Por Gideon Rachman
Columnista jefe de relaciones internacionales del Financial Times
La guerra con Irán fue el cumplimiento de un sueño de 30 años para Benjamin Netanyahu. Durante décadas, el primer ministro israelí advirtió que Irán representaba una amenaza existencial para su país. El 28 de febrero, finalmente lanzó un ataque a gran escala contra la república islámica. Mejor aún, desde el punto de vista de Netanyahu, la guerra fue una operación conjunta con Estados Unidos.
Netanyahu convenció a Donald Trump de que una guerra provocaría un cambio de régimen en Irán. Como mínimo, estaba decidido a poner fin a la amenaza iraní contra Israel.
Pero su campaña contra Irán ha fracasado estrepitosamente. El régimen iraní sigue firmemente en el poder y ha demostrado que todavía puede lanzar misiles contra Israel. Hezbolá, respaldado por Irán, ha bombardeado el norte de Israel y combate contra tropas israelíes en Líbano. Y ahora la estrecha alianza de Netanyahu con Trump enfrenta una fuerte tensión.
Netanyahu enfrenta ahora una elección muy difícil. ¿Suspende definitivamente los ataques contra Irán y Hezbolá, corriendo el riesgo de parecer débil tanto ante el régimen iraní como ante la opinión pública israelí? ¿O desafía a Trump y pone en peligro su alianza con Estados Unidos?
Más allá de las declaraciones de los políticos israelíes sobre demostrar que Israel es una nación soberana que toma sus propias decisiones respecto de cómo defenderse, la realidad es que el país sigue dependiendo en gran medida del armamento y de los sistemas de defensa aérea estadounidenses.
El dilema es aún más agudo porque el acuerdo de paz en el que trabaja Trump probablemente dejará a Irán en una posición financiera más sólida y todavía con una capacidad nuclear residual.
El exitoso cierre del estrecho de Ormuz ha dado a la república islámica una nueva y poderosa herramienta. El hecho de que Teherán también haya demostrado que puede atacar bases militares estadounidenses e infraestructura de los Estados del Golfo —sin ser derrocado en represalia— ha fortalecido aún más su capacidad de disuasión.
Netanyahu insiste en que su país debe tener libertad de acción para atacar a Hezbolá, organización que en el pasado obligó a evacuar a miles de personas en el norte de Israel. La ofensiva israelí contra Hezbolá, a su vez, ha obligado a más de un millón de libaneses a abandonar sus hogares.
Pero Trump llamó a Netanyahu la semana pasada y le ordenó, aparentemente en términos agresivos, limitar la campaña israelí en Líbano.
El creciente atolladero israelí en Líbano forma parte de un fracaso estratégico más amplio. Israel lleva ya casi tres años en guerra desde los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. La brutalidad de la campaña israelí en Gaza ha causado un enorme daño a la imagen internacional del país, al punto que la Corte Internacional de Justicia aceptó examinar acusaciones de que Israel ha cometido genocidio.
Aun así, Netanyahu insiste en que está conduciendo a su nación hacia la victoria. En septiembre, ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), afirmó que Israel había “destruido” gran parte de la “maquinaria terrorista” de Hamás, “paralizado” a Hezbolá y “devastado” los programas nucleares y de misiles de Irán.
Pero estas afirmaciones parecen cada vez más débiles. Hamás sigue presente en Gaza; Hezbolá continúa siendo una fuerza poderosa en Líbano. La república islámica sigue controlando Irán y todavía puede causar estragos con sus misiles y drones.
En cada caso, Netanyahu cometió el mismo error. Optó por perseguir una solución exclusivamente militar para los problemas de seguridad de Israel, ignorando las dimensiones políticas y diplomáticas. Como resultado, presentó los éxitos tácticos de las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia israelíes .como la eliminación de líderes de Hezbolá, Irán y Hamás.— como prueba de que Israel es hoy más seguro.
Pero a estas alturas debería ser evidente: Israel no puede alcanzar la seguridad matando a sus enemigos. Si un grupo de líderes es eliminado en Gaza, Beirut o Teherán, otros surgirán para reemplazarlos.
Para Netanyahu resulta más simple -política e intelectualmente- presentar a los enemigos de Israel como fanáticos irracionales que solo pueden ser eliminados, en lugar de abordar las causas profundas que alimentan el conflicto. Como consecuencia, los israelíes se niegan a considerar que muchos palestinos, libaneses e iraníes probablemente reaccionen a los bombardeos y a las muertes del mismo modo en que reaccionaron los israelíes tras el 7 de octubre: no rindiéndose, sino luchando con mayor intensidad.
Cualquiera que hable en esos términos es acusado por Netanyahu de simpatizar con terroristas. Como resultado, el primer ministro israelí ha silenciado el debate en lugar de liderarlo, como debería hacerlo un verdadero estadista.
Al iniciar una guerra total contra los enemigos de Israel, Netanyahu buscaba restaurar su propia reputación y asegurar su futuro político. La victoria sobre Irán debía ser el logro culminante: el triunfo final sobre el enemigo supremo, convenientemente conseguido en un año electoral.
En cambio, Netanyahu probablemente llegará a las elecciones de finales de este año con los enemigos del país aún vigentes y activos, y con un apoyo a Israel que cae con fuerza en Occidente e incluso en la Casa Blanca. Las elecciones israelíes suelen definirse por márgenes estrechos, por lo que no está claro si Netanyahu perderá el poder.
Pero la seguridad probablemente será el tema número uno. Y la visión de Netanyahu para la seguridad de Israel ha fracasado. Merece perder.