendieron las relaciones.

Yo descubrí el síndrome hace más de 30 años, cuando yo misma fui el objeto del afecto. Se fijó en mí un jefe malhumorado a quien se le metió en la cabeza que yo era totalmente maravillosa. Me dio un trabajo que yo no tenía ni idea de cómo hacer, y a pesar de mi desempeño claramente promedio, consideraba que todo lo que hacía era brillante.

De cierto modo, era agradable ya que me vuelvo tonta cuando me dicen que soy un genio. Lo que no era tan agradable era sentirme sobre promovida, y lo que era aún peor era lo mal que caía a mis colegas. No tengo idea de cómo hubiera terminado: mi jefe fue despedido por una serie de delitos menores y yo misma me fui poco después.

Desde entonces me ha interesado el síndrome del jefe deslumbrado y he tratado de llegar a algunas conclusiones.

Primero, tiene poco que ver con el sexo y todo que ver con el poder. Los objetos de la infatuación de los jefes pueden ser hombres o mujeres. Segundo, es tan arbitrario como el verdadero amor. A veces a un hombre mayor le fascina alguien quien le recuerda a sí mismo; pero a veces el predilecto es completamente diferente. A veces es un empleado brillante y a veces una pesada carga. La mayoría son una combinación de ambas cosas.

En muchos casos ha logrado deslumbrar al jefe gracias a una brillante campaña de adulación. (Quien no crea que la adulación funciona debería leer una entrada de blog de Marshall Goldsmith sobre el amor que sentimos por nuestros perros, que son los aduladores más exitosos).

Pero algunos objetos de la infatuación nunca pidieron esa atención. Recuerdo a uno que conocí, quien era gruñón, taciturno y desconfiado del poder, y sin embargo era adorado por su jefe que lo malcriaba.

Igual que ocurre con el amor verdadero, el jefe que ha sido deslumbrado queda cegado. Peor aún, una vez que el jefe ha designado públicamente que el objeto de su infatuación es digno de un ascenso, su orgullo está en juego. El elegido tiene que ser talentoso; nada más es aceptable. Todas las señales de peligro se ignoran, la verdad sólo sale a la luz cuando es demasiado tarde. Entonces las consecuencias son crueles: el antiguo ser amado recibe la ira y el desdén y generalmente termina siendo despedido.

Lo más preocupante de este fenómeno es que no hay respuesta. No se les puede prohibir a los ejecutivos quedar deslumbrados como no se les puede prohibir a los adolescentes. Lo único que se puede hacer es fijarse quién padece el síndrome y estar atento.

En la total ausencia de estudios y basada sólo en mi propia observación, yo diría que los más propensos a padecerlo son quienen tienen absoluta confianza en su propio juicio, tienden a ser algo aislados y son fuertes y carismáticos. Lo cual no resulta ser muy útil; se trata simplemente de las personas que llegan a la cima.

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