En paralelo a su exitosa carrera internacional, Jonathan Tetelman logró identificar a su familia biológica —su madre y sus dos hermanos—, pero aún no se atreve a contactarlos: “Sé quiénes son, los veo en Instagram y Facebook. Ellos ni siquiera saben que yo sé, pero llegará el día en que me acerque y les diga: ‘Hola, soy su hermano’”.
Sus padres adoptivos no le ocultaron sus orígenes; al contrario, siempre le transmitieron que debía sentir orgullo por haber nacido en Chile. Él ni siquiera habla español, pero en todas sus representaciones de ópera se preocupa personalmente de que lo presenten como un tenor chileno. “Me siento afortunado de conocer mi identidad, porque muchos estadounidenses están tan mezclados que no saben exactamente de dónde vienen. Yo sé que soy chileno, vengo de una familia chilena, tengo sangre chilena, voz chilena y temperamento chileno”, dice Tetelman.
Su vocación de músico no se la inculcó su familia adoptiva. Su padre es abogado y la madre arquitecta, y ninguno de los dos tenía un interés especial por este arte. De todas formas, Tetelman cuenta que no logra recordar un momento en su vida donde no estuviera obsesionado con la música: “incluso cuando tenía 3 años ya estaba interesado”.
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La revelación de su voz
A los 8 años participó en un campamento de verano en Nueva Jersey donde, entre muchas actividades, eligió meterse a coro. Fue en ese taller que el director notó condiciones vocales en él que lo diferenciaban del resto del grupo y comenzó a darle solos. Así, dice, comenzó el descubrimiento de su voz.
El mismo director llamó a sus padres adoptivos y les dijo que su hijo debía estudiar música formalmente porque tenía un talento inusual. Les recomendó postular a la American Boychoir School, también en Nueva Jersey. Tetelman estuvo allí cuatro años. Fue parte de un coro que viajaba de gira por todo Estados Unidos, compartiendo escenario con la Filarmónica de Nueva York y las orquestas de San Francisco, Chicago y Cleveland.
A pesar de crecer cantando en los escenarios más importantes de su país, cuando entró a la adolescencia decidió alejarse un poco de la música clásica: “Quería llamar la atención de las mujeres, así que aprendí guitarra por mi cuenta y armé una banda de rock. Cantar en un coro no es la mejor forma de llegar al corazón de las chicas o, por lo menos, no la más rápida”, relata. La banda se llamó Big Talk y estuvo activa los cuatro años de su enseñanza media.
Al terminar el colegio volvió a la ópera e ingresó a la Manhattan School of Music para estudiar canto como barítono. Sacó adelante sus estudios y postuló a un posgrado en la Mannes School of Music. Fue durante ese proceso que sus profesores le dijeron que en realidad su voz nunca había sido de barítono, sino de tenor. Este cambio de registro, que podría parecer menor, en realidad implicaba modificar técnica y repertorio. Jonathan cuenta que no encontró el profesor adecuado para guiar esta transición y entró en crisis.
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Volver a cantar
A los 22 años Tetelman dejó el canto. Se puso a trabajar como DJ en Nueva York, tocaba música electrónica, sobre todo house y deep house. No tenía agencia, entonces se pasaba todas las noches paseando por los bares y clubes nocturnos de Manhattan ofreciéndose a tocar.
Así armó una buena relación con los dueños de los clubes de alto nivel de Nueva York, y lo contrataron como promotor: “Traer clientela, llevar mujeres atractivas, ese era mi trabajo. Era, básicamente, networking”, explica.
Estuvo ahí durante cuatro años y, a pesar de que le iba bien, un día de vuelta en su casa, cerca de las 5 de la mañana, se dio cuenta de que no tenía futuro ahí. “Se acabó. Voy a hacer lo que se supone que debo hacer: dejar todo lo demás y enfocarme en mi voz”, pensó.
