El verano de 2025, durante un viaje por España y Marruecos, Alejandra Cortázar Valdés (47) notó un ganglio que parecía inflamado. Se dio cuenta de que crecía, pero jamás pensó que se trataba de un cáncer. Cuando volvió a Santiago, su pareja, que es médico, lo palpó. La expresión de su cara cambió de inmediato. Tenía que examinarse cuanto antes.
Su cáncer, explica Alejandra, es sumamente raro, hay pocos casos en el mundo. “Se trata un cáncer que venía del colon, que se desdiferenció a células germinales, que son células que están en otros órganos. Tener dos cánceres distintos en un mismo cuerpo es una cuestión extremadamente rara. Se cuentan con las manos de los dedos y los pies las personas que han tenido este cáncer”, señala sentada en el living de su casa dejando entrar un tibio sol de invierno.
Lleva un año y medio sometida a distintas quimioterapias. El día previo a la entrevista se sometió a la segunda sesión de una nueva ronda de quimioterapia y según cómo responda, espera entrar a un ensayo clínico. “Con esta primera quimio nos fue mejor de lo que esperábamos. El doctor me dijo: ‘Celebra esto, con los pies en la tierra. Tómate una copa de vino hoy día en la noche’”.

Además, ha incursionado en distintas terapias alternativas. Actualmente se está atendiendo con una terapeuta energética y pronto viajará a EEUU a un retiro a cargo del conferencista Joe Dispenza. “Hubo un periodo en que acompañamos las quimios con muchas terapias alternativas y el cáncer igual avanzó, pero poco. Dejamos de hacerlas y el cáncer avanzó ene. Que avance poco es un win, vale la pena intentarlo todo”, resume. A pesar de los duros traspiés que le ha tocado enfrentar este tiempo, ella vive la vida un día a la vez; con gratitud y optimismo, dice.
Con más de 20 años de experiencia en consultoría e investigación, Alejandra ha desarrollado una carrera en temas de desarrollo infantil temprano, educación inicial y políticas sociales para Unicef, OCDE, Rand Europe, Diálogo Interamericano, Unesco y el Banco Mundial. Ha sido profesora e investigadora en la UDP, consejera de la Agencia Nacional por la Calidad de la Educación, asesora del Ministerio de Educación y una de las fundadoras del primer Centro de Estudios de Primera Infancia (CEPI) en Chile. El año pasado la profesional se ganó el Premio Padre Hernán Larraín otorgado por la Escuela de Psicología UC.
Cuando recibió el diagnóstico dejó algunas de las asesorías o proyectos en los que participaba, pero mantuvo aquellos en los que tenía un vínculo mayor. Uno de ellos es el informe para el Banco Mundial cuyos resultados se publicaron hace un mes. Se trata de dos policy briefs realizados con datos de la Subsecretaría de Educación Parvularia sobre Fortalecimiento de la Equidad en el Financiamiento de la Educación en Chile. En ese caso le pidió apoyo a la economista Andrea Repetto y al investigador Felipe Godoy.
También ha mantenido su labor como Affiliate Fellow del Centro de Primera Infancia del Tec de Monterrey y Fundación FEMSA. Ahí coordina un certificado y imparte clases para líderes de primera infancia en América Latina, en formato online. Antes viajaba unas cuatro veces al año a México, pero ya no. “Me encanta mi pega, pero este último tiempo no he vuelto a meterme en un nuevo estudio grande. Por el momento no me da”, comenta.
Su faceta artística
Alejandra cuenta que en un momento de sus estudios buscó registros para armar un portafolio de arte, y se encontró con autorretratos suyos desde los 3 años. “Desde que tengo uso de razón he usado mis manos para expresarme, lo he hecho pintando, con cerámica, grabados, collages, tejiendo”, dice. Alejandra es la segunda de tres hermanas mujeres. Sus padres son el exministro René Cortázar y Ana María Valdés, de quien heredó el talento por las manualidades (su madre hace cestería, entre otras artes).
Cuando Alejandra salió del colegio pensó en estudiar distintas carreras, entre ellas arte, finalmente optó por psicología porque el lado social la marcaba mucho. Entró a la Universidad Católica, donde también hizo un diplomado de arte. Quiso cursar arteterapia en Estados Unidos, pero Becas Chile no otorgaba becas para ese tipo de estudios. Estudió un Máster y Doctorado en Educación de Columbia University. Durante el tiempo que vivió en Nueva York tomó talleres de monocopia y grabado en el New York Student Art Center.
Cuando nació su hija Emilia, hace 16 años, comenzó a hacer cerámica. Tiempo después, durante la pandemia, empezó a bordar y tejer. Tomó clases de bordado con Ofelia & Antelmo y también con la artista Juana Gómez. “Bordé todo lo que encontré. Para mí, la gracia es que fuera 100% libre. Nunca pude tejer un chaleco porque eran demasiadas instrucciones. Y durante mucho tiempo también hice collage, siempre desde lo intuitivo”, afirma.
Combinaba su afición artística con su trabajo de investigadora, con mayor o menor dedicación, según la carga laboral. “Justo antes de enfermarme tomé un curso de cerámica de torno con Peko Prado, un súper artista y profesor, y estaba feliz, pero requiere fuerza física y cuando empecé con la quimio, que era feroz, dije: ‘no puedo seguir con esto’. Y ahí pensé en otro proyecto”.
“Pasó a ser mi proyecto de vida”
Cuando volvió de su viaje a España, su pareja la esperaba con un ramo de flores. Algo habitual. Casi al mismo tiempo llegó el diagnóstico de cáncer. Por esos días Alejandra instintivamente comenzó a sacarle fotos a la evolución de los tulipanes: “Pensé, ‘voy a sacar fotos porque no entiendo mucho qué está pasando’. Después no podía parar”, dice. Las fotos las imprimía en tela y las bordaba encima.

