Soy voluntario: hablan cuatro chilenos que probarán la vacuna contra el coronavirus
Se necesitan entre tres y cinco mil personas para probar el antídoto desarrollado por el laboratorio chino Sinovac Biotech. La prueba no será remunerada, comenzará en septiembre, y los voluntarios solo podrán ser funcionarios de la salud.
Por: Antonia Di Filippo
Publicado: Sábado 1 de agosto de 2020 a las 21:00 hrs.
Catalina Rees
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Haber vivido tan de cerca este tipo de situaciones me hace pensar que lo único que quiero es que esta pandemia se acabe. En lo que pueda ayudar, feliz”, afirma Catalina Rees (25), enfermera del Hospital Clínico de la Universidad Católica. Ella trabajaba en pediatría, pero con la pandemia el equipo cambió de rumbo y hoy lleva el nombre de unidad Adulto Covid.
Rees relata que ha recibido tantos pacientes contagiados que ya perdió la cuenta. Muchos de ellos fueron derivados con urgencia a la UCI y otros tantos murieron. Hace tres meses recibió un paciente de 28 años que se encontraba grave. La enfermera que se lo presentó le comentó que él ya había perdido a su mamá por el Covid-19. Catalina no le mencionó el tema hasta que él mismo le contó que además de la muerte de su madre, su papá también estaba contagiado. “Es por vocación. Si ya he aportado, quiero seguir haciéndolo de una forma distinta con la vacuna”, dice la enfermera para explicar qué la motiva a ofrecerse para probar una vacuna que está en etapa de experimentación.
La Pontificia Universidad Católica (PUC) firmó un convenio con Sinovac Biotech, laboratorio chino que desarrolló el antídoto, y liderarán el estudio junto al Instituto Milenio de Inmunología e Inmunoterapia (IMII). Al igual que Catalina Rees, cada vez hay más personas que han manifestado su voluntad de participar en la muestra que durante agosto empezará el reclutamiento de entre tres y cinco mil voluntarios en diversos centros médicos de la capital. Diversas razones justifican tal decisión, desde intentar adquirir una inmunización prematura, curiosidad científica o simples ganas de colaborar.
Un antídoto para algunos
Aunque para muchos resulte extraño que alguien se ofrezca para probar la vacuna en su propio cuerpo, miles de chilenos quieren ser elegidos y postularán para ello. Sin embargo, por el momento hay un pre-requisito excluyente: ser trabajador de la salud. Esto se debe a que ellos están más expuestos al riesgo de contagio. Los funcionarios que postulen deben confirmar mediante un estudio PCR que no están contagiados. Las mujeres embarazadas y personas inmunodeprimidas quedarán excluidas y los mayores de 60 años tampoco podrán ser voluntarios, aunque esto podría variar a medida que avance el estudio.
La vacuna está en fase III por lo que es segura y será administrada a miles de personas en el mundo, con el objetivo de evaluar su eficacia y efectividad, explica Sofía Salas, Docente investigadora del Centro de Bioética de la UDD y presidenta de la Comisión Ministerial de Ética de Investigación en Salud. Agrega que la vacuna luego llegará a una fase IV, en la cual se registrarán sus efectos en un ambiente fuera del ensayo clínico.
Además, advierte que una parte de los testeados recibirá la vacuna y el resto una sustancia inerte o placebo con el objetivo de delimitar de mejor manera si la vacuna es efectiva o no. La doctora explica que los riesgos de efectos secundarios serán bajos y podrían estar relacionados con cuadros febriles o dolor en el lugar de la inyección. Por otra parte, los voluntarios no necesariamente quedarán inmunizados contra el virus.

El estudiante
A pesar de que las vacunas tienen sus detractores, Felipe Núñez (25), interno de séptimo año de medicina de la UC, explica que los trabajadores de la salud son los más conscientes de lo beneficiosas que son las vacunas para la salud de la población. “Conocemos sus efectos adversos y tenemos la disposición a investigar por nuestra cuenta”, explica.
Felipe vivía con sus abuelos en San Fernando y cuando iba a Santiago se quedaba en un departamento de propiedad de unos tíos en Santiago Centro. Finamente, por temor de terminar enfermando a sus abuelos se trasladó definitivamente al departamento. “El miedo al contagio siempre estaba presente cuando los veía, era súper potente. Llevo viviendo tres meses absolutamente solo”, dice.
El interno tiene la intención de ser voluntario apenas empiece el reclutamiento. “Soy joven, no tengo patologías. Creo que tener la oportunidad de aportar en la investigación del coronavirus, ya sea investigando o siendo yo mismo sujeto de prueba, es muy importante, tanto para mí como para la población en general”, añade.
Como vive solo, no tiene con quien compartir la cruda realidad a la que se enfrenta a diario trabajando en el hospital Sótero del Río. Tampoco puede juntarse con sus amigos debido a la cuarentena, por lo que su círculo de apoyo se ha restringido a videollamadas. Lo que más quiere es poder volver a ver a sus abuelos, a su mamá y a su familia, con quienes no ha tenido contacto desde que dejó su casa. A pesar de que ellos le han pedido en reiteradas ocasiones que se devuelva y congele su internado, Felipe decidió quedarse. “Siento que es necesario aportar, aunque sea con un granito de arena”, afirma.

