Poca convergencia universidad-empresa impide transferencia tecnológica
Hoy existen sólo 0,3 patentes por cada millón de habitantes, mientras que en los países de la OCDE esta cifra es de entre 20 y 30 por millón de personas.
Por: Alejandra Clavería Llanos
Publicado: Lunes 24 de enero de 2011 a las 01:00 hrs.
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Transferir los resultados de investigaciones académicas a empresas que los incorporen a innovaciones de productos o servicios, es indispensable para lograr impactos económicos y sociales. Pero mientras los países desarrollados invierten en promedio un 2,4% del PIB en concretar este próposito, en Chile la situación es muy distinta. Según datos de InnovaChile de Corfo, el gobierno ha destinado en los últimos doce años más de $ 2.000 millones a fomentar la I+D en las universidades para generar nuevos conocimientos. Inversión que ha dado paso a la publicación de más de 24.000 papers ISI, documentos citados en renombradas revistas científicas, permitiendo insertar a nuestro país en reconocidas redes internacionales de investigación. Sin embargo, estos proyectos no han obtenido los resultados comerciales esperados: entre 2002 y 2008 apenas 254 solicitaron patentes. De hecho, hoy existen sólo 0,3 patentes por cada millón de chilenos (en los países de la OCDE esta cifra es de entre 20 y 30 por millón de habitantes) y, según los expertos, existe escasez de capital humano especializado que comercialice ese conocimiento desde las casas de estudio hacia las organizaciones.
Para Thierry de Saint Pierre, subdirector de Innovación de Bienes Públicos para la Innovación e I+D Precompetitiva de InnovaChile, uno de los motivos que ha frenado el desarrollo de la transferencia tecnológica o de conocimientos, ha sido la falta de incentivo por parte de las universidades para que sus investigadores traspasen a las compañías los resultados de sus estudios. Pero también se debe a que las empresas no han hecho evidentes sus necesidades. Es importante convencer a la universidad que transferir conocimiento es un elemento importante de su quehacer y que no solamente lo es la investigación y la educación. Y para ello tenemos que juntar a conversar a estos dos actores y que vean que esto es una relación de ganar-ganar: para la universidad significa entrar a proyectos atractivos y para la empresa, generar ventajas competitivas, explica. Orlando Jiménez, director del Centro de Innovación y Emprendimiento de la Universidad Central, comparte esta opinión al señalar que la mayoría de los investigadores no está comprometido con transferir conocimiento y tampoco con satisfacer las demandas de las empresas, porque tienen sus propios tiempos, no trabajan en función de ellas y no han generado la convergencia para que esto ocurra. Los expertos añaden, eso sí, que en general las universidades están realizando esfuerzos por promover la investigación aplicada y la innovación conjunta con el sector industrial. Sin embargo, agregan que aún es necesario crear políticas internas de propiedad intelectual que mejoren el vínculo con las empresas en la transferencia de investigación, lo que implica un cambio cultural a nivel de investigadores y la formación de equipos que entreguen a los proyectos una mirada estratégica desde su creación.
No patentar por patentar
Jaime Pozo, director del departamento de Desarrollo y Transferencia Tecnológica de la vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile, reconoce que hace falta un cambio de mentalidad en las universidades.
No obstante, asegura que el bajo nivel de transferencia tecnológica en el país radica en que desde los años 80 el Estado ha entregado, a través de fondos concursables, mayores subsidios para que las universidades publiquen sus investigaciones, pero no para que las apliquen en el mercado y generen un impacto real en la sociedad. A las universidades se les incentivó por años a que hicieran investigación básica y la publicaran en papers ISI, pero finalmente es la ciencia aplicada la que llega a la sociedad a través de la industria y se transforma en un producto útil. El problema es que la cultura de las propias universidades va por el lado de hacer ciencia básica y eso es una carencia que se puede revertir con mayores recursos estatales, dice.
El académico recalca además que la poca cantidad de patentes existentes en Chile ha provocado que muchas veces se patente por patentar, proyectos que no son comercializables. Esto, porque se cree que tener más patentes es un indicador de que las invenciones son altas y que somos más innovadores. Pero no sirve tener mil patentes si ninguna está licenciada, comenta. En ese sentido, Allan Jarry, director de la empresa de consultoría de gestión para la innovación tecnológica Neos, coincide con Pozo al señalar que en Chile urge implantar una política que evalúe el potencial comercial de estas iniciativas antes de patentarlas, tal como ocurre en países desarrollados. Ya que sólo de esta forma, se estará garantizando que las investigaciones académicas lleguen a las empresas y encuentren una utilidad en la sociedad. Luego, la idea es tomar esa tecnología ya protegida y encontrar un partner que la licencie o cree una empresa de base tecnológica y llevarla definitivamente al mercado. Así tendremos garantizado que la transferencia tecnológica se realice y que las universidades y las empresas trabajen en forma conjunta por conseguirlo, concluye.
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