Unos pocos minutos en una pequeña barcaza cruzando el río Imperial bastan para entrar a otro mundo y a otro ritmo: un territorio lafkenche donde el agua, las aves y la vida comunitaria forman parte de una misma experiencia. Aquí el agua se mueve lenta entre pajonales y pequeños canales, y los cambios de marea convierten el paisaje en un espejo que, al amanecer o al atardecer, se tiñe de colores.
En la desembocadura del río Imperial, en la comuna de Carahue, el humedal de Monkul es uno de los lugares más singulares de La Araucanía para observar aves y conocer una forma de relación con el paisaje profundamente ligada a la cultura mapuche lafkenche.
Durante mucho tiempo, los humedales fueron vistos como lugares incómodos: demasiado barrosos, demasiado difíciles de dominar. Espacios que había que drenar, rellenar o transformar para que sirvieran de algo. Hoy, esa mirada cambió. La ciencia, las comunidades y la propia política pública han empezado a reconocer que en esos paisajes aparentemente quietos se sostiene buena parte de la vida: aves, peces, plantas, agua, alimento, protección frente a inundaciones y también nuevas formas de turismo.
Monkul es parte de ese cambio de paradigma. En 2020 fue declarado Sitio Ramsar, el primero de La Araucanía, con 1 380 hectáreas de lagunas, marismas y pajonales ribereños donde se han registrado 171 especies de plantas y 134 de fauna. Su avifauna -residente y migratoria- lo ha convertido en un destino especialmente valioso para la observación de aves.

Un espacio en transformación
La historia de Monkul está marcada por el terremoto y tsunami de 1960, que transformó profundamente la fisonomía del territorio. Sectores que antes correspondían a praderas agrícolas y ganaderas quedaron bajo el agua, lo que obligó a las familias lafkenche a adaptarse a una nueva configuración del paisaje.
Su nombre significa “donde se juntan todas las aguas”, en referencia a un territorio donde confluyen las aguas que bajan desde Nahuelbuta, la laguna Trovolhue, el río Monkul, el río Imperial y el océano Pacífico. Esa condición ha marcado la vida cotidiana, productiva y espiritual de las comunidades lafkenche del sector.
La comunidad Mateo Nahuelpán ha sido protagonista de la protección y puesta en valor del humedal.
Participó en el proceso que permitió su reconocimiento como Sitio Ramsar, ha impulsado experiencias de turismo y educación ambiental, y fue parte del desarrollo de una pasarela pensada no como un paseo masivo, sino como una forma de acercarse al humedal sin dañarlo.
Para Estela Nahuelpán, presidenta de la comunidad, el sentido de la obra no nace de un problema, sino de una oportunidad: relevar la memoria de quienes antiguamente hacían ese trayecto y reconstituir, de cierta forma, un paso que cambió después del terremoto y tsunami de 1960. Pero también acercar a la ciudadanía a un ecosistema poco conocido, “sin invadirlo ni afectar la avifauna, la flora que existe allí”, explica. La idea, dice, es que sea un espacio de conocimiento, conciencia y responsabilidad.
El acceso principal parte desde la ruca o sede comunitaria, desde donde el recorrido se abre en dos bifurcaciones. La pasarela cuenta con 705 metros lineales, tres miradores de seis metros de altura y accesibilidad universal. La estructura elevada permite recorrer parte del humedal sin pisar directamente sus zonas más sensibles. La obra fue financiada por el Ministerio de Obras Públicas con una inversión de $ 600 millones.

Según explica Gonzalo Verdugo, arquitecto, doctor en Sostenibilidad y actual vicerrector regional de la Universidad Mayor en Temuco, “el criterio inicial que guió nuestro trabajo fue que el diseño de este sendero ecológico cultural debía ser realizado en forma participativa junto a los miembros de la comunidad lafkenche”. La propuesta, agrega, debía basarse en aspectos de valor patrimonial para la comunidad y responder a dos principios: ser “original y pertinente”.
Construir en un humedal costero implica considerar agua, vegetación frágil, fauna, paisaje y significados culturales. Por eso, explica Verdugo, trabajaron con tres criterios: poner en valor el patrimonio natural o cultural existente, reducir al mínimo el impacto y diseñar una infraestructura durable, pero reversible.
Una de las decisiones centrales fue utilizar madera como material principal. En las fundaciones se empleó ciprés, usado históricamente en pilotajes de palafitos y zonas anegables, por su buen comportamiento en suelos húmedos y sedimentarios.
La infraestructura también abre oportunidades para el desarrollo local, al fortalecer actividades como la observación de aves, el kayak, la gastronomía, la fotografía y la educación ambiental. Pero ese crecimiento requiere orden. Tras la inauguración, hubo visitantes que llegaron con bicicletas, parlantes e incluso mascotas, situaciones que, para la comunidad, evidencian la necesidad de explicar que Monkul no es un paseo masivo, sino un territorio frágil, silencioso y habitado.
Por ello, la visita debe coordinarse previamente con Ekos del Monkul (@ekosdelmonkul), emprendimiento familiar de la comunidad encargado de orientar la experiencia de los visitantes, privilegiando grupos reducidos y respetando el sentido que tiene esta infraestructura: bajo cada tramo de madera hay agua, memoria, biodiversidad y una comunidad que ha decidido compartir su territorio sin dejar de cuidarlo.