El estudio de Harvard Business Review How People Are Really Using AI in 2026, de Marc Zao, confirma algo que ya se siente en oficinas, salas de clases y hogares: la inteligencia artificial dejó de ser una novedad tecnológica y pasó a ser una herramienta cotidiana. Pero el hallazgo más relevante no es que la gente use más IA, sino para qué la usa. La utiliza para pensar, escribir, aprender, programar, acompañarse, ordenar decisiones y ganar tiempo. No estamos frente a una simple automatización; estamos frente a una tecnología que entra en la forma en que razonamos.
En el mundo, esto cambia la discusión. Durante años se habló de IA como una amenaza lejana: robots reemplazando empleos o algoritmos tomando decisiones. Hoy el fenómeno es más silencioso y más profundo. La IA se instala como una segunda capa cognitiva. No reemplaza de inmediato a las personas, pero modifica el estándar mínimo de productividad. Quien sabe usarla bien trabaja más rápido, compara alternativas, escribe mejor y aprende con un tutor disponible todo el día. Quien no la usa queda en desventaja.
Chile no puede mirar este proceso como espectador. Tiene ventajas importantes: talento técnico, universidades activas, empresas que ya exploran aplicaciones y una posición destacada en América Latina en preparación y adopción. Pero también tiene una debilidad evidente: muchas organizaciones siguen usando IA como un juguete elegante para redactar correos, resumir documentos o hacer presentaciones. Eso ayuda, pero no transforma.
El verdadero salto para Chile está en llevar la IA desde el escritorio individual hacia el corazón de los procesos productivos. En minería, salud, educación, retail, logística, banca, construcción o servicios públicos, la pregunta no debería ser “¿cómo usamos ChatGPT?”, sino “¿qué decisión crítica podemos mejorar con datos, modelos y automatización inteligente?”. En un país de productividad estancada, esa pregunta es urgente. La IA puede ayudar a pronosticar demanda, optimizar precios, reducir tiempos muertos, detectar fraude y diseñar políticas públicas más precisas.
Pero también hay un riesgo. Si la IA se usa sin criterio, puede producir dependencia intelectual. Delegar todo en una respuesta automática debilita la capacidad de preguntar, contrastar y decidir, incluso de pensamiento crítico. Por eso, la alfabetización en IA no debe limitarse a enseñar "prompts". Debe enseñar juicio: cuándo confiar, cuándo dudar y cómo transformar una respuesta en una decisión responsable.
La lectura de fondo del estudio de Zao-Sanders es clara: la IA ya no es futuro, es práctica social. El desafío mundial es convertir esa práctica en valor real y no solo en comodidad. El desafío chileno es pasar de la adopción superficial a la transformación productiva. No basta con que Chile use IA; debe aprender a diseñar problemas, ordenar datos y rediseñar procesos alrededor de ella. La ventaja no estará en tener acceso a la herramienta, sino en saber qué hacer con ella. Ahí se jugará la nueva frontera entre empresas, países y profesionales.