Financial Times: Milton Friedman se equivocó respecto a las corporaciones
La doctrina que orientó a economistas y a empresas durante 50 años necesita una reevaluación.
Por: Financial Times / Martin Wolf.
Publicado: Lunes 14 de diciembre de 2020 a las 19:01 hrs.
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¿Cuál debería ser el objetivo de la corporación empresarial? Durante mucho tiempo, la opinión que prevaleció en los países de habla inglesa y, cada vez más en otros lugares, fue la que avanzó el economista Milton Friedman en un artículo del New York Times, "La responsabilidad social de las empresas es incrementar sus beneficios", publicado en septiembre de 1970. Yo también solía creer esto. Estaba equivocado.
El artículo merece ser leído en su totalidad. Pero la esencia se encuentra en su conclusión: "Hay una y sólo una responsabilidad social de las empresas: utilizar sus recursos y participar en actividades diseñadas para aumentar sus beneficios siempre que se mantengan dentro de las reglas del juego, es decir, que participen en una competencia abierta y libre sin engaños ni fraudes".
Las implincias de esta posición son simples y claras. Esa es su principal virtud. Pero, como se supone que dijo H. L. Mencken (aunque puede que no lo haya hecho), "para cada problema complejo existe una respuesta que es clara, simple y errónea". Éste es un poderoso ejemplo de esa verdad.
Después de 50 años, la doctrina necesita una reevaluación. De manera adecuada, dada la conexión de Friedman con la Universidad de Chicago, el Centro Stigler en su Escuela de Negocios Booth acaba de publicar un libro electrónico, "Milton Friedman 50 años más tarde", el cual contiene diversas opiniones.
En un excelente artículo final, Luigi Zingales, quien promovió el debate, intenta dar una evaluación equilibrada. Sin embargo, en mi opinión, su análisis es devastador. Hace una simple pregunta: "¿En qué condiciones es socialmente eficiente que los gerentes se concentren sólo en maximizar el valor para los accionistas?".
Su respuesta tiene tres partes: "En primer lugar, las compañías deben operar en un entorno competitivo, en el sentido de que las firmas son tomadores tanto de precios como de reglas. En segundo lugar, no debería haber externalidades (o el gobierno debería poder abordar perfectamente estas externalidades mediante las regulaciones y los impuestos). En tercer lugar, los contratos son completos, en el sentido de que podemos especificar en un contrato todas las contingencias relevantes sin costo alguno".
De más está decir que ninguna de estas condiciones se cumple. De hecho, la existencia de la corporación muestra que no se cumplen. La invención de la corporación permitió la creación de grandes entidades, con el fin de explotar las economías de escala. Dada su escala, la noción de empresas como tomadores de precios es absurda.
Las externalidades, algunas de ellas globales, son evidentemente generalizadas. Las corporaciones también existen porque los contratos son incompletos. Si fuera posible redactar contratos que especificaran cada eventualidad, la capacidad de la gerencia para responder ante lo inesperado sería redundante. Sobre todo, las corporaciones no son aceptadoras de reglas sino más bien hacedoras de reglas. Ellas juegan juegos con reglas en cuya creación desempeñan un importante papel, a través de la política.
Mi contribución al libro electrónico enfatizó este último punto al preguntar cómo se vería un buen "juego". Es uno, sostuve, "en el que las empresas no promoverían la ciencia basura en relación con el clima y el medio ambiente; no matarían a cientos de miles de personas promoviendo la adicción a los opiáceos; no cabildearían en favor de sistemas tributarios que les permitan depositar enormes proporciones de sus ganancias en paraísos fiscales; el sector financiero no cabildearía a favor de la capitalización inadecuada que provoca grandes crisis; los derechos de autor no se extenderían eternamente; las compañías no buscarían castrar una política de competencia eficaz; no cabildearían contra los esfuerzos para limitar las consecuencias sociales adversas de la precariedad laboral; y así sucesivamente".
Es cierto, tal como lo sostuvieron numerosos autores en este compendio, que la corporación empresarial de responsabilidad limitada fue (y es) una brillante innovación institucional. También es cierto que hacer más complejos los objetivos corporativos probablemente resulte problemático. Entonces, cuando Steve Kaplan, de la Escuela Booth, pregunta cómo las corporaciones deben balancear muchos objetivos diferentes, me identifico con el sentimiento. De manera similar, cuando los líderes empresariales nos dicen que ahora van a atender las necesidades más amplias de la sociedad, pregunto: primero, ¿creo que lo harán?; segundo, ¿creo que saben cómo hacerlo?; y, por último, ¿quién los eligió para hacerlo?
Sin embargo, los problemas con el poder económico, social y político extremadamente desequilibrado inherente a la situación actual son enormes. Sobre esto, la contribución de Anat Admati, de la Universidad de Stanford, es convincente. Ella ha señalado que las corporaciones han obtenido una serie de derechos políticos y civiles, pero carecen de las obligaciones correspondientes.
Entre otras cosas, rara vez se responsabiliza penalmente a las personas por delitos corporativos. Purdue Pharma, ahora en bancarrota, se declaró culpable de cargos criminales por su manejo del analgésico OxyContin, el cual volvió adictas a un gran número de personas. A los individuos se les encarcela rutinariamente por traficar drogas ilegales, pero como ella ha señalado, "ninguna persona en Purdue fue a la cárcel".
No menos importante, el desenfrenado poder corporativo ha sido un factor detrás del surgimiento del populismo, especialmente el populismo de derecha. Consideremos cómo se persuade a la gente para que acepte las ideas económicas libertarias de Friedman. En una democracia de sufragio universal, es realmente difícil. Para ganar, los libertarios han tenido que aliarse con causas secundarias: guerras culturales, racismo, misoginia, nativismo, xenofobia y nacionalismo. Gran parte de esto, por supuesto, ha sido en secreto y con "negabilidad plausible".
La crisis financiera de 2008, y el subsiguiente rescate de aquellos cuyo comportamiento la provocó, dificultaron aún más la idea de un mercado libre desregulado. Por lo tanto, se volvió políticamente esencial para los libertarios redoblar esas causas secundarias. Trump no era la persona que querían: él era errático y carente de principios, pero era el empresario político más adecuado para ganar la presidencia. Les ha dado lo que más querían: recortes de impuestos y desregulación.
Existen numerosos argumentos que pueden hacerse acerca de cómo deberían cambiar las corporaciones. Pero el mayor problema es, indudablemente, cómo crear buenas reglas del juego en materia de competencia, trabajo, medio ambiente, impuestos, etc.
Friedman supuso que nada de esto importaba o que una democracia que funcionara sobreviviría a un ataque prolongado por parte de personas que pensaran como él. Ninguna suposición resultó correcta. El reto es crear buenas reglas del juego a través de la política. Actualmente, no podemos hacerlo.
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