La Agenda Mundial en 2024 | Zaki Laïdi: El Año Nuevo chino de Europa
Profesor de Sciences Po, es asesor sénior del alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad.
Por: Equipo DF
Publicado: Martes 2 de enero de 2024 a las 04:00 hrs.
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El año pasado ha consolidado el estatus de China como uno de los desafíos más destacados en materia de política exterior que enfrenta Europa. Pero esto se venía gestando desde hacía mucho tiempo. De hecho, la aparición de China al frente del debate en Europa es el resultado de tres acontecimientos políticos que han ocurrido desde 2020.
El primero fue el reconocimiento, disparado por la pandemia del Covid-19, de que Europa se había vuelto dependiente de China para un amplio rango de productos. Después de décadas de perseguir con resolución una ventaja comparativa reubicando industrias, entre ellas industrias contaminantes, más allá de sus fronteras, Europa tuvo que enfrentar hechos concretos. La distancia tal vez ya no sea importante, pero la geopolítica sí. Y un producto que no es estratégico rápidamente puede pasar a serlo si estalla una crisis, si se altera la producción o el comercio o si un productor único gana un poder monopólico.
Pero la pandemia, con su escasez de productos comunes devenidos críticos, como las mascarillas y los reactivos químicos, fue solo el comienzo. Los desafíos han aumentado considerablemente desde entonces, porque China ejerce un monopolio virtual sobre la producción y/o refinamiento de materias primas esenciales para la transición hacia energías limpias. No hay una solución preconcebida para este desafío. Hará falta vigilancia y prudencia política.
“La UE está decidida a mantener un alto nivel de cooperación con China. No hay duda de que China es un país sistémicamente importante, con un mercado gigantesco, o de que muchos países en desarrollo la ven como un valioso contrapeso político y económico para Occidente”.
El segundo acontecimiento político ocurrió después de la invasión de plena escala de Ucrania por parte de Rusia. Aunque China, en términos estrictos, no apoyó las acciones de Rusia -y, por ende, evitó exponerse a los costos diplomáticos y económicos en los que ha incurrido Rusia, especialmente a través de sanciones-, también se negó a atacar al Kremlin, con la esperanza de que la guerra debilitara a Estados Unidos y a la OTAN. Al adoptar una mentalidad de suma cero, los líderes chinos supusieron que cualquier debilitamiento de ese tipo beneficiaría automáticamente a China, de la misma manera que cualquier cosa que perjudica a China beneficia a Occidente.
Frente a las dificultades de Rusia para alcanzar sus objetivos en Ucrania, las esperanzas de China de un golpe importante a Occidente probablemente se estén diluyendo. Su principal objetivo hoy es limitar su exposición al conflicto en curso. Aun así, los líderes de China reconocen que Rusia se está convirtiendo prácticamente en un Estado vasallo, lo que le da a China una mayor profundidad estratégica y le permite obtener beneficios económicos, como acuerdos energéticos favorables, del Kremlin.
China quiere que Rusia se mantenga económicamente a flote, aunque apenas por encima de la línea de flotación. Pero el respaldo tácito que China le haya ofrecido a Rusia ha sido suficiente como para infligir un daño importante a su relación con la Unión Europea, que nunca se dejó engañar por la aparente neutralidad de China. Si bien China nunca traspasó alguna “línea roja” que la hubiera sumado a la lista de países que deliberadamente violan las sanciones occidentales, ha incrementado sus relaciones comerciales con Rusia (aunque dista de ser el único).
El tercer acontecimiento ha impulsado a China al frente en cuanto a los temores europeos en materia de política internacional que surgieron a partir de la intensificación de la competencia del país con EEUU. En este sentido. Europa camina por una línea delgada. Por supuesto, no puede declararse completamente neutral y mantenerse equidistante entre las dos potencias en cuestiones como Taiwán, derechos humanos o conflictos en el Mar de China Meridional. Pero Europa tampoco puede renunciar a su espacio de maniobra, especialmente considerando la magnitud de las sanciones estadounidenses y el impacto de la rivalidad prácticamente en todas las cuestiones globales.
