Estaba de viaje en Villarrica, hace más de una década, cuando el ingeniero civil industrial Máximo Troncoso se encontró con un trozo de corteza de canelo en una feria. Lo olió. Era dulce y profundo, con un fondo a madera que no había sentido antes en ninguno de los inciensos que conocía. “Ahí pensé ‘esto tiene que llegar a más gente’”, recuerda.
Durante los meses siguientes hizo pruebas. Algunas mezclas no prendían; otras, una vez encendidas, casi no olían. Insistió hasta conseguir algo que se acercara a ese aroma que había encontrado en el sur.
Más tarde se sumó su amigo y compañero de universidad Tomás Schiappacasse y juntos dieron forma a UMO Recolector, que hoy produce en Pucón inciensos y aceite esencial a partir de corteza de canelo.

El bienestar y la reconexión con la naturaleza son parte del propósito que, según Troncoso, está detrás del proyecto. “Nosotros encontramos una forma muy concreta de responder a eso: llevar el aroma del bosque, ese olor que a mí me cambió algo por dentro, hasta la casa de cualquier persona”.
La corteza con la que trabajan proviene de pequeños propietarios del sur, que obtienen leña a través de planes de manejo forestal. UMO compra la corteza que queda de ese proceso y que antes se desperdiciaba.
En Pucón la corteza se muele y destila para obtener aceite esencial, que la marca también comercializa como materia prima para perfumes y cosmética natural. El material que queda después de la destilación vuelve a aprovecharse para fabricar los inciensos.
“Eso es upcycling, o suprarreciclaje: darle valor a algo que se estaba desperdiciando”, explica Troncoso.
Paisajes dentro de un frasco
Desde disciplinas distintas, otros proyectos han comenzado a hacerse preguntas similares: qué aromas guardan las plantas que crecen en Chile, cómo extraerlos y, sobre todo, si es posible conservar dentro de un frasco algo tan intangible como el olor de un paisaje.
Antonia Barreau llevaba un tiempo viviendo en Canadá cuando descubrió los perfumes botánicos sólidos. Ingeniera forestal especialista en etnobotánica -la disciplina que estudia las relaciones entre las personas y las plantas-, ya estaba acostumbrada a observar la flora desde sus usos y significados.

Al mismo tiempo, comenzó a reparar en algo mucho más cotidiano: lo invasivas que podían resultar las fragancias sintéticas. “Cuando venía de visita a Chile, me subía a un ascensor, me subía al metro, y era muy abrumante el nivel y la intensidad de los perfumes. Sentía que había muy poco respeto por el otro, porque al de al lado no tiene por qué gustarle tu olor”, recuerda.
También comenzó a cuestionar su presencia en productos de uso diario, desde cremas y champús hasta artículos de limpieza.
Con esas inquietudes, a su regreso al país quiso explorar una alternativa: crear “perfumes que olieran a paisajes y bosques”. Su hermana Fernanda, también ingeniera forestal, se sumó al proyecto y realizó su tesis sobre extracción de aromas de flora nativa: investigó qué especies aromáticas había, cuáles eran los mejores métodos para extraer sus aromas y cuánto rendían.
Después vino un fondo Corfo, capacitación en perfumería y un largo período de ensayo y error. Así nació, en 2018, Bruma Nativa.

Para crear un perfume, las hermanas no parten necesariamente de una fragancia, sino de un lugar. Identifican dos o tres especies aromáticas características de ese ecosistema y construyen un perfil de cómo debería oler.
“Si le preguntas a la comunidad: ¿a qué huele el desierto? Aparecen cosas súper interesantes: desde aromas específicos, como rica-rica o muña, hasta adjetivos como cálido, helado, seco o dulce”, cuenta Barreau.
Con esas respuestas y las especies elegidas definen el corazón del perfume; luego comienza la formulación, hasta conseguir que el resultado se acerque al paisaje que quieren representar.
En su taller en Pucón destilan flora proveniente de distintos puntos del país. Del norte llegan pimienta rosada, rica-rica y muña; en la zona central trabajan con peumo y boldo; más al sur aparecen el canelo, la tepa, el melí y el ciprés de las Guaitecas.
Parte del material lo recolectan ellas mismas, otra parte llega a través de familias recolectoras y, en el caso del ciprés, utilizan remanentes de trabajos de carpinteros de Chiloé.

Un mapa de aromas
La exploración de la flora chilena a través del olfato, sin embargo, tiene antecedentes anteriores. Hace más de 20 años, Paloma Espinoza comenzó un recorrido que primero pasó por la aromaterapia y luego por la destilación, el cultivo y la cosecha de plantas.

Estudió ilustración botánica y taxonomía vegetal, exploró distintas técnicas artesanales de extracción y viajó para formarse en perfumería. “Con el tiempo fui tejiendo un camino que ha involucrado la naturaleza, las artes y los aromas”, dice.
En Chile, recuerda, las posibilidades para aprender y conseguir materiales eran todavía reducidas. Espinoza menciona a Mavi Toro Pefaur, dedicada a la difusión de la aromaterapia científica; a Silvia Galleguillos, cuya tienda era una de las pocas alternativas para comprar aceites esenciales; a Soledad Villalobos, vinculada a la perfumería natural y la aromaterapia, y al destilador Juan Pailamilla, que ya trabajaba con flora nativa en La Araucanía.
“No teníamos muchas herramientas, conocimiento y materiales. Esta ‘escasez’ favoreció mi curiosidad, creatividad y me permitió ir construyendo un lenguaje bastante propio”, dice Espinoza, quien con los años dio forma a Perfumería Botánica.

Su trabajo tomó un camino que cruza perfumería, arte, investigación y docencia. Además de crear pequeñas ediciones de perfumes y realizar sesiones olfativas en su taller, desarrolla “dispositivos aromáticos” que vinculan los olores con otras disciplinas artísticas.
De esa búsqueda surgió también Perfume Geográfico - Mapa de Aromas de Chile, un proyecto desarrollado junto a Josefina Hepp, de Fundación Chilco, y el geógrafo Nicolás Martelli, además de otros colaboradores.
La propuesta no busca solamente reunir olores de norte a sur: incorpora la flora nativa y endémica, su estado de conservación y elementos propios de los ecosistemas y culturas a los que pertenece. Espinoza lo describe como un mapa “infinito”, porque permanece en constante construcción.
Una geografía que también se huele
¿Existe una identidad olfativa de Chile? Paloma Espinoza cree que es difícil definirla. “A través de las respuestas de las personas, he podido observar elementos relacionados con la enorme segregación que existe en nuestro país. También creo que los aromas de las plantas nativas de Chile no necesariamente nos remontan a ese territorio, salvo que vivas en un entorno muy salvaje y muy cercano a la naturaleza”.
Para Antonia Barreau, escoger un único aroma que represente al país tampoco resulta fácil. En un territorio marcado por climas y ecosistemas tan distintos, la respuesta está precisamente en esa variedad. Y cree que esa riqueza tiene potencial internacional.
“Yo creo que Chile huele delicioso. No tenemos nada que envidiarle a otros aromas globales tan interesantes como, por ejemplo, el sándalo australiano. Nuestra flora aromática es muy rica y diversa. Creo que somos muy afortunados en ese sentido”.