Este año ha demostrado más claramente que nunca que no existe un precio único para el petróleo. Los contratos de futuros citados en todas partes como "el precio" ciertamente no pueden considerarse como tal. Los precios del crudo físico siempre han divergido en cierta medida de los futuros, pero la brecha nunca había sido tan grande.
Según datos de Argus Media Group, el precio de los futuros del Brent representa ahora sólo entre el 60% y el 70% del costo del crudo entregado ya en Asia, frente al 90% habitual. Asimismo, equivale a sólo el 50% del precio del diésel, en comparación con el 80% o 90% tradicional.
Entre 2007 y 2019, la desviación estándar del diferencial entre el precio al contado del Brent y los futuros fue de aproximadamente 1 dólar por barril. Este año, esa cifra ha aumentado a casi 8 dólares por barril e incluso superó los 20 dólares en septiembre, poniendo de manifiesto lo ineficaces que resultan los futuros para reflejar el estado real de los balances físicos.
Y esto es sin contar los costos del transporte marítimo, que se han multiplicado por entre cinco y diez veces respecto a los niveles anteriores al conflicto con Irán. Los precios del crudo de la cuenca del Atlántico entregado en Asia son cinco veces superiores a los niveles previos a la guerra, impulsados principalmente por el encarecimiento de los fletes.
El valor de un barril de crudo depende cada vez más de su ubicación, de cuándo esté disponible y de la facilidad con la que pueda llegar a la refinería que lo necesita. Los flujos a través del estrecho de Ormuz se han recuperado desde los mínimos de unos 2 millones de barriles diarios registrados en abril hasta alrededor de 11 millones. El total de los flujos de Medio Oriente (incluidas las rutas alternativas por oleoducto) se sitúa ahora unos 2,5 millones de barriles diarios por debajo de los niveles anteriores al conflicto. Sin embargo, la disponibilidad de buques es limitada y los barriles siguen rutas más largas y complejas para llegar a los compradores. Un barril que cruza Ormuz no es necesariamente un barril fácilmente accesible para la refinería marginal.
Los futuros no sólo resultan cada vez menos fiables como indicador de la oferta y la demanda reales, sino que también han dejado de servir como instrumento de cobertura y se han desvinculado aún más de los precios de los combustibles que impulsan la inflación.
Existen varias razones para ello. Ante todo, la constante presión ejercida por la Administración estadounidense para reducir los precios ha provocado una disminución del número de participantes en el mercado del crudo, según nuestros datos. El sentimiento del mercado ha estado dominado por la percepción de que Estados Unidos hará lo que sea necesario para bajar los precios antes de las elecciones. Por ello, a pesar de que las reservas mundiales de crudo han caído en unos 650 millones de barriles desde el inicio del conflicto, según datos de inventarios de Kayrros, los operadores temen mantener posiciones largas —sobre todo por el gran volumen de titulares bajistas procedentes de la Administración—, lo que deja los precios a merced de las operaciones automatizadas por algoritmos.
En segundo lugar, el aumento de los flujos a través de Ormuz se debe enteramente a las transferencias de crudo de barco a barco, un proceso costoso que ha llevado las tarifas de transporte marítimo a máximos históricos, situando al mercado de los "buques de crudo de gran tamaño" en terreno desconocido desde principios de septiembre.
En resumen, la infraestructura necesaria para transportar crudo y productos refinados se ha vuelto más limitada y costosa. El aumento de los flujos a través de Ormuz reduce el riesgo de desabastecimiento total, pero no puede restaurar los márgenes de seguridad ni la flexibilidad que anteriormente mantenían bajo el costo del barril marginal. Además, dada la dependencia de las transferencias de barco a barco, cuanto mayor es el volumen de petróleo que circula por esta ruta, más alto es el suelo de las tarifas de transporte, lo que repercute en los precios que pagamos en los surtidores.
Por último, la escasez de capacidad mundial de refino fuera de China, los constantes ataques de Ucrania a las refinerías rusas y el cierre de refinerías regionales orientadas a la exportación en Medio Oriente han provocado que productos como la gasolina, el combustible para aviones y el diésel alcancen precios récord.
Esta es la razón por la que los productos refinados han cotizado al doble del precio del crudo en los últimos meses, algo que nunca antes había ocurrido. En última instancia, son el diésel y la gasolina los que impulsan la inflación, no el crudo. El crudo siempre se ha utilizado como referencia porque evolucionaba en paralelo a los productos refinados y era el principal factor determinante de sus precios. Esa relación se ha roto. De hecho, desde mayo, la rentabilidad de los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años ha mostrado una correlación más estrecha con los precios del diésel que con los del crudo, algo que ocurre por primera vez en la historia.
Ese es el motivo de que el Gobierno de Estados Unidos haya centrado ahora su atención en contener los precios del diésel. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos del Gobierno para mantener bajos los precios de los futuros del crudo con la esperanza de controlar así los mercados de bonos y renta variable, el precio real del petróleo se ha disparado. No es que quienes pronosticaban que el petróleo alcanzaría los 200 dólares debido a este conflicto se equivocasen; es simplemente que la elección del instrumento financiero no fue la correcta.