Hace poco más de una década, Adriana Tureuna recorría distintos sectores de Chiloé y se encontraba con una escena que se repetía una y otra vez: los antiguos telares de kelgwo —una estructura de madera de hasta tres metros de largo, instalada a ras de suelo y característica de la tradición textil chilota— estaban arrumbados en bodegas o abandonados en los patios de las casas. Las mujeres mayores ya no podían tejer y las nuevas generaciones habían dejado de aprender.
El cambio había ocurrido de forma silenciosa. Muchas jóvenes optaron por emplearse en la creciente industria salmonera, mientras otras emigraron para estudiar o trabajar fuera de la isla. Con cada telar guardado también desaparecían puntos, diseños y técnicas que nunca habían sido escritos, sino aprendidos mirando y haciendo.
Fue entonces cuando Adriana entendió que ya no bastaba con seguir tejiendo: había que rescatar el oficio antes de que desapareciera junto con quienes aún lo dominaban. Comenzó a recuperar antiguas técnicas textiles, a volver a levantar esos telares y a enseñar a otras mujeres un conocimiento que, hasta entonces, había permanecido casi exclusivamente en la memoria de las artesanas mayores.
Hoy, a sus 67 años, y gracias al apoyo de la Fundación Artesanías de Chile, recorre comunas de todo el país realizando capacitaciones para agrupaciones de mujeres, juntas de vecinos, escuelas y organizaciones culturales. Más que tejer frazadas o ponchos, su principal labor es transmitir técnicas que observó en las artesanas mayores cuando era niña, como el llamado punto floreado, una técnica tradicional chilota que permite bordar flores y figuras sobre la trama del tejido.
Aunque su hija no quiso seguir su legado, Adriana sí ve continuidad dentro de su propia familia. Tiene una nieta de siete años que ya se interesa por el telar y varias sobrinas que han comenzado a acercarse al oficio. Pero el legado que más la enorgullece está fuera de su casa. Durante décadas ha formado a decenas de artesanas que hoy enseñan en sus propias comunidades. “Eso me hace feliz”, dice. “Ver que las mujeres que aprendieron conmigo ahora están transmitiendo el oficio en sus comunas”.
Cuando la tradición deja de heredarse
Cuando Betty Barría tenía nueve años, seguía a su abuela por los campos de Quemchi, comuna ubicada en la costa norte de la isla. Caminaban hasta el molino, salían a mariscar, recogían hierbas para remedios y, entre una tarea y otra, aprendía a hilar. “Todo lo que sé me lo enseñó mi abuela”, recuerda hoy.
La hilandería forma parte de una tradición profundamente arraigada a la vida cotidiana chilota, transmitida durante generaciones de abuelas a madres y de madres a hijas. El proceso es largo y exige paciencia: primero hay que esquilar la oveja, seleccionar el mejor vellón, hilarlo con huso o rueca, lavarlo y teñirlo con hojas, flores y raíces. Solo entonces comienza el tejido.

Más de medio siglo después, Betty sigue dedicada a ese mismo oficio. Pero ya no solo lo practica. Desde 2016 integra, junto a otras veinte mujeres de entre 38 y 85 años, la agrupación Hilanderas de los Mil Paisajes, nacida con un objetivo claro: que una tradición que antes se aprendía dentro de las familias encuentre ahora nuevos espacios para sobrevivir. Para lograrlo, recorren escuelas rurales con husos bajo el brazo, enseñando a niños y niñas a transformar el vellón en hilo.
Hay, sin embargo, una paradoja que acompaña a Betty. Mientras dedica buena parte de su tiempo a enseñar la hilandería para que no muera en Chiloé, sabe que en su propia familia la tradición probablemente terminará con ella. Su única hija es ingeniera y no tiene nietas. “Estoy orgullosa de ella, pero me da mucha pena pensar que, cuando yo ya no esté, ya no va a haber lana acá en mi casa”.
La resignación, sin embargo, no es completa. Betty todavía conserva la esperanza de que, cuando llegue el momento de jubilarse, su hija vuelva a interesarse por las herramientas y conocimientos que heredó de su familia. Porque, asegura, los oficios tienen un valor que va más allá de la tradición. “Siempre es bueno tener un oficio. Por más profesión que uno tenga, de repente un oficio salva”.
Preservar también es adaptarse
A más de 700 kilómetros de Chiloé, en la localidad de Rari, Región del Maule, el desafío es el mismo: cómo evitar que un oficio centenario desaparezca. La artesanía en crin forma parte de la historia familiar de Emerson Basoalto, de 50 años, desde hace al menos cinco generaciones. Su bisabuela, su abuela María Fuentes y su madre, Sara Toro —una de las impulsoras de la organización de las artesanas de Rari— dedicaron su vida a una tradición única: transformar pelo de la cola de caballo en delicadas figuras tejidas a mano.
“Cuando uno es niño no siempre comprende el valor de lo que tiene delante”, reflexiona hoy. “Con los años entendí que aquello que parecía normal era, en realidad, una tradición única en el mundo”.
A diferencia de Betty y Adriana, Emerson no siguió el camino de la artesanía. Estudió Ingeniería y trabajó durante años en proyectos tecnológicos. Sin embargo, hace más de quince años decidió involucrarse activamente en la preservación del oficio familiar, no solo porque temiera la pérdida de la técnica, sino porque identificó otro riesgo: que las artesanas no pudieran vivir de su trabajo.
“Creo que los oficios tradicionales sobreviven cuando quienes los practican pueden proyectar una vida a partir de ellos”, afirma. Por eso, junto a las artesanas de Rari, ha impulsado nuevas líneas de joyería, talleres, experiencias educativas y espacios para acercar esta tradición a nuevos públicos. La convicción es simple: preservar no significa inmovilizar. Para que una tradición siga viva, también debe encontrar formas de dialogar con su tiempo.

Igual que en otros oficios, muchas artesanas que sostuvieron esta tradición durante décadas hoy tienen edades avanzadas, y las nuevas generaciones enfrentan un mundo muy distinto, con otras oportunidades laborales y expectativas. Pero para él, el desafío no es únicamente la falta de relevo generacional. También está la tentación de reducir la artesanía a un simple souvenir. “La artesanía en crin es mucho más que un producto; es parte de la memoria cultural de una comunidad”, afirma.
Más que conservar objetos, dice Emerson, lo que está en juego es una forma de conocimiento transmitida durante generaciones. “Cuando un oficio tradicional desaparece, se pierde una parte de la memoria colectiva”.