Se acabó el gozo más gozoso y no queda otra que esperar pacientemente cuatro años para volver a sentir que la vida tiene sentido. Los futboleros pagaríamos caro por poder ver hoy a las 9 de la noche un Nueva Zelanda-Irán en un mundial. Ya sé, toca esperar.
El síndrome de abstinencia es tan fuerte que estoy escribiendo esta columna cuando podríamos estar comentando el desastre del diluvio, a Mara la dicharachera o la intempestiva salida del subse de Hacienda. Echaré de menos casi todo dentro y fuera de la cancha. Quizás las únicas excepciones que conforman ese casi son algunos relatores argentinos y sus grotescos y disparatados sesgos -”¿lo tocó, Goyco?”-, pero, por sobre todo, las apuestas online y sus publicidades infernales.
No hay tecla que no dejen de apretar para irritarlo a uno. Plata supuestamente regalada para engatusar incautos, animalitos y caricaturas para capturar a jóvenes y niños, héroes deportivos de la patria promocionando el vicio como si no hubiesen juntado suficiente dinero en sus carreras para poder decir que no.
Una publicidad tras otra, pues son decenas las empresas que han encontrado en esto un mercado lucrativo y de gran crecimiento. Hoy no hay club profesional que se resista a los auspicios ni programa deportivo que no tenga el banner de apuestas cada cierto rato. Todo esto, tragicómicamente, siendo una práctica supuestamente ilegal; flaquean la institucionalidad y los principios frente a don dinero.
En ese vacío entra la política y, nada menos, que el alma presidencial totalmente dividida. Por una parte, el conservadurismo propio del Presidente Kast, que con razón ve en la ludopatía una adicción que hay que desterrar como se pueda. Nada bueno surge de una población que juega compulsivamente y las cifras son más que preocupantes: más de cinco millones de chilenos han participado de este mercado.
El problema es transversal, pero azota con especial brutalidad a los jóvenes y a la población vulnerable. Hay países como Brasil en que el problema es tan serio que se habla de una grave crisis de salud pública y social, desestabilizando la economía familiar de millones de personas. Dan ganas de prohibir, claro que sí.
Pero está la otra parte del alma de JAK. El Presidente es eminentemente un pragmático; le gusta que las cosas funcionen aun cuando se alejen de los ideales. Los resultados de la humanidad prohibiendo actividades son bastante paupérrimos, por lo que una parte del oficialismo opta por hacer tripas corazón y promueve regular la actividad de manera de intentar morigerar sus externalidades negativas y de paso cobrar unos pesitos para las arcas fiscales.
Hay detrás de ello un reconocimiento de que, independiente de las prohibiciones que se quieran establecer, el mercado siempre se cuela por los intersticios y que por tanto más vale un buen marco regulatorio que un mercado negro fuera de control.
Los principistas contra los pragmáticos. Ese es el queque que tendrá que cortar el Presidente. Seguramente un día amanece pensando una cosa y al día siguiente otra; lo único que es evidente es que algo hay que hacer pronto. Hacia dónde terminará inclinándose la cancha no es claro. Se abren las apuestas.