Hay varios momentos que van quedando reflejados en las obras. “Las primeras fotos fueron todas en blanco y negro. Después hay un quiebre, yo ya era otra persona. Hicimos un viaje al desierto florido que fue terrible porque tuvo lugar después de un mal diagnóstico. Me ayudó buscar aquello que estando en la peor circunstancia no se muere. Me focalicé en encontrar flores que estaban entre grietas, que crecían desde las cenizas, flores resilientes. Ahí tiré un montón para arriba e incorporé más color”.

Bordó sobre algunas de las radiografías y exámenes médicos. Fue innovando en las obras e introduciendo nuevas materialidades. Le encargó a una amiga que vive en EEUU que le trajera unos “artículos de primera necesidad”. Eran botones, cuenta riendo. Sumó figuritas humanas, parches, cajitas… Luego se entusiasmó construyendo micromundos llenos de objetos simbólicos y contenidos en fanales de vidrio. Ahí encerraba sus miedos.

La necesidad de crear se ha mantenido activa. “Pasó a ser mi proyecto de vida, es como mi terapia. Sentarme, armar algo y sentir que es lo que quiero expresar”, describe. Pero pronto se dio cuenta de que no quería acumular toda esa obra. “De repente dije: ‘no quiero esto en mi casa’. Lo voy a exponer y donar lo que recaude”, narra.
Así llegó a Casa Familia, fundación que acoge y acompaña a pacientes pediátricos que estén transitando una enfermedad grave. Los contactó por mail y al ir a conocer una de sus residencias, se convenció de que eran los indicados.
Quedaba buscar dónde exponer. A través de una amiga se acercó al Centro Cultural Estación Mapocho. La recibieron María Gracia Valdés, directora, y Macarena Sánchez, jefa de Comunicaciones. “Esto fue en enero. Yo llegué literalmente con una maleta con 80 telas, cuatro fanales y unas postales, sin carrera artística previa. ‘Listo, lo hacemos’, me respondieron ahí mismo. Me preguntaron si podía ser el próximo año y les dije que tenía que ser este. Buscamos fecha: 8 de agosto. Salí sorprendida de que hubiera resultado tan rápido”, comenta.
En un principio ella había pensado armar una exposición en el jardín de su casa con el propósito de vender, pero luego se fue entusiasmando con la idea de llegar a más personas. “A mí lo que me ha movido toda la vida es la equidad. Si esto puede ayudar a alguien más, toma otro sentido para mí”, agrega. Le ofreció a sus más cercanos la oportunidad de adquirir una obra antes de abrir la venta. Le mandó el catálogo a su familia y a sus amistades. En 10 días había vendido el 70% de la obra. Entonces realizó 50 postales intervenidas y armó más fanales que dedicó exclusivamente a la venta en la exposición.
Un día la visitó la diseñadora Camila Trivelli, amiga suya desde la infancia. Alejandra le contó que quería armar un relato. La invitó a armar un libro juntas, de manera no remunerada, ya que lo recaudado también va a la Fundación Casa Familia (se puede comprar en webook.cl). Camila se sumó encantada: sacó fotos de las obras y armó una maqueta. “Yo que soy súper exigente con lo estético, no tuve ninguna sugerencia. Me encantó. Para mí era importante que no fuera algo tétrico. Transformar mi proceso en una obra que pudiera sacar una sonrisa. Me importa hacer algo hermoso, no en el sentido de que sea lindo, sino que transmita lo que siento y que contenga armonía”.

El libro, al igual que la exposición, se llama Tiempo entre puntadas. Acostumbrada a escribir papers académicos o discursos, Alejandra recurrió a lo más propio: “Escribí lo que me nacía del alma. Busqué citas o definiciones que acompañaran mi experiencia”.
La compasión como lección
“Al exponer y exponerme haciendo público este proceso privado e íntimo me rebelo del secreto, la vergüenza, el estigma e incluso la culpa de la enfermedad y al compartirlo pasa a ser un acto de arte público y político. Hoy este tiempo entre puntadas deja de ser sólo mío y pasa a ser de todos ustedes”, dijo Alejandra al final de su discurso de inauguración de la exposición.