Tras la renuncia llamó a su familia para avisarles que quería retomar el canto. Su abuela le pagó dos clases semanales con tal de que pudiera volver a los escenarios. Durante ese tiempo, Tetelman trabajó como mesero y se enfocó en aprender a ser tenor: “Quería convertir mi voz en algo más. La calidad siempre estuvo ahí, lo que necesitaba era técnica”, afirma.
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De una audición abierta a Deutsche Grammophon
A los siete meses Tetelman se presentó a una audición abierta en Nueva York, donde interpretó un aria de La bohème. En el público se encontraban el director de un teatro de ópera en China y un representante del Metropolitan Opera. Tras escucharlo, le ofrecieron cantar el rol principal en China. Él aceptó y viajó a Asia.
Lo que no sabía es que en Estados Unidos su video de La bohème empezó a compartirse entre los círculos de la ópera y su nombre comenzó a sonar como la nueva voz revelación.
Lo supo mientras cantaba La bohème en una escuela primaria en Pittsburgh y recibió un llamado desde la Boston Symphony Orchestra para reemplazar de emergencia a otro cantante ante cerca de 20 mil personas: “Fue una sensación enorme. Yo sólo quería estar en el escenario y hacerlo lo mejor posible. No pensaba que esto podría significar otra cosa”.
A partir de ese momento comenzó a desarrollar su carrera en Europa y Estados Unidos. Se ha presentado en teatros como la Royal Opera House de Londres, la Semperoper de Dresde, la Komische Oper Berlin y el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, interpretando roles como Cavaradossi en Tosca y Alfredo en La traviata.
En 2020, en plena pandemia, interpretó Francesca da Rimini, de Riccardo Zandonai, en una producción sin público transmitida por televisión. A la mañana siguiente recibió el llamado de un representante de Deutsche Grammophon, una de las compañías discográficas de música clásica más prestigiosas del mundo, que había escuchado la función: “Me preguntaron si me interesaba un contrato exclusivo con ellos. Y claro que acepté”.
Desde entonces graba para el sello alemán. Su primer álbum, Arias, fue publicado en 2021. “Era algo que quería; lo soñaba. Pero nunca pensé que terminaría siendo parte de algo así. El legado de esta compañía es inmenso. Tener ese sello amarillo es un honor”.
Regreso a Chile
La primera vez que Jonathan Tetelman visitó Chile después de su adopción fue cuando tenía 15 años, acompañando a su madre adoptiva en un viaje de trabajo. Esa vez recorrió Santiago, subió a la cordillera y pasó por Viña del Mar y Valparaíso. De ese viaje conserva sólo recuerdos difusos.
En cambio, el año pasado, luego de recorrer todo el mundo cantando, se presentó por primera vez en el país donde nació. Vino con sus padres adoptivos, su esposa rumana —la única de su familia que habla español porque es fanática de las telenovelas— y sus dos hijas pequeñas.
El 28 de agosto de 2025 cantó en el Teatro Municipal de Santiago, como parte de una gira que incluyó conciertos en Buenos Aires y Lima antes de llegar a Chile.
Presentarse no fue fácil: cantó enfermo, había contraído norovirus justo antes de la función, pero decidió hacerlo igual: “Para mí fue muy emocionante y el público me recibió con mucho cariño. Soy muy afortunado”, dice.
Al poco tiempo de volver a Alemania, en el proceso de recuperación de su ciudadanía chilena, encontró documentos con los nombres de su familia biológica. Y mientras se preparaba para protagonizar Fausto en la Bayerische Staatsoper de Múnich, dice que le gustaría volver al lugar donde nació:
“Me gustaría ir al sur de Chile, de donde realmente soy. Y ahora que tengo mi propia familia, mi carrera y mi vida, creo que es importante conocer de dónde vengo. Aunque no determine exactamente quién soy, sí es mi origen. Y, en cierto sentido, es mi hogar”.
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