Por: Equipo DF
Publicado: Viernes 26 de mayo de 2017 a las 04:00 hrs.
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Ascender es subir, en altura, patrimonio o dignidad. Los escaladores ambicionan hacer cumbre en montañas más y más elevadas. Empiezas como junior y no cejarás en tu aspiración de ser gerente y socio. Los equipos de Primera A temen bajar de categoría, mientras los de Primera B y Segunda División sueñan por encaramarse a un tramo estelar. Coronas con éxito tus estudios para recibirte y ya estás postulando a un Magister o un Doctorado. Alexis tiene un jugoso contrato hasta mediados de 2018, y se deja tentar por sirenas que le ofrecen duplicar su millonaria renta anual y jugar por la Champions League. Nuestras principales empresas del retail proyectan incesantemente extenderse y liderar el mercado en países vecinos. Y no pierde ocasión, el Papa Francisco, de fustigar a los clérigos que aspiran a hacer “carrera eclesiástica”: tal como Cristo reprendió severamente a sus apóstoles por disputarse sin asco los primeros puestos en su Reino.
Querer subir, tener y saber más, acrecentar el poder y la estima social son aspiraciones que la naturaleza ha depositado en el alma de los humanos. La ley de evolución y superación incesante de las especies funciona también para los individuos. Estancarse es condenarse a morir.
La fiesta litúrgica de este Domingo otorga respaldo teológico a esta constatación y ley de la naturaleza. Cristo descendió del cielo para cumplir un doble encargo: rescatar al hombre de su servil sumisión al demonio, al pecado y a la muerte; y desposar su naturaleza divina con nuestra naturaleza humana. Para hacer lo primero redimió, es decir literalmente “recompró” al demonio, instigador del pecado que nos lleva a la muerte, su dominio despótico sobre el hombre, pagándole por nuestra liberación el precio de su propia sangre. Cancelada esta factura con la rúbrica de su cruenta expiración en la Cruz, ya podía celebrar sus bodas de sangre con nuestra naturaleza humana. Pero al ser Persona divina, ese desposorio se consumó al nivel de la naturaleza superior y en favor de la naturaleza inferior. Nosotros, los humanos, sin dejar de ser ciudadanos de la tierra, fuimos elevados a la categoría de ciudadanos del cielo: así como Cristo, sin dejar de ser Persona divina, accedió a tomar nuestra condición humana en todo, menos en el pecado.
Nosotros somos el trofeo que Cristo se llevó al ascender de la tierra al cielo. Nuestra saludable jaqueca espiritual, ese dolor de cabeza que nos asalta en cada desengaño por las vanas conquistas y alturas de la tierra, es nostalgia de Cristo-Cabeza, nostalgia del cielo al que Cristo-Cabeza ha subido para prepararnos un lugar. Nostalgia, por eso, de amar tal como Cristo nos amó. Nostalgia de volver a nuestro nido originario. A ese Padre nuestro que sólo nos pide ascender sin cesar hasta El, por el ascensor o escalera del amor sin medida.
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