Un martes de otoño, un bus sale del Colegio Jorge Huneeus, en La Pintana, con 40 adolescentes de séptimo básico adentro. Van al Parque Bosque Santiago, en Huechuraba, a poco más de media hora de distancia. Para varios de ellos, será la primera vez caminando entre los árboles de un bosque. En una comuna donde menos de uno de cada cinco habitantes tiene acceso a un área verde de mínimo media hectárea en un radio de 300 metros de su casa, la experiencia está lejos de ser cotidiana.
Cuando llegan al bosquecito de olmos, un pequeño rincón sombreado donde las copas de los árboles filtran la luz y amortiguan el ruido de la ciudad, las instrucciones son simples, pero difíciles para jóvenes de esa edad: silencio, tres horas, sin celular. Participarán en una terapia de baño de bosque, una práctica nacida en Japón que invita a sumergirse en la naturaleza a través de la observación, la respiración y la contemplación consciente.
Esto no es una excursión ni una actividad recreativa. Forma parte de un plan de educación ambiental que acompaña a los estudiantes del Colegio Jorge Huneeus desde primero básico hasta cuarto medio.
La historia comenzó hace más de 14 años con un pequeño huerto instalado gracias a un fondo de FOSIS. Natalia Fuentes, educadora de párvulos y actual coordinadora de sustentabilidad del establecimiento, vio en ese espacio una oportunidad para vincular los contenidos escolares con experiencias concretas.
A medida que se formaba en educación ambiental, economía circular y aprendizaje al aire libre, el proyecto fue ampliando su alcance. “Con el tiempo entendimos que no se trataba sólo de cultivar plantas, sino de transformar la manera en que los estudiantes aprenden y se relacionan con su entorno”, explica. “En algún momento dije: ‘esto merece estar dentro del proyecto educativo’”, recuerda. La idea encontró eco en la rectora y la sostenedora del colegio, quienes apoyaron su incorporación como parte de la experiencia formativa de todos los estudiantes.

Hoy, el huerto es sólo una pieza de un proyecto mucho más amplio. El colegio cuenta con salas temáticas al aire libre, proyectos sobre plantas medicinales, restauración de ecosistemas, podcasts ambientales y emprendimientos sustentables. Cada nivel desarrolla iniciativas vinculadas a distintas asignaturas y culmina el proceso con exposiciones en las que participan las familias.
El trabajo también ha trascendido los límites del establecimiento. La experiencia ha sido reconocida en distintos espacios de educación ambiental, ha obtenido financiamiento y premios para ampliar sus iniciativas, y ha permitido a sus impulsores participar en congresos, capacitaciones y redes de aprendizaje dentro y fuera de Chile.
En una comuna donde lo verde escasea y más del 90% de los alumnos vive en contextos de alta vulnerabilidad, la iniciativa ha intentado acortar una distancia que va mucho más allá de lo geográfico. “Mentiría si dijera que esto ha sido fácil. ¿Cómo enseñar el valor de la naturaleza a niños que muchas veces crecen sin acceso a ella? Esa pregunta ha acompañado al proyecto desde sus inicios y sigue siendo parte del desafío: acercarles un mundo que para muchos no forma parte de su experiencia cotidiana”, resume Fuentes.
Dos realidades, un mismo desafío
A 40 kilómetros hacia el oriente, la escena es muy distinta. En el colegio Nido de Águilas, en Lo Barnechea, los estudiantes crecen rodeados de áreas verdes y cuentan con un sector de cerro dentro del propio establecimiento. Pero incluso en un entorno privilegiado, los educadores observan un fenómeno similar: niños cada vez más desconectados del mundo natural.
“Muchos de ellos hoy pasan gran parte de su tiempo en espacios cerrados, frente a pantallas o con actividades muy estructuradas. Lo que buscamos es generar instancias para que vuelvan a explorar, observar y relacionarse con el entorno de manera más libre”, explica Carolina Correa, directora de preescolar del colegio.
Desde el año pasado, los alumnos de preescolar dedican entre tres y cuatro horas semanales a actividades en un espacio natural habilitado dentro del colegio. Allí juegan con tierra, agua, ramas, piedras y otros materiales naturales que también se incorporan a las salas de clases.
El enfoque atraviesa distintas áreas del currículo. Los estudiantes pueden aprender geometría observando patrones en las hojas, construir relatos a partir de semillas y ramas, o analizar la calidad del agua del río Mapocho en proyectos que combinan ciencias, ciudadanía y sostenibilidad. “No se trata sólo de salir al aire libre, sino de abrir los ojos a las oportunidades de aprendizaje que ofrece el entorno”, señala Correa.
Los beneficios, asegura Correa, se observan mucho más allá de los aprendizajes académicos. Uno de los cambios más evidentes ha sido en el ámbito socioemocional: las actividades al aire libre han contribuido a disminuir las desregulaciones. “Cuando les preguntamos cómo se sienten en estos espacios, la respuesta que más se repite es: calmado”, cuenta.
Pese a las aprensiones iniciales de algunas familias frente al barro, la lluvia o el frío, el colegio ha registrado una disminución significativa de las ausencias por enfermedades comunes desde que las actividades en la naturaleza se volvieron parte habitual de la rutina escolar. A ello se suma un impacto en la autoestima y la autonomía. “Hemos visto a niños temerosos de correr o saltar transformarse en pequeños aventureros”, resume Correa.
El patio como sala de clases
Estas experiencias no son aisladas. Desde hace más de una década, la fundación Patio Vivo trabaja con establecimientos educacionales de distintas regiones del país para transformar patios tradicionales en lo que denominan “paisajes de aprendizaje”: entornos diseñados para fomentar el juego, el movimiento, el contacto con la naturaleza y el aprendizaje al aire libre.
La premisa es simple: el patio no es un espacio residual entre una clase y otra, sino un lugar donde también ocurre educación. “Nosotros entendemos el patio como una gran aula abierta, donde los estudiantes construyen su conocimiento a través del movimiento, aprenden a convivir con otros, descubren la naturaleza y los profesores tienen la oportunidad de innovar en sus metodologías”, explica Ángela Ibáñez, cofundadora y directora de Expansión de Patio Vivo.
A diferencia de los patios dominados por el cemento y las superficies duras, estos paisajes incorporan árboles, plantas, tierra, madera y materiales naturales que, además de enriquecer la experiencia de los estudiantes, ayudan a reducir las temperaturas, filtrar el aire y generar refugios climáticos dentro de las escuelas.
Los resultados que han observado apuntan en la misma dirección que las experiencias del Jorge Huneeus y el Nido de Águilas. Según datos levantados por la fundación en siete proyectos implementados, estos espacios han contribuido a mejorar la convivencia escolar, reducir conflictos, aumentar la percepción de inclusión y promover mayores niveles de actividad física entre los estudiantes.
Para la organización, uno de los principales desafíos sigue siendo cultural. Durante décadas, la infraestructura educativa se pensó principalmente desde la sala de clases, mientras que los patios fueron concebidos como lugares de recreación o tránsito. Sin embargo, el interés por transformar estos espacios ha ido creciendo. Actualmente, Patio Vivo ha desarrollado más de 170 proyectos en nueve regiones del país y ha beneficiado a más de 61 000 estudiantes. Entre sus iniciativas recientes se encuentran programas con nueve liceos técnico-profesionales de la Región de Los Lagos y una alianza territorial en Panquehue para transformar los patios de siete establecimientos públicos.