Donald Trump enfrenta la realidad del comercio mundial
La respuesta a la primera pregunta es: sólo hasta cierto punto. China no podrá reemplazar a un EEUU comprometido y abierto al mundo, incluso si lo quisiera, pero podría ayudar. En cuanto a las intenciones de Trump, ¿son fijas o negociables?
Por: Equipo DF
Publicado: Miércoles 23 de noviembre de 2016 a las 04:00 hrs.
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¿Podrá China rescatar la globalización del comercio tras el rechazo del presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump? ¿Podría la amenaza del liderazgo chino, o la presión de las empresas estadounidenses, persuadir a Trump a dar otra mirada a los acuerdos, incluso al TPP del mandatario Barack Obama?
La respuesta a la primera pregunta es: sólo hasta cierto punto. China no podrá reemplazar a un EEUU comprometido y abierto al mundo, incluso si lo quisiera, pero podría ayudar. En cuanto a las intenciones de Trump, ¿son fijas o negociables?
El presidente Xi Jinping prometió este fin de semana un nuevo y poderoso mercado liderado por Beijing marcado por la apertura al intercambio y la inversión. El TPP de Obama estaba diseñado para excluir a China. Ahora, Trump ha anunciado que EEUU se retirará del pacto apenas él tome el poder. Esto deja el camino abierto para China para impulsar su alternativa: el Acuerdo de Asociación Económica Amplia Regional (RCEP, su sigla en inglés). Siete de los doce miembros putativos del TPP son miembros potenciales del RCEP. Xi también ofrece a los países de América Latina acceso a la iniciativa “Un cinturón, una vía” de China.
Sin embargo, hay límites a qué tanto puede China reemplazar a EEUU, más aún a Occidente, en el comercio mundial. Si se observan las proporciones del Producto Interno Bruto global a precios de mercado, una medida amplia del poder adquisitivo real, la participación de China aumentó 4% en 2000 a 15% en 2016. La participación de Asia (incluyendo Japón) es 31%. Mientras, EEUU y la Unión Europea (UE) en conjunto son responsables del 47% del PIB mundial. Similarmente, a pesar del rápido crecimiento, la participación china en las importaciones globales fue solo de 12% en 2015, mientras que las de Asia fueron de 36%. EEUU y la UE (excluyendo el comercio dentro de Europa) aún contó con el 31% de todas las importaciones.
Además, esto subestima el papel de las economías de altos ingresos en el comercio mundial, en dos aspectos significativos. Primero, mucha de la demanda final mundial todavía proviene de estas economías: a precios de mercado, el consumo chino fue cerca de un tercio del de EEUU y la UE combinado en 2015. Segundo y mucho más importante, el conocimiento que impulsa gran parte del comercio contemporáneo proviene de empresas de economías de altos ingresos. Las empresas del gigante asiático todavía no tienen una profundidad comparable de know-how que ofrecer.
En La Gran Convergencia (The Great Convergence), Richard Baldwin de la Escuela de Posgrado en Ginebra arroja una luz brillante sobre la naturaleza del comercio en la era de hoy: la “segunda globalización” desde la Revolución Industrial.
Su punto central es que el comercio siempre está limitado por los costos de la distancia, siendo pertinentes los costos de transporte, la comunicación y el contacto cara a cara. En la primera globalización, a finales del siglo XIX, el rápido crecimiento del comercio mundial fue impulsado por la caída de los costos del transporte de bienes. Esto hizo posible crear un intercambio global de manufacturas frente a los recursos naturales y productos agrícolas principalmente de las Américas y de la región Australasia.
En esa era, sin embargo, fue imposible desagrupar el proceso de fabricación. Para competir en la industria, un país tenía que dominar todas las habilidades necesarias. Como resultado, la fabricación y con ella los beneficios de las economías de escala y el aprendizaje a raíz de la práctica, estuvieron concentrados en las economías de altos ingresos.
Más aún, los trabajadores de habilidades modestas en estos países compartieron muchas de estas ganancias, logrando, como resultado, ingresos e influencia política sin precedentes. Esto pasó porque tenían acceso privilegiado a los frutos del conocimiento desarrollado al interior de sus economías.
Hasta hace cerca de un cuarto de siglo, la única manera de entrar a este círculo encantado era desarrollar industrias competitivas propias. Esto era difícil. Pocos países lo lograron. Pero, en la segunda globalización, los costos de comunicación cayeron tanto que se volvió posible desagregar (o fragmentar) el proceso de producción, con la fabricación de componentes y el ensamblaje final repartidos por el mundo, bajo el control de manufactureros o compradores con el conocimiento relevante. Como lo dice Baldwin, los trabajadores en Carolina del Sur “No están compitiendo con mano de obra mexicana, capital mexicano y tecnología mexicana como lo hacían en los ‘70. Están compitiendo con una combinación casi invencible de conocimiento estadounidense y sueldos mexicanos”.
El capitalismo nacional se volvió global. Esto también se aplicó a algunas actividades de servicios. La mayoría de las economías en desarrollo no logró aprovechar estas oportunidades. Pero algunas sí, en especial China.
El intercambio de manufacturas por materias primas también continúa, notoriamente entre China y sus proveedores. Pero, la nueva dinámica del comercio que impulsó el proteccionismo fue lo que llevó a Trump al poder. La lucha política es ahora sobre quién se beneficia del conocimiento desarrollado por las empresas de los países de altos ingresos. Esa lucha plantea una pregunta normativa importante: ¿quién debe ganar? También plantea una pregunta positiva: ¿quién va a ganar? ¿Favorecerá Trump a los trabajadores de EEUU por sobre los dueños y administradores de las empresas del país? ¿O simplemente fingirá hacerlo, ofreciendo gestos simbólicos, como el rechazo al TPP, la renegociación del Acuerdo de Libre Comercio de Norteamérica (Nafta) o la amenaza de aranceles para China, mientras deja el comercio mundial en gran parte como está? ¿No concluirá, de hecho, que dar a China una oportunidad para que organice el comercio mundial va en contra de los intereses de EEUU? ¿No temerá que, al limitar el rol de EEUU en la desagregación global de la producción, las empresas de su país estarían en desventaja y podrían trasladar incluso más de sus actividades a regiones más amistosas?
No es posible para Asia como un todo, menos para China, mantener el dinamismo del comercio mundial por sí sola. Occidente importa demasiado, no menos para China.
Afortunadamente, las fuerzas a favor del comercio global siguen siendo bastante fuertes. Incluso Trump podría no tener capacidad o la voluntad para detenerlas del todo.
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