Por: Equipo DF
Publicado: Viernes 19 de mayo de 2017 a las 04:00 hrs.
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Es el aguijón, acicate o estímulo que incita y excita a desear con ansia tener o hacer alguna cosa. El incentivo puede estar en la cosa misma, por su atractiva belleza, por su valor en dinero, por el prestigio asociado a su fabricación, venta o posesión. O puede radicarse en la persona incentivada: probarse, a sí misma o a otros, que es capaz de triunfar; sacudirse un trauma; ganar notoriedad; subir un escalón hacia la cumbre. Entre los incentivos conocidamente más poderosos sobresalen el dinero, la fama, los celos, el odio y el amor. Una persona de recta conciencia no cesará de preguntarse: “¿qué me mueve realmente a desear o hacer lo que pretendo con tan vehemente pasión?”. Uno no debe hacer trampas a los demás. Pero tampoco a sí mismo. Es peor hacerse trampas a sí mismo que a los demás. Los demás pueden y suelen darse cuenta y acusar al tramposo. El que se hace trampas a sí mismo no se acusará. De ahí la recomendable, saludable y consuetudinaria práctica del examen de conciencia, válida para creyentes y no creyentes. Ahí uno escudriña no sólo lo que hace y cómo lo hace, sino también y especialmente por qué en verdad lo hace.
La alta exigencia competitiva profesional, la necesidad -en democracia o en dictadura- de ganar la adhesión ciudadana, junto con la masificación de medios publicitarios concurren en multiplicar la cantidad y atracción de los incentivos. A los ejecutivos se les prometen bonos por rendimiento. Los políticos buscan lucir solidarios con votantes y sufrientes, regalándoles generosamente bienes ajenos. Bancos, líneas aéreas, supermercados recompensan a sus clientes con puntos, millas y obsequios. Y al jugarse partidos decisivos aparece el hombre del maletín, ofreciendo millones por dejarse derrotar o vencer con suplementario esfuerzo al enemigo.
En cuanto estímulo o refuerzo del deseo, el incentivo se encuadra en los cánones morales de toda pasión y acción: será bueno o malo, lícito o pecaminoso según su objeto, su intención y sus circunstancias. Jurídicamente es ya frondosa la legislación, incluso deportiva, sobre sobornos para paralizar o regalos para activar la diligencia de un funcionario. Y en la esfera religiosa, Dios suele incentivar a sus fieles con los muy pedagógicos estímulos del premio y castigo. El castigo intimado no rige sólo a partir de la muerte: la intrínseca antihumanidad del pecado genera desdicha actual y remordimiento inesquivable en vida del pecador. Y el premio prometido no tiene que esperar hasta el Juicio Final: la alegría de amar sin medida y servir libremente por amor es incomparable, inamisible, inamovible, inmediata, inmortal. Para nosotros, como para Cristo, obedecer fielmente al Dios Amor que nos habla en el santuario de nuestra conciencia será el más noble, tranquilizador, regocijante, decisivo y remunerativo entre todos los incentivos.
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