Con el anuncio de US$ 17.500 millones en préstamos para impulsar la construcción de nuevos reactores nucleares a fines de junio, la administración de Donald Trump dio el primer gran paso financiero para ejecutar el plan para relanzar la industria nuclear de Estados Unidos. El objetivo es que el país tenga 10 grandes reactores nucleares convencionales en construcción antes de 2030 y multiplique por cuatro su capacidad instalada hacia 2050.
Los recursos, canalizados a través del Departamento de Energía (DOE), financiarán la adquisición anticipada de componentes críticos para los AP1000 de Westinghouse Electric, los únicos reactores comerciales avanzados de gran escala con licencia y actualmente en operación en territorio estadounidense, con capacidad para abastecer a más de 1 millón de hogares por unidad.
Según informó el DOE, siete potenciales empresas de servicios públicos y energéticas ya firmaron cartas de intención con Westinghouse -uno de los mayores fabricantes de tecnología nuclear del mundo- para desarrollar las nuevas centrales, que se emplazarían principalmente en sitios donde ya existen reactores nucleares o donde previamente se avanzó en los procesos de licenciamiento.
“Desatar el próximo renacimiento nuclear estadounidense” es el objetivo, precisó el secretario de Energía, Chris Wright, quien agregó que se busca acelerar hasta en tres años los cronogramas de construcción de nuevos reactores de gran escala, reduciendo costos y permitiendo concretar “la audaz y ambiciosa agenda de aumento de energía del Presidente Trump”.
400 GW de capacidad nuclear instalada es la meta que Estados Unidos busca alcanzar en 2050.
La apuesta responde a un cambio estructural en la demanda energética del país. Tras más de dos décadas prácticamente estancado, el consumo de electricidad en EEUU se proyecta que crecerá cerca de un 16% hacia 2029, según un informe de la consultora especializada Grid Strategies, impulsado principalmente por los centros de datos, la inteligencia artificial y la creciente electrificación de la economía. En ese escenario, la Casa Blanca considera que la energía nuclear vuelve a ser un componente estratégico para garantizar un suministro estable y sin emisiones directas de carbono.
Sin embargo, el desafío trasciende la construcción de nuevos reactores. La mayor parte de la capacidad nuclear estadounidense proviene de instalaciones construidas entre 1967 y 1990. En lo que va del siglo apenas se han completado tres grandes reactores y actualmente no hay ninguno en construcción, una situación que el gobierno busca revertir con su plan de expansión.
Para Paul J. Sullivan, académico de la Universidad Johns Hopkins, “la energía nuclear será una fuente de energía cada vez más importante para EEUU en el futuro”, destacando que “desarrollar las cadenas de suministro completas de tecnologías nunca es fácil”, dado que el despliegue de nuevos proyectos requiere muchos años, además de enfrentar riesgos regulatorios, políticos y de oposición local.
“El desarrollo de este proyecto podría extenderse hasta bien entrado el mandato del próximo Presidente, quien -quizás- no sea tan partidario de la energía nuclear como el actual”, advirtió a DF.
US$ 17.500 millones en préstamos activó la Casa Blanca en junio para impulsar la industria.
El plan maestro
Consciente de que reconstruir una industria prácticamente paralizada durante décadas requería mucho más que financiamiento, Trump delineó la estrategia apenas cuatro meses después de regresar a la Casa Blanca. El 23 de mayo de 2025 firmó tres órdenes ejecutivas que, en conjunto, buscan transformar toda la cadena de valor de la energía nuclear estadounidense, desde el diseño y construcción de nuevos reactores hasta el abastecimiento de combustible, la regulación, la formación de capital humano y las exportaciones.
Fue entonces cuando la administración fijó como objetivo contar con 10 grandes reactores convencionales en construcción antes de 2030 y elevar la capacidad nuclear instalada desde alrededor de 100 gigavatios actuales a 400 gigavatios en 2050. Para lograrlo, también instruyó a las agencias federales a reconstruir la cadena de suministro, expandir la capacidad de conversión y enriquecimiento de uranio, acelerar el financiamiento a proyectos con mayor madurez tecnológica y fortalecer la formación de ingenieros y técnicos especializados.
El plan también busca remover los obstáculos que, según la Casa Blanca, frenaron el desarrollo de la industria durante las últimas décadas. Entre otras medidas, ordena reformar la Comisión Reguladora Nuclear (NRC) para acortar los plazos de aprobación de nuevos proyectos, facilitar la extensión de la vida útil de las centrales existentes, simplificar los procesos ambientales y promover el despliegue de reactores modulares pequeños (SMR) y otras tecnologías avanzadas.
Para Ariel Cohen, politólogo especializado en seguridad internacional y política energética, el programa busca corregir un rezago acumulado durante décadas. “La reforma del sector nuclear en EEUU se ha demorado desde que el Presidente Jimmy Carter y sus sucesores frenaron el desarrollo e impusieron demasiadas regulaciones”, sostuvo en una columna en Forbes.
A su juicio, aunque EEUU aún opera la mayor flota de reactores civiles del mundo, esta “está envejeciendo rápidamente” y el país prácticamente renunció a su liderazgo, permitiendo que Rusia, Francia, Corea del Sur y China consolidaran capacidades para competir en el mercado internacional de reactores.
Cohen advirtió, sin embargo, que el éxito del plan dependerá de que el país recupere el control sobre los insumos y capacidades industriales que perdió durante décadas. “Si bien es evidente que construir una cadena de suministro que EEUU pueda controlar es fundamental, la necesidad de actuar con rapidez probablemente signifique que EEUU también tenga que ‘ir de compras’”, afirmó, aludiendo a la necesidad de asegurar insumos estratégicos como el uranio mediante alianzas con otros países.