La industria de la manzana ha sido uno de los pilares de la fruticultura nacional; sin embargo, en las últimas dos décadas, este cultivo ha perdido capacidad productiva, principalmente en la Región del Maule, donde se encuentra aproximadamente el 55% de la superficie plantada. Ad portas de un nuevo fenómeno de El Niño, que hace proyectar mayores temperaturas, los agricultores de la zona y la academia se han unido para tratar de mitigar los impactos climáticos en la próxima cosecha.
Álvaro Sepúlveda, investigador del Centro de Pomáceas de la Universidad de Talca, explica que a principios de 2000, el sector representaba un pilar agroexportador de 40 mil hectáreas plantadas en Maule. Hoy las cifras oficiales de Odepa registran una disminución a 25 mil hectáreas, aunque las estimaciones del agro hablan incluso de sólo 20 mil. Estas cifras responden, entre otras razones, a una reasignación de la inversión agrícola hacia frutales de mayor retorno comercial.
Este declive sostenido, evidenciado a partir de 2010, expone el complejo escenario de rentabilidad del sector, donde sostener la operación exige costos de producción que fluctúan entre US$ 10 mil y US$ 20 mil por hectárea.
Según comenta el académico, la pérdida de competitividad comercial y las variaciones climáticas han forzado a los productores a reconvertir su matriz de negocios, abandonando las economías de escala basadas en el volumen para priorizar estrategias de mitigación de pérdidas y eficiencia operativa.
“La manzana ha experimentado una importante transformación en las últimas dos décadas en cuanto a su volumen de plantación en el país (…) Salió mucha superficie de plantaciones antiguas con clones que les costaba mucho desarrollar color, plantaciones con pocas plantas. Entonces, parte de eso salió del mercado y ahí entró mucho cerezo”, detalla Sepúlveda.
El impacto de El Niño
Uno de los principales riesgos que enfrentan ahora los productores es el fenómeno climático de El Niño, que trae consigo alteraciones importantes en las estaciones. Para este año, se proyectan inviernos con poco frío, primaveras lluviosas y veranos marcados por intensas olas de calor.
Estas variaciones climáticas tienen consecuencias directas en la producción. “Las lluvias primaverales, durante la floración, pueden generar problemas de "cuaja" en los huertos, mientras que el calor extremo en verano produce el temido golpe de sol, una mancha café que obliga a descartar la fruta afectada”, detalla el académico, quien agrega que “los inviernos templados provocan que la floración sea más extensa y tardía, lo que causa que la fruta tenga distintos estados de madurez al momento de llegar a la cosecha”.
Respecto a las mermas ocasionadas por las altas temperaturas, Sepúlveda es enfático en plantear que “nosotros hemos visto en árboles que son más débiles, podríamos decir árboles juveniles; por ejemplo, donde podemos encontrar pérdida de 30% en algunos cultivares”.
El escenario abordado en la 13º edición de la Pomaexpo, que organiza la Universidad de Talca junto a la empresa ANA Chile, instancia en la que el representante de Unifrutti, Eduardo Torres, advirtió que las olas de estrés térmico ya están provocando graves problemas en los huertos.
“Las consecuencias del cambio climático ya están afectando con altas temperaturas que generan el quemado de la fruta. Perder la manzana en el huerto o perderla después en la caja por problemas que se gatillan en la postcosecha es limitante para la rentabilidad del negocio”, lamentó.
Para el investigador del Maule, es importante remitirse al último fenómeno de El Niño, ocurrido en 2023. Ese año, “las pérdidas en el huerto al momento de la cosecha alcanzaron hasta 12% en algunos predios, superando el margen habitual que fluctúa entre 5% y 8%”.
Mitigaciones en los huertos
Para hacer frente a estos factores climáticos, la industria de la manzana, junto a la academia está implementando medidas orientadas tanto a los huertos ya establecidos como a los proyectos futuros. En la planificación a largo plazo, se busca utilizar variedades con menor requerimiento de frío invernal y con un ciclo de crecimiento más corto, evitando así que la fruta esté expuesta al sol durante todo el verano.
Para los huertos que ya se encuentran en producción, las medidas a corto plazo incluyen el uso de bioestimulantes y películas en base a caolinas. No obstante, la alternativa más recomendada en Chile para enfrentar este estrés es la instalación de mallas sombra.
Sobre su uso, el experto destaca su eficiencia por ser una medida de carácter pasivo que "se instala una vez. Hay que preocuparse del material que se utiliza y que la instalación sea de buena calidad, pero una vez que se instala, trabaja por sí sola".
El representante de Copefrut, Eduardo Holzapfel, cosidera que la clave para mitigar estos riesgos está en el trabajo conjunto entre la universidad y las empresas para buscar combinaciones de portainjertos y manejos nutricionales más tolerantes al sol y a la radiación actual.
Valor de exportación
A diferencia de otras frutas como el cerezo, que concentran su labor en un par de meses, la manzana destaca por su valor estratégico a nivel laboral y logístico. La cosecha es en un período más largo, según la variedad. Las primeras, de las variedades del grupo Gala, comienzan junto con la llegada de febrero y culminan hacia fines de abril, con aquellas del tipo Pink Lady. Esta ventana de recolección permite que el trabajo en las plantas de proceso y el packing se extienda prácticamente durante todo el invierno.
Comercialmente, el sector tiene una fuerte vocación hacia los mercados internacionales, destinando cerca de 50% de su producción a la exportación. Actualmente, alrededor de 60% de estos envíos se dirigen a Latinoamérica, destacando como compradores principales países con alta población como Colombia y Brasil.
Apenas entre 8% y 10% de la producción total permanece en Chile, mientras que el volumen restante se distribuye en diversas partes del mundo, incluyendo naciones de Medio Oriente.