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Publicado: Viernes 20 de enero de 2012 a las 05:00 hrs.
El proceso de Independencia nacional generó numerosos cambios en la política y en la sociedad chilena a comienzos del siglo XIX.
Esto se evidencia en las distintas manifestaciones de la cultura, como la literatura, la prensa y la pintura, entre otras. Una de las figuras destacadas en este contexto fue José Gil de Castro (1785-1845), famoso por su apelativo Mulato Gil.
Nació en Lima, la “Ciudad de los Reyes”, hijo de una esclava liberta y de un padre militar, de quienes heredó la piel oscura. Aunque pintó desde muy joven, primero siguió la carrera de las armas, y sólo tiempo después se dedicó a lo que sería la pasión de su vida: la pintura.
Desarrolló su carrera fundamentalmente en Chile, donde se trasladó hacia 1805, integrándose rápidamente a la sociedad local y recibiendo el reconocimiento de figuras importantes que valoraron de inmediato su arte. Consolidó sus vínculos con el país que se aproximaba a la independencia cuando se casó en Santiago con María de la Concepción Martínez, en 1817 (“pardo libre”, decía del pintor el documento de matrimonio).
Como afirma Luis Álvarez Urquieta en una biografía, “fue el pintor favorito de la independencia sudamericana. Ningún artista pintor de aquella época tuvo más fama y honores” y muchos quisieron verse retratados en un cuadro del limeño. De esta manera, sus retratos de las figuras de la época se convirtieron en obras de arte admiradas y con las que muchos quisieron contar como un legado importante hacia el futuro. Entre ellas destacan algunas pinturas religiosas, como una de Santo Domingo y otra de la Virgen del Carmen y el Niño; retratos de personajes civiles de la época, como Isabel Riquelme, la madre del Libertador; algunas figuras militares, como el General José María de la Cruz, el Mariscal Luis de la Cruz y Goyeneche, el General Ramón Freire y el propio Director Supremo Bernardo O’Higgins, quizá uno de los cuadros más reconocidos, hoy en el Museo Histórico Nacional.
Hacia 1822 se trasladó nuevamente a Lima, en compañía de José de San Martín (a quien también retrató de manera admirable) donde prosiguió su carrera artística, pero también participó de la campaña libertadora del Perú, como miembro del Ejército. Al año siguiente arribó a Lima Bernardo O’Higgins, “su protector y más destacado cliente”.
El Mulato Gil falleció cuando todavía no cumplía los sesenta años, aunque no se sabe la fecha exacta de su muerte.
Si bien en los últimos años había caído en un olvido relativo, las generaciones siguientes rescataron su obra llena de prestigio y de utilidad para la historia de los primeros años de la República.
Parte de sus trabajos se conserva en instituciones como el Museo Histórico Nacional, mientras otras obras lamentablemente resultaron destruidas en incendios y terremotos.
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