Eventual triunfo de Trump significaría el fin del actual régimen mundial
Marcaría el final de un Occidente liderado por EEUU como fuerza central en asuntos globales. El resultado no sería un nuevo orden. Sería un peligroso desorden.
Por: Martin Wolf, Financial Times
Publicado: Miércoles 28 de septiembre de 2016 a las 04:00 hrs.
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Algunas veces la historia convulsiona. Tomemos como ejemplos la Primera Guerra Mundial, la revolución bolchevique, la Gran Depresión, la elección de Adolf Hitler, la Segunda Guerra Mundial, el comienzo de la Guerra Fría, el colapso de los imperios europeos, la “reforma y apertura” de Deng Xiaoping de China, la desaparición de la Unión Soviética, y la crisis financiera de 2007-2009 y su posterior “gran recesión”.
Es posible que estemos a punto de experimentar un evento tan transformativo como muchos de éstos: la elección de Donald Trump como presidente de EEUU. Esto marcaría el final de un Occidente liderado por EEUU como fuerza central en los asuntos globales. El resultado no sería un nuevo orden. Sería un peligroso desorden.
El hecho de que Trump pueda tan siquiera considerarse un competidor creíble para la presidencia es asombroso. En los negocios, es un moroso y litigante en serie convertido en estrella de televisión. Él es un vendedor ambulante de falsedades y teorías de conspiración. Él profiere calumnias racistas. Él ataca la independencia del poder judicial. Él se niega a revelar sus impuestos. Él no tiene experiencia alguna en un cargo político. Él se vanagloria de la ignorancia. E incluso insinúa un incumplimiento federal. Él socava la confianza en el orden comercial creado por EEUU con la amenaza de romper los acuerdos anteriores. Él socava la confianza en la democracia de EEUU asegurando que la elección va a estar amañada. Él apoya la tortura y el asesinato deliberado de las familias de los supuestos terroristas. Él admira al ex agente de la KGB que dirige a Rusia.
Evidentemente, un gran número de votantes estadounidenses ha perdido la confianza en los sistemas políticos y económicos del país. Esto está ocurriendo en una proporción incluso no vista durante la década de 1930, cuando los votantes se inclinaron hacia un político establecido. Sin embargo, no obstante todos sus desafíos, EEUU no está en tan mal estado. Es el país grande más rico de la historia del mundo. El crecimiento es lento, pero el desempleo es bajo. Si los votantes eligieran a Trump, esto revelaría sombríos hechos sobre la salud de EEUU.
EEUU es la principal potencia del mundo, así es que no se trata tan sólo de una preocupación nacional estadounidense. ¿Qué pudiera significar una presidencia de Trump? Predecir las políticas de alguien tan impredecible es imposible. Pero algunas cosas parecen estar al menos razonablemente claras.
EEUU y sus aliados continúan siendo inmensamente poderosos. Pero su dominio económico está en lento declive. De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), la participación de los países de altos ingresos (básicamente EEUU y sus principales aliados) caerá del 64% de la producción mundial (medida en poder adquisitivo) en 1990 a 39% en 2020, mientras que la participación de EEUU caerá del 22% al 15% durante este período.
Mientras que el poder militar de EEUU sigue siendo formidable, se deben hacer dos advertencias. Una es que ganar una guerra convencional es totalmente diferente a alcanzar las metas propias sobre el terreno, tal y como lo demostraron las guerras de Vietnam y de Irak. Por otra parte, el rápido aumento de los gastos de defensa de China pudiera crear serias dificultades militares para EEUU en la región de Asia y el Pacífico.
De ello se desprende que la capacidad de EEUU para moldear el mundo a su gusto dependerá cada vez más de su influencia sobre los sistemas económicos y políticos globales. De hecho, esto no es nuevo. Ha sido una característica de la hegemonía de EEUU desde la década de 1940; pero es aún más importante en la actualidad. Las alianzas que EEUU crea, las instituciones que apoya y el prestigio que posee son recursos verdaderamente invaluables. Todos estos recursos estratégicos estarían en grave peligro si Trump llegara a ser presidente.
El mayor contraste entre EEUU y China es que el primero tiene numerosos aliados poderosos. Incluso Vladimir Putin no es un aliado fiable de China. Los aliados de EEUU lo apoyan, en gran medida, porque confían en él. Esa confianza se basa en su compromiso percibido ante un comportamiento predecible basado en ciertos valores. La preciada imprevisibilidad de Trump y su enfoque transaccional en relación con las asociaciones quebrantarían irreparablemente las alianzas.
Una fundamental característica del orden global liderado por EEUU ha sido el papel de las instituciones multilaterales, como el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC). Al someterse a las reglas de un sistema económico abierto, EEUU ha animado a otros países a seguir el ejemplo. El resultado ha sido un extraordinario crecimiento en términos de prosperidad: entre 1950 y 2015, la producción real promedio mundial per cápita se sextuplicó. Trump no entiende este sistema. Los resultados de un repudio pudieran ser desastrosos para todos.
La guerra de Irak ha deteriorado la confianza en la sabiduría y en la competencia de EEUU. Pero la crisis financiera global ha sido todavía más destructiva. Desde hace tiempo muchos han cuestionado los motivos de EEUU. Pero pensaban que era un país que sabía cómo gestionar un sistema capitalista. La crisis destruyó esa confianza.
Después de todo este daño, la elección de un hombre tan falto de competencia como Trump pondría en duda algo aún más fundamental: la creencia en la capacidad de EEUU de elegir líderes razonablemente bien informados y competentes. Bajo un presidente Trump, el sistema democrático perdería gran parte de su credibilidad como modelo para la organización de una vida política civilizada. Putin y otros déspotas reales o aspirantes se regocijarían. Su creencia de que los “valores occidentales” son preceptos hipócritas sería reivindicada. Pero quienes consideran a EEUU un bastión de la democracia se desesperarían.
Si Trump ganara, su victoria representaría un cambio de régimen para el mundo. Acabaría, por ejemplo, con los esfuerzos para lidiar con la amenaza del cambio climático, posiblemente para siempre. Pero incluso su candidatura sugiere que el papel de EEUU dentro del orden mundial corre el riesgo de sufrir una transformación. Ese papel no sólo dependía de la pericia económica y militar de EEUU, sino también de los valores que representaba. A pesar de sus errores, el ideal de una república democrática gobernada por la ley permanecía visible. Hillary Clinton es una candidata imperfecta. Trump es algo completamente distinto. Lejos de restaurar la grandeza de EEUU, su presidencia pudiera desintegrar al mundo.
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