Para Europa, la competencia sino-estadounidense no impulsa todas las tendencias o el desarrollo a nivel global, mucho menos justifica cualquier acción o respuesta. Es por eso que la Unión Europea le ha garantizado a China, en repetidas ocasiones, que no está comprometida con una estrategia confrontacional. Europa está dispuesta a reconocer y aceptar la importancia sistémica de China, y no tiene ninguna intención de bloquear su ascenso o de entrar en una competencia estratégica con ella.
Teniendo esto en cuenta, Europa no ha tenido problemas para aclarar su posición respecto de Taiwán, que se basa tanto en el no reconocimiento de la independencia de la isla como en la oposición al uso de fuerza (incluida la provocación o la coerción) para cambiar el estatus quo. La UE está dispuesta a mantener y desarrollar vínculos multifacéticos con Taiwán, siempre que no impliquen un reconocimiento de la soberanía de Taiwán.
Al mismo tiempo, la UE se ha mantenido firme en su aseveración de que una rivalidad sistémica con China efectivamente existe. Si bien China insiste en que su único rival es EEUU, Josep Borrell, el alto representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la UE, les explicó a los líderes chinos en Beijing en octubre que China y Europa no están de acuerdo en varias cuestiones importantes y, esencialmente, en torno a los valores.
Al establecer la primacía del crecimiento económico y evitar los derechos civiles y políticos, China apunta a desafiar la visión de Europa de que esos derechos son universales, esenciales e inalienables. Y se ha esforzado por poner a los países del sur global de su parte. Este choque de visiones da forma a algunos de los debates de mayores consecuencias de hoy, sobre todo en materia de estándares globales para la tecnología digital y la inteligencia artificial.
Otro mensaje político que a la UE le interesa particularmente enviar a China es que los términos favorables según los cuales las empresas chinas acceden al mercado europeo no están garantizados. A las empresas europeas les está resultando cada vez más difícil competir con sus contrapartes chinas, y no solo por sus propias deficiencias. China ofrece subsidios gigantescos a sus empresas, al mismo tiempo que erige barreras de entrada muy altas -tanto regulatorias e informales como nacionales y regionales- para las empresas extranjeras. En tanto China intenta ampliar su huella en industrias en las que Europa tradicionalmente ha dominado, como los automóviles y los productos químicos, este desequilibrio cada vez tiene más consecuencias. A menos que China cambie de curso, Europa tal vez tenga que adoptar medidas para proteger a las industrias domésticas.
Europa ya pretende implementar una estrategia de “eliminación del riesgo”, que conlleva la diversificación de sus cadenas de suministro, especialmente en sectores estratégicamente importantes. Pero, como también le quiso transmitir a China, esta es una medida práctica, no ideológica. La UE no hace más que intentar mitigar los riesgos asociados con una dependencia excesiva de una sola fuente. Eliminar el riesgo es una protección, no un baluarte.
En definitiva, la UE está decidida a mantener un alto nivel de cooperación con China. No hay duda de que China es un país sistémicamente importante, con un mercado gigantesco, o de que muchos países en desarrollo la ven como un valioso contrapeso político y económico para Occidente. Se la debe incluir en cualquier esfuerzo por enfrentar cuestiones globales como el cambio climático, la sustentabilidad de la deuda y la salud pública. Hasta los desafíos regionales, como el conflicto palestino-israelí, exigen una cooperación con China.
En los últimos tres años, Europa se ha visto obligada a abandonar su ingenuidad geopolítica y reconocer que el poder normativo ya no es suficiente para ejercer una influencia estratégica, y que el multilateralismo está dando lugar a la lógica transaccional. Si la UE pretende prosperar en un mundo más difícil, y más aquejado por el conflicto, alcanzar el equilibrio correcto en sus relaciones con China es esencial. Pero eso no implica que Europa ya lo haya hecho. Muy lejos de eso.
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