En un mundo donde la inteligencia artificial es parte de la vida cotidiana, este 8 de marzo adquiere un sentido distinto en el ámbito de la ciencia y la tecnología. Hoy, cuando el futuro se construye desde las habilidades STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), la pregunta ya no es si las mujeres deben participar, sino cómo asegurarnos de que sean protagonistas de esta narrativa.
En cuanto a avances en equidad de género, hay algunas razones para el optimismo. En los últimos años se han impulsado políticas públicas, programas educativos y alianzas entre el sector privado y el mundo académico que buscan abrir más puertas para niñas y jóvenes en disciplinas científicas y tecnológicas. Estas acciones demuestran que cuando existe voluntad y coordinación, el cambio ocurre. Pero también dejan claro que el ritmo aún es insuficiente frente a la velocidad de la transformación digital: la revolución tecnológica no espera, y los países que no diversifiquen su talento corren el riesgo de quedarse atrás.
La raíz del desafío está mucho antes de la universidad o del primer empleo. Nace en la infancia, en esa etapa donde las preguntas surgen sin miedo ni filtro: por qué el cielo es azul, cómo una oruga se convierte en mariposa, qué sentido tienen las cosas que nos rodean. Esa curiosidad es el motor original del pensamiento científico. Sin embargo, a medida que avanzan los años escolares, muchas niñas van perdiendo ese impulso natural.
Según un estudio de estereotipos de género realizado por la revista Science, a los cinco años las niñas se perciben igual de "brillantes" que los niños. Sin embargo, a partir de los seis años empiezan a asociar el concepto de "brillantez" con los hombres y comienzan a evitar actividades que se promocionan como "para personas muy inteligentes". Si a esto le sumamos que más del 80% de los colegios en Latinoamérica no cuenta con laboratorios para practicar la prueba y el error, estamos limitando el aprendizaje experimental que transforma la ciencia de teoría abstracta a experiencia viva. Y el problema es que cuando la ciencia no se siente cercana, deja de parecer posible.
La evidencia pedagógica demuestra que la experimentación despierta vocaciones. Una muestra es el programa Más Mujeres Científicas (+MC), creado en 2024 por el Mineduc con el objetivo de potenciar la participación de mujeres en carreras relacionadas con la ciencia, la tecnología, la ingeniería y la matemática (STEM).
Para el proceso de admisión 2026 se abrieron 3.358 cupos +MC, 522 vacantes más que el año anterior, lo que equivale a un aumento del 18,4%. En enero pasado, 1.807 mujeres fueron seleccionadas a través de vacantes +MC en carreras de Ciencias Básicas y Tecnología, lo que permitió que creciera la representación femenina en estas áreas desde un 31,7% a un 32,1%, confirmando el impacto positivo de esta política en la reducción de brechas de género en disciplinas históricamente masculinizadas. Y si bien los resultados van al alza, aún tenemos una tarea pendiente considerando que los cupos utilizados fueron un 53,8% del total disponible.
Nadie aprende a andar en bicicleta leyendo un manual; se aprende intentando, cayendo y volviendo a probar. Lo mismo ocurre con la ciencia. Son las experiencias, los errores y el asombro los que encienden la motivación. Por eso es fundamental crear entornos que fomenten la curiosidad desde temprano, tanto en la escuela como en el hogar. Cuando una niña entiende algo por sí misma, sus ojos brillan; y cuando ese brillo aparece, nace también la convicción de que puede hacer algo con ese conocimiento.
Desde el mundo corporativo, el mensaje también es claro: más que un slogan, la diversidad es una ventaja competitiva. En nuestro caso, donde un 60% de las colaboradoras son mujeres, queda claro que cuando se abren oportunidades reales, el talento responde, se derriban barreras culturales y se amplían las puertas de entrada en distintas áreas.
Hoy la ciencia necesita recuperar su sentido más profundo. No basta con formar capital humano para economías más productivas; necesitamos más mujeres capaces de formular preguntas nuevas, conectar disciplinas y actuar con propósito. En una era donde las máquinas pueden analizar y predecir, el verdadero diferencial humano será la creatividad, la curiosidad y la capacidad de imaginar soluciones inéditas. Y esa capacidad se fortalece cuando más voces participan.
Conmemorar el Día de la Mujer no es mirar el pasado, sino decidir el futuro. Inspirar a más niñas a acercarse a la ciencia es apostar por un país más preparado, más justo y más innovador. Porque el talento es universal, pero las oportunidades no. Cerrar esa brecha es una estrategia de desarrollo teniendo claro que el futuro tecnológico que estamos construyendo necesita diversidad para ser verdaderamente inteligente.