Parecía que Petro había encontrado la fórmula. Un alza de más del 20% del salario mínimo a pocos meses de la primera vuelta colombiana le había hecho recuperar la popularidad perdida por sus excesos y puso a su delfín el izquierdista Iván Cepeda en la pole position de todas las encuestas. Pero falló.
Contra todo pronóstico Abelardo de la Espriella -vaya nombre- ganó la primera vuelta y va a ser con alta probabilidad el próximo presidente colombiano. Con ello se suma a la tendencia mostrada en la región que ha elegido a los representantes de la derecha más nítida en Argentina, Ecuador, Chile y Paraguay, por nombrar algunos.
La izquierda desconcertada se pregunta: ¿qué nos pasa? ¿por qué perdemos? Y se contesta a sí misma, hemos perdido conexión con el pueblo y debemos recuperarla a la brevedad. Claramente las etiquetas no están funcionando y no asustan a nadie. Un sorprendido Pato Fernández –el escritor y comunicador- hablaba pocos días antes con el antropólogo y ensayista colombiano Carlos Granés de un posible triunfo de Cepeda en primera vuelta. Sorprendido por los resultados tachaba a De la Espriella de representante de la ultra derecha populista. Ya no es suficiente el prefijo, sino que además hay que ponerle adjetivos a ver si conmueve a alguien. No lo hace.
Buscan conexión, pero no deja de ser una frase hecha que no tiene vínculo con la estructura ideológica del sector en la actualidad. Prueba de ello es el anuncio del Presidente Kast en la cuenta pública de castigar las incivilidades –la postulo como la palabra del año 2026– con la pérdida de derechos sociales. A los pocos minutos de pronunciado el discurso, la izquierda había salido en masa a criticar la medida. Alcaldes, parlamentarios, representantes de partidos al unísono haciendo ver los eventuales problemas del anuncio y, por supuesto, adelantando su más férrea oposición.
Pero el arrebato no es de exclusividad de los políticos polilla que buscan una cuña y un videíto hecho a la rápida para que alguien se acuerde de su existencia. El sociólogo Alfredo Joignant, con una seguridad y convicción envidiables, salió a machacar la medida pues era una forma de clasismo que dejaba fuera a las clases acomodadas que según su tesis no valoraban los derechos sociales.
Lo curioso es que el intelectual público quedaba satisfecho con haber encontrado un contraejemplo, la necesidad de mirar desde una perspectiva más amplia y profunda la medida quedaba totalmente fuera de su campo visual. El problema no parecen ser las incivilidades que tienen agobiados a los chilenos, el problema sería una supuesta inequidad en el castigo.
Joignant no está solo. El también sociólogo -¿será casualidad?- Eugenio Tironi, fue más allá y calificó la propuesta de autoritarismo de terciopelo. Es decir, habría tintes antidemocráticos detrás de la persecución de las incivilidades.
¿Por qué tiene importancia todo esto? A los pocos días salieron las primeras evaluaciones cuantitativas de la primera cuenta presidencial. Ante la pregunta de si está de de acuerdo o no con quitar beneficios sociales a personas que cometan ciertos delitos o incivilidades, un ¡94%! de los que contestaron lo hicieron en forma afirmativa. Ni la selección chilena de fútbol alcanza ese nivel de consenso nacional.
Ahí está la prueba de la desconexión total. Nadie se asusta con los motes de ultra, ni con un supuesto autoritarismo, la ciudadanía quiere ver sus problemas solucionados. Mientras no lo aprehendan, seguirán perdiendo.