No importaba lo que hubiese que hacer, había que ganar. Esa era la máxima que rondaba al equipo argentino hace justo 40 años, previo a enfrentar a Inglaterra en México 86. Bilardo estaba preocupado de que las ansias de su equipo se desbordaran y terminaran en expulsiones y penales. “Es sólo un partido de fútbol”, les repitió cada vez que pudo. Pero era difícil creerle: no sólo eran los cuartos de final del Mundial, sino que se jugaba contra el país que los había humillado en las Malvinas (más bien Falklands) hacía sólo cuatro años. Y no se quedaron cortos en hacer lo que había que hacer. Un gol con la mano con un disimulo casi perfecto y el gol perfecto. “Lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial…”.
No hay genios ni de cerca por acá, pero también arrancaron por la derecha en un partido que el Gobierno considera que sí o sí hay que ganar. La megarreforma no es un proyecto más para el gobierno de Kast. Podrán intentar disimular (“es sólo un partido de fútbol”), pero están totalmente conscientes de que en esta iniciativa se juegan la vida y que un eventual fracaso sólo sería comparable con lo que significó el 4 de septiembre de 2022 para la administración de Boric: el fin temprano de su mandato desde un punto de vista político.
La senadora y presidenta del Partido Socialista, con un optimismo a toda prueba, señaló que para el Gobierno era un fracaso haber aprobado la idea de legislar por un pequeño margen de votos. No se le puede negar a los políticos la habilidad y descaro que tienen para intentar vestir cualquier derrota. Es que para la izquierda la megarreforma es una derrota morrocotuda. Disminución de impuestos, invariabilidad tributaria, disminución de la burocracia y discrecionalidad estatal, son todos anatemas para el progresismo. Pensar que una reforma de este nivel de profundidad era posible en Chile era, hasta hace muy poco, simplemente un imposible.
Por eso el Ejecutivo hace bien en dar un golpe en la mesa y mostrar que cuenta con los votos para aprobar el corazón de la propuesta. Ahora podrá mostrar disposición a negociar los elementos particulares, pero el partido hay que ganarlo sí o sí. Sin dramatizar, puede no haber una ocasión como esta en décadas para aprobar un cuerpo legal donde esté recogida la esencia del pensamiento económico de la derecha: espacio para el sector privado en detrimento del control del Estado. El tiempo apremia, pues la mayoría actual es frágil y circunstancial, y además se encuentra amenazada por los probables desafueros del senador Calisto y la senadora Flores. Todo vale, incluso goles con la mano.
La apuesta es alta, pues la presión sobre el déficit fiscal será una espada que penderá sobre la calva lustrosa del ministro de Hacienda, quien traga saliva cada vez que minimiza las múltiples advertencias al respecto. La decisión de ir adelante está tomada y, si la promesa se cumple de entregar el Gobierno con un déficit fiscal estructural de 1,5% del PIB, el crecimiento en la vecindad del 4% y el desempleo en 6,5%, quizás alguien se anime a hablar del “barrilete cósmico”. Pero para eso falta mucho: llevamos 15 minutos del primer tiempo y el partido se ve cuesta arriba.