- ¿Cómo viviste ese momento?
- Yo tenía miedo a que me diera mucha pena. Abrazar a tíos o primos que no veo hace tiempo, y quebrarme. Pero llegué ahí y fui feliz. Vi la exposición y encontré que estaba todo tan lindo. Cuando leí mi discurso estaba súper bien preparada, me emocioné, pero no lloré, que era como mi logro para ese día.
“Diagnóstico, catéter, gratitud, resiliencia, miedo, rabia”. Son algunas de las palabras que aparecen en el libro. Otro término que destaca es compasión. “En diciembre de 2024, poco antes de mi diagnóstico, me quebré el pie y me pasaron otras dos cosas físicas. Me di cuenta de que me molestaba mucho que la gente se compadeciera de mí. Le dije a mi antigua terapeuta que necesitaba una sesión para hablar de eso. Y al poco tiempo cambió mi vida. He aprendido a aceptar la compasión de los demás, a pedir ayuda, incluso a sentir compasión de mí misma. Yo vivía haciéndome cargo de otros, entonces es una lección de humildad”.
También le costó aceptar sus cambios físicos. Durante un año tomó corticoides, lo que la hacía lucir distinta, también le cambió drásticamente el pelo (hoy usa peluca). “Me costaba reconocerme cuando me miraba al espejo. Compañeros de colegio no me reconocían en el supermercado, y como no soy tan sociable aprovechaba para seguir de largo”, dice riendo.
La enfermedad también trae oportunidades: “Hacer las cosas que me hacen bien, dejar pasar las que no son importantes, dar gracias cada día por algo que pasó, si me vino a ver una amiga y salimos a caminar, eso ya es un regalo. También aprendí a esperar, a tener paciencia. Agradezco a mi cuerpo que ha respondido bien y tener la energía de seguir adelante”. Alejandra se emociona: “Si esto tuviera un final feliz, para mí han sido de los mejores años de mi vida en muchos aspectos. En lo creativo me atreví a ser artista. Y también por todo el amor que he recibido, la cantidad de amigas mías que aparecieron, mi familia, mi pareja”.
Tiene nuevas ideas artísticas. Durante un viaje reciente a San Pedro de Atacama sacó fotos del desierto y del Valle del Arcoiris. “Estar en contacto con la naturaleza es algo que me hace realmente feliz. Empecé a buscar imágenes con la idea de que la naturaleza sana. Me gustaría trabajar con fotos de vistas en gran formato y también con detalles más pequeños, esta vez utilizando fibras naturales. Ya veremos qué sale”, adelanta.
El poder del lienzo colectivo
El feminismo ocupa un lugar importante en su vida y en su obra. Es algo que trae en la sangre, casi genético, afirma. Su abuela materna, Carmen Sanz, fue una mujer de avanzada. “Se fue a estudiar un magister sola en barco cuando tenía 22 años. Fue una de las primeras mujeres en entrar a la universidad a estudiar algo que no fuera pedagogía. Estudió Agronomía y trabajó con mi abuelo en la Universidad de Chile”.
Sus padres tuvieron tres hijas mujeres, por lo que nunca hubo espacio a diferencias: “Siempre nos trataron como seres humanos pensantes, críticos. Participamos de muchas conversaciones de política en mi casa”.
Por lo mismo la desigualdad de género ha estado presente dentro de sus preocupaciones y ha formado parte de sus investigaciones. Incluso desarrolló un programa de capacitación para reducir el sesgo de género en el aula de clases y estudió su incidencia en la primera infancia.
Desde que nació su hija, cada 8 de marzo ha participado de la marcha que conmemora el Día de la Mujer. Se junta con un grupo de amigas, y ahora con varias de sus hijas. Alejandra siempre admiraba los lienzos elaborados que cargaban distintas agrupaciones. “Nosotras todos los años llegábamos con una cartulina horrible. Hasta que le dije a mi amiga Sole González que hiciéramos un lienzo con anticipación”, relata.
Compraron materiales y le propusieron a un grupo de mujeres, algunas más cercanas que otras, reunirse una vez al mes. “El único requisito era que quisieran hacer algo con las manos y que estuvieran dispuestas a dedicarle cierto tiempo”, dice. Durante 2024 trabajaron en un lienzo repleto de flores tejidas y bordadas, con la consigna: “Siembra rebeldía, cosecha libertad”.
El diagnóstico llegó poco antes de la marcha de 2025 y le causó angustia no poder asistir. “El doctor me miraba como diciendo: ‘¿de verdad tu prioridad es ir a una marcha?’ Pero es que llevaba nueve meses haciendo ese lienzo”. Finalmente marchó, tomando las precauciones necesarias para su salud. También se manifestó el 8 de marzo de este año, esta vez con un lienzo donde a través de un collage digital se reunían imágenes de mujeres significativas en sus vidas: madres, abuelas, hijas. “Juntas, libres y sin miedo”, escribieron entonces. Actualmente están trabajando en la versión 2027. “Me hace demasiado bien. Es terapéutico. Compartimos historias mientras creamos con las manos”, declara.
