¿Qué nos depara 2011?
Profesor de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía. Su último libro, Freefall: Free Markets and the Sinking of the Global Economy, ya se encuentra disponible en francés, alemán, japonés y español.
Por: Equipo DF
Publicado: Viernes 31 de diciembre de 2010 a las 05:00 hrs.
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NUEVA YORK La economía global termina el 2010 más dividida que a comienzos del año. Por un lado, los países de mercados emergentes como India, China y las economías del sudeste asiático están experimentando un crecimiento robusto. Por otro lado, Europa y Estados Unidos enfrentan un estancamiento de hecho, un malestar al estilo japonés- y un desempleo tenazmente alto. El problema en los países avanzados no es una recuperación sin empleo, sino una recuperación
anémica
o peor, la posibilidad de una recesión de doble caída.
Este mundo de dos pistas plantea algunos riesgos inusuales. Mientras que la producción económica de Asia es demasiado pequeña para impulsar el crecimiento en el resto del mundo, puede bastar para hacer subir los precios de las materias primas. Mientras tanto, los esfuerzos de parte de Estados Unidos por estimular su economía a través de la política de alivio cuantitativo pueden fracasar. Después de todo, en los mercados financieros globalizados, el dinero busca las mejores perspectivas en todo el mundo, y estas perspectivas están en Asia, no en Estados Unidos. De manera que el dinero no irá adonde se lo necesita, y gran parte de ese dinero terminará donde no se lo quiere causando mayores incrementos en los precios de los activos y las materias primas, especialmente en los mercados emergentes.
Dados los altos niveles de capacidad ociosa y desempleo en Europa y Estados Unidos, es poco probable que el alivio cuantitativo genere un brote de inflación. Podría, en cambio, aumentar las ansiedades sobre la futura inflación, derivando en tasas de interés más altas a largo plazo precisamente lo contrario del objetivo de la Fed.
Este no es el único riesgo de impacto negativo, ni siquiera el más importante, que enfrenta la economía global. La mayor amenaza surge de la ola de austeridad que arrasa al mundo, mientras los gobiernos, particularmente en Europa, confrontan los grandes déficits generados por la Gran Recesión, y mientras la ansiedad sobre la capacidad de algunos países para cumplir con sus pagos de deuda contribuye a la inestabilidad de los mercados financieros.
El resultado de una consolidación fiscal prematura está casi anunciado: el crecimiento se desacelerará, los ingresos impositivos disminuirán y la reducción de los déficits será decepcionante. Y, en nuestro mundo globalmente integrado, la desaceleración en Europa exacerbará la desaceleración en Estados Unidos, y viceversa.
En una situación en la que Estados Unidos puede pedir prestado a tasas de interés bajas sin precedentes, y frente a la promesa de altos retornos por las inversiones públicas después de una década de negligencia, resulta claro lo que debería hacer. Un programa de inversión pública a gran escala estimularía el empleo en el corto plazo, y el crecimiento en el largo plazo, lo que al final resultaría en una deuda nacional menor. Pero los mercados financieros demostraron su miopía en los años que precedieron a la crisis, y lo están volviendo a hacer, al ejercer presión para que se realicen cortes del gasto, incluso si eso implica reducir marcadamente las inversiones públicas necesarias. Es más, el atasco político asegurará que sea poco lo que se haga respecto de los otros problemas acuciantes que enfrenta la economía estadounidense: las ejecuciones hipotecarias probablemente sigan con toda su furia (dejando de lado las complicaciones legales); es probable que las pequeñas y medianas empresas sigan privadas de fondos; y es posible que los bancos pequeños y medianos que tradicionalmente les ofrecen créditos sigan luchando para sobrevivir. En Europa, mientras tanto, es poco probable que las cosas vayan mejor. Europa finalmente logró salir al rescate de Grecia e Irlanda. En las vísperas de la crisis, ambos países estaban regidos por gobiernos de derecha signados por un capitalismo de connivencia o peor, lo que demostraba una vez más que la economía de libre mercado no funcionaba en Europa mejor de lo que lo hacía en Estados Unidos.
En Grecia, como en Estados Unidos, la tarea de limpiar el desorden recayó sobre un nuevo gobierno. Tal vez como era de esperarse, el gobierno irlandés que alentó un préstamo bancario imprudente y la creación de una burbuja inmobiliaria no fue más apto para manejar la economía después de la crisis que antes.
Dejando la política de lado, las burbujas inmobiliarias dejan tras de sí un legado de deuda y de capacidad ociosa en el mercado de bienes raíces que no se puede rectificar fácilmente sobre todo, cuando bancos políticamente conectados se rehusan a reestructurar las hipotecas. En mi opinión, intentar discernir las perspectivas económicas para 2011 no es una cuestión particularmente interesante: la respuesta es sombría, con escaso potencial alcista y mucho riesgo bajista. Más importante es: ¿cuánto tiempo les llevará a Europa y a Estados Unidos recuperarse y pueden las economías de Asia aparentemente dependientes de las exportaciones seguir creciendo si sus mercados históricos languidecen?Mi mejor apuesta es que estos países mantendrán un crecimiento rápido en la medida en que viren su foco económico hacia sus mercados internos, vastos e inexplorados. Esto exigirá una reestructuración considerable de sus economías, pero tanto China como India son dinámicas y dieron pruebas de resiliencia en su respuesta a la Gran Recesión. No soy tan optimista respecto de Europa y Estados Unidos. En ambos casos, el problema subyacente es una demanda agregada insuficiente. La máxima ironía es que existen simultáneamente una capacidad ociosa y vastas necesidades insatisfechas y políticas que podrían restaurar el crecimiento si utilizaran esa capacidad ociosa para satisfacer las necesidades.
Tanto Estados Unidos como Europa, por ejemplo, deben adaptar sus economías para encarar los desafíos del calentamiento global. Existen políticas factibles que funcionarían en el contexto de limitaciones presupuestarias de largo plazo. El problema es la política: en Estados Unidos, el Partido Republicano preferiría ver fracasar al presidente Barack Obama antes que ser testigo de un éxito económico. En Europa, 27 países con diferentes intereses y perspectivas están tironeando en direcciones diferentes, sin suficiente solidaridad para compensar. Los paquetes de rescate son, desde esta perspectiva, logros impresionantes.
Tanto en Europa como en Estados Unidos, la ideología de libre mercado que permitió que crecieran las burbujas de activos de manera descontrolada los mercados siempre saben más, así que el gobierno no debe intervenir- ahora les ata las manos a los responsables de formular las políticas a la hora de diseñar respuestas efectivas a la crisis. Uno podría haber pensado que la crisis en sí misma socavaría la confianza en esa ideología. Por el contrario, ha vuelto a salir a la superficie para arrastrar a gobiernos y economías por el sumidero de la austeridad.
Si la política es el problema en Europa y Estados Unidos, sólo cambios políticos probablemente los vuelvan a colocar en el sendero del crecimiento. De lo contrario, pueden esperar hasta que la amenaza de la capacidad ociosa disminuya, los bienes de capital se vuelvan obsoletos y las fuerzas restauradoras internas de la economía pongan a funcionar su magia gradual. En cualquiera de los casos, la victoria no está a la vuelta de la esquina.
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