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El alza de los autoritarios populistas

Por: Martin Wolf | Publicado: Miércoles 23 de enero de 2019 a las 04:00 hrs.
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El autoritarismo está en marcha. No está en marcha sólo en países relativamente pobres. También está en marcha en países ricos, incluyendo a Estados Unidos, el país que defendió y promovió la democracia liberal durante el siglo XX. Donald Trump es un ejemplo clásico de un populista potencialmente autoritario. Las instituciones estadounidenses podrían detener su alza al desenfrenado poder que busca. Pero la amenaza que representa parece clara.

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¿Cómo podemos entender este resurgimiento del autoritarismo? ¿Qué forma toma ahora? ¿Qué responsabilidad tienen las élites por este éxito? Estas son algunas de las preguntas más importantes que enfrentan los occidentales. Cómo las responderemos moldeará al mundo. Si abandonamos la causa, por la cual se ha derramado tanta sangre ¿cómo podemos esperar que otros crean en ella? Estaríamos entregándole el mundo a Xi Jinping, Vladimir Putin y otros que ven el mundo como lo ven.

Erica Frantz, de la Michigan State University, da luz sobre las formas de autoritarismo contemporáneo en un libro corto, titulado Authoritarianism: What Everyone Needs to Know. Esto clarifica dos puntos principales. Primero, hoy en día la forma más común en que emergen regímenes autoritarios es comiéndose la democracia desde adentro, como las larvas de algunas avispas se comen a las arañas huéspedes. Esos procesos representan casi un 40% de todos los colapsos contemporáneos de regímenes democráticos. Segundo, estos nuevos regímenes a medida adoptan lo que la autora llama “la forma más peligrosa de dictadura”: el poder personal (o “personalista”). Entre 2000 y 2010, un 75% de las transformaciones de democracias a dictaduras terminaron así. Ejemplos son Rusia con Putin, Venezuela con Hugo Chávez, y Turquía con Recep Tayyip Erdogan.

Libertades civiles

Una pregunta crucial a qué se refiere uno por “autoritario”. La respuesta es: la ausencia de democracia. Democracia, a su vez, significa un sistema en el cual las elecciones libres y justas determinan quien tiene el poder. Así, el Estado debe permitir la libre expresión de opinión, libertad de prensa, ejecución imparcial de la ley electoral, un derecho a sufragio universal de los adultos y el derecho de los competidores políticos de obtener los recursos que necesitan. Hoy las elecciones confieren legitimidad. Por esta razón, muchos autoritarios ofrecen “seudo democracia”, pero no la realidad. Las elecciones en esos países son una forma de teatro. Todos saben que el líder no se permitirá ser derrotado. Ese régimen no es sólo un poco diferente de una democracia: es un animal totalmente distinto.

Históricamente, el número de regímenes autoritarios llegó a su peak en 1980 y luego cayó bruscamente, alcanzando un punto mínimo a mediados de la última década. Desde entonces, sin embargo, la democracia ha estado en una lenta retirada. Más aún, destaca Frantz, la autocracia ya no es sólo un fenómeno de países en desarrollo, ya que “muchas de las democracias que actualmente parecen estar al borde de convertirse en dictaduras están en Europa”. También ha habido un cambio marcado en el tiempo en la forma de autoritarismo. El partido-Estado chino es una rareza. El número de dictaduras militares ha caído bruscamente. Pero el número de dictaduras personales seudo-democráticas está en alza.

Las características de estas dictaduras personales incluyen: un círculo íntimo más pequeño de personas confiables; la instalación de partidarios en posiciones de poder; promoción de miembros de la familia; creación de un nuevo movimiento político; uso de referendos como forma de justificar decisiones; y la creación de nuevos servicios de seguridad leales al líder. Una característica de estos gobernantes es que comienzan como populistas. Ellos argumentan que solos, una vez armados con poderes extraordinarios, pueden resolver los problemas del país. Afirman que la élite tradicional es corrupta e incompetente. Insisten en que los expertos, jueces y los medios no son confiables. Los votantes deberían confiar, en cambio, en la intuición del líder, una representación viviente del pueblo. Esos argumentos también justifican la represión de los “enemigos del pueblo”, haciendo que una democracia genuina sea imposible.

Rodrigo Duterte de Filipinas está la transición del populismo a la dictadura, como Viktor Orban de Hungría. Su “democracia iliberal” es un eufemismo para el autoritarismo. Me sorprendería que Jair Bolsonaro no siga este camino en Brasil. Y en lo que respecta a Trump, él también es un populista de derecha con rasgos autoritarios. Pero está cercado por las instituciones estadounidenses. Sin embargo, las instituciones son siempre sólo tan buenas como las personas que las dirigen. Muchas de ellas son facilitadoras.

Evolución de autocracia

Las autocracias que estamos viendo hoy tienen diferencias importantes con aquellas de los partidos fascistas en Italia o Alemania de principios y mediados del siglo XX. Demandan consentimiento más que participación entusiasta. Son manipuladores más que incontinentemente brutales. Como Martin Gurri sugiere en The Revolt of the Public and the Crisis of Authority in the New Millennium, este cambio está en parte conectado con la caída de los antiguos medios de comunicación de masas. Los nuevos medios son mucho menos buenos en diseminar un mensaje único de propaganda que los antiguos. Pero son magníficos en difundir duda. Al destruir la autoridad de los expertos, las élites y los “medios antiguos”, los nuevos medios abren el camino a los empresarios políticos talentosos para explotar el resentimiento y minar la noción de la verdad.

La buena noticia es que hasta ahora estos flautistas de Hamelin no han logrado convertir a ninguna de las democracias de altos ingresos establecidas en autocracias. La maquinaria de la democracia sobrevive, como demostraron las elecciones de mitad de período en EEUU. Sin embargo, en muchos países, los populistas con tendencias autoritarias están al borde del poder. Por esto, los fracasos de las élites gobernantes y comerciales existentes -su indiferencia a los destinos de grandes partes de la población, su avaricia e incompetencia, demostrada tan claramente por las inesperadas crisis financieras en EEUU y Europa- tienen buena parte de la culpa. Los políticos cínicos, capaces de mentir tan fácil como respiran, logran progresos en poblaciones que ya son desconfiadas de quienes están al mando. Sus adherentes podrían creer o no que el nuevo líder tiene las respuestas. Pero están convencidos de que los antiguos no las tienen. Las dificultades que ha enfrentado Emmanuel Macron en Francia sugieren que esta poderosa dinámica se mantiene totalmente vigente.

Sin embargo, estas nuevas autocracias no ofrecen soluciones: Putin ha llevado a Rusia hacia un continuo declive económico. La promesa de Trump de “Hacer a EEUU grande otra vez” es un fraude. Al minar a las instituciones independientes, esos líderes harán que sus países sean más pobres y sus pueblos menos libres.

Aquellos suficientemente afortunados para vivir en democracias gobernadas por la ley deben abocarse a hacer que funcionen mejor. Esa es ahora una tarea desafiante. Pero es también la única forma de asegurar que estos sistemas políticos se traspasen intactos a las generaciones futuras. Gente de Davos, por favor tomen nota: esta es su clara responsabilidad.

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