La cruda atención
“Hay una parte que no se ve: tener que avisarle a la familia que su pariente morirá sin que se puedan despedir. Estas situaciones no deberían volver a repetirse nunca más”, afirma Alejandra Vidal (28), enfermera del hospital de San Juan de Dios de San Fernando que también será voluntaria para la vacuna.
Alejandra recuerda al primer paciente contagiado con COVID-19 que murió en el hospital. No llegó tan descompensado, pero cuando se le tomó un scanner pulmonar comprendieron inmediatamente que estaba muy grave y lo derivaron rápidamente a la UCI para ser intubado. Según relata la enfermera, el paciente falleció de un momento a otro. Cuando Alejandra llegó nadie le tuvo que decir que había muerto, las caras de sus colegas lo evidenciaban. No hubo nada que pudieran hacer. En ese momento, se dio cuenta que nadie estaba libre del virus, ni ella.
Los padres de ese primer paciente llegaron a recibir la noticia y no pudieron ver a su hijo, Alejandra los acompañó lo que más pudo en su dolor y respondió sus preguntas. El trayecto de esos padres no terminaba ahí, ahora a ellos les correspondía ir a urgencia y tomarse el examen PCR para saber si también portaban el virus.
Inmediatamente después, Alejandra tuvo que ir al piso de arriba a dejar registro de que una cama se había desocupado en la UCI. No pasaron ni diez minutos y ya necesitaban usar esa misma cama en donde el joven acababa de morir.
“Yo pensaba que podría haber sido aún peor, si hubiésemos tenido que trasladarlo a otro hospital y él hubiese muerto en el camino o en otro lugar, ni siquiera sus padres habrían podido conversar con el médico para saber lo que realmente pasó”, afirma.
La enfermera actualmente vive con dos personas de riesgo, su papá y su mamá. Su padre es adulto mayor y su mamá tiene una enfermedad crónica, razón por la cual volver a su casa todos los días se vuelve preocupante. “Me sentiría más tranquila, y podría llegar menos angustiada, si supiera que al menos estoy colaborando de alguna manera a reducir el riesgo que significo para mi familia. Quiero que esto se acabe”, afirma afectada. Para ella no es fácil perder pacientes y además saber pone en riesgo a todos sus cercanos. Añora poder salir a trabajar sin miedo.

Trabajar con adultos mayores
Rodolfo Cuevas (37) es paramédico para el Servicio Nacional del Adulto Mayor (SENAMA), por lo que le ha tocado trabajar directamente con pacientes que tienen Covid-19. Afirma que necesita protegerse a sí mismo, a su familia y a los pacientes con los que trabaja, por lo que, de ser aceptado como voluntario, no dudaría en participar de la muestra.
Los adultos mayores tienen los más altos registros de muerte y complicaciones derivadas del coronavirus. No todos sobreviven para contarlo y Rodolfo Cuevas debe lidiar con eso a diario. El paramédico llega todos los días a su casa, se quita los zapatos en la entrada e inmediatamente se va a la ducha. Luego agarra toda la ropa que usó y la echa en una bolsa plástica bien sellada, que después deja en la terraza de su departamento para finalmente meterla a la lavadora. Después, vuelve a lavarse las manos minuciosamente. Vive con su familia y hay niños, por lo que toma todas las precauciones posibles para no contagiarlos.
Para trabajar usa doble guantes, una mascarilla NK95 que filtra hasta en un 95% el virus, un protector facial, una pechera plástica, un overol desechable y un protector de calzado. En el hogar de ancianos donde trabaja en Villa Alemana, la mayoría de los adultos mayores están contagiados.
La semana pasada, uno de sus funcionarios dio positivo y por normativa todos los paramédicos tuvieron que irse a cuarentena. De 12 adultos mayores, ocho terminaron contagiados. “Un adulto mayor va a un hogar a pasar sus últimos años y generalmente, están postrados en una cama. Nosotros tratamos de darles todo para que tengan una mejor vida. Enfrentar lo que les queda de vida con coronavirus hace que todo sea mucho peor”, expresa Rodolfo convencido de la importancia de ayudar a encontrar una cura para el virus.
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