Fue en febrero pasado. La mujer de Julio Guzmán, fundador y CEO de AgendaPro, se fue a Osorno donde sus padres, y llevó también a sus mellizos. Él se quedó solo en la casa y sus amigos lo llamaban para salir a carretear, jugar fútbol, hacer panoramas. Pero tenía otros planes: Claude había entrado en su vida.
“Me quedaba en la pega hasta las 10, las 11 de la noche, llegaba a la casa y me quedaba con el computador armando cosas hasta las 3. Me despertaba a las 7 con el computador abierto, todavía corriendo, esperando un tap para seguir avanzando”, cuenta. “Me bajó un período de ansiedad incontrolable”.
AgendaPro, su empresa, digitaliza desde reservas hasta pagos en barberías, spas, centros de estética y consultas médicas en América Latina.
Sin embargo, en febrero, su foco de atención era Claude, la herramienta de IA. Los modelos de lenguaje ya existían y ya eran inteligentes, pero cuando apareció algo que cualquier desarrollador podía adoptar rápido, el alcance se hizo evidente. A AgendaPro le pasó en diciembre; a su CEO dos meses después. “Se hizo fácil darse cuenta de lo que podían hacer estos modelos”, dice. “Fue la misma sensación que cuando apareció internet, el 96, y se podían hacer páginas web, que todo es posible”.
“Me lancé”
Guzmán (42), ingeniero civil, se califica como obsesivo y reconoce que no suelta los problemas. Esta vez el problema era la IA, y se metió en lo que él llama un hoyo negro: “dormía tres horas, no hacía nada más”.
Para salir de ahí se tiró encima del problema. “Me lancé”, comenta. Primero armó lo que describe como un segundo cerebro personal. “Todo lo que antes llevaba en Notion, ahora son documentos Markdown”, cuenta. Empezó a transcribir todas sus reuniones y montó una rutina que las procesa y sintetiza lo más importante de todos sus canales de comunicación y del sistema de información de AgendaPro.
Justo estaba buscando un Chief of Staff para la empresa. Decidió que su proyecto para calmarse iba a ser construir uno con IA. “Compré un Mac Mini, lo dejé en la casa, le restringí todos los accesos en lo posible”, dice. Le instaló una versión de Claude que corría en local y al principio funcionaba pésimo. Después le sumó una herramienta de código abierto que opera como segundo cerebro del propio agente.
Lo describe así: la empresa tiene su segundo cerebro, él tiene el suyo y el agente tiene el propio. El agente empieza a conocer el mundo y arma grafos de relaciones: quién es quién, qué une a una persona con otra. Si uno de sus socios necesita llegar a un tercero, el agente sabe por dónde está el camino. Todas las noches corre una rutina que Guzmán llama “Dreaming”: revisa todos los canales, actualiza su modelo del mundo según lo que pasó y puede incluso reescribir su propio prompt para mejorarse. Lo armó en una semana.
De 14 reuniones a 2
Cuando lo tuvo listo, delegó. “Eliminé mis uno a uno, casi todos. Tengo como dos ahora, antes tenía 14”, dice. Antes también tenía sólo cerca del 20% de la agenda libre; hoy es al revés: tiene el 20% usado y el resto bloqueado para el trabajo.
Ahora está metido en un proyecto que prefiere mantener reservado: un producto de cara al cliente, con un equipo chico, “para matar la ansiedad”. “Quiero el mejor producto, claro, pero mi objetivo es conocer cuál es el límite de lo posible”, dice.
En AgendaPro aplicaron la misma lógica sin frenos: dejaron que el equipo usara la tecnología sin restricciones para entender hasta dónde llega. “Cuando conozcamos eso, vamos de vuelta atrás y vemos cómo plantear el negocio con lo que aprendimos”, explica. Hace meses, además, las cuentas de IA empezaron a llegar con límites de uso, igual que Cursor o Microsoft. “Está duro”, dice.
La empresa
AgendaPro nació en 2014. A los negocios (usualmente dueños que son buenos prestando el servicio, pero no administrándolo) les entrega una plataforma para llevar la agenda, la caja, los pagos y la relación con los clientes por WhatsApp, Instagram y TikTok, más soluciones financieras con mejores tasas que las que esos mismos comercios chicos suelen conseguir.
Hoy tiene 22 000 comercios en Chile, Colombia, México y Argentina, 183 personas y una serie B de US$ 35 millones cerrada el año pasado con Riverwood, el fondo estadounidense. Más de la mitad de sus ingresos vienen de México. Antes de Riverwood habían levantado cerca de US$ 8 millones con Kayyak Ventures, Fen Ventures y Chile Ventures, entre otros.
La visión original era un marketplace de servicios. “Un Uber de servicios, pero no existía Uber todavía”, recuerda. Cuando partieron recién con la idea, en 2012, nadie usaba agenda digital: todo era papel. Por eso terminaron construyendo la plataforma de gestión que los trajo hasta acá. El marketplace que soñaron al principio recién lo lanzaron ahora. “Volvimos a los orígenes”, señala.
Con 183 personas, dice, la forma de antes, de estar metido en todo, dejó de funcionar. “Empecé a ser por lejos el más tonto en cualquier conversación, porque ya no tenía el contexto y había contratado gente más inteligente y más joven”. Buscó cómo aportar desde otro lugar y se apoyó en un libro, Trillion Dollar Coach, de Bill Campbell, sobre el rol del CEO en esa etapa. Lo traduce al fútbol: “Es como cuando los jugadores se retiran y pasan a ser entrenadores. Yo venía de ser el capitán, el que mete el gol o lo salva. Pararte afuera es otra cosa: tienes que planificar, y ellos juegan”. Para mantenerse al día con la IA no ve otra que usarla: tiene dos cuentas de Cursor y prueba todo al mismo tiempo.
Quemar las naves
La obsesión, dice, viene de la competencia y para competir siempre necesita a alguien al frente. Su hermano Pablo cumple ese rol en la vida cotidiana; Matías Ulloa, su socio (con Sebastián Hevia y Pablo Marambio completan el equipo fundador), lo hace en lo laboral. Son 32 primos que crecieron juntos en un condominio y tenían un equipo de fútbol, Mister Burns, que ganó el campeonato cuatro años seguidos. Cuando su hermano vio la serie de Michael Jordan le escribió: “Julio, éramos nosotros”.
Dice que probablemente esto viene de como lo educó su mamá: organizado. En el colegio “yo agarraba la agenda y anotaba las pruebas del semestre. Con eso, decía ‘ya, para esta prueba que estoy bien, voy a estudiar cuatro horas’, entonces marcaba bloques hacia atrás. Al principio del año entonces tenía todo armado. Entonces si yo por ejemplo llegaba un día a la casa a las cuatro, yo sabía que tenía que sentarme de 4 a 6 y no me paraba”.
Ese método lo llevó a Consorcio y a un MBA en Chicago, el camino de las finanzas, del que le costó años salir por miedo al fracaso. Dejó todo por AgendaPro recién en 2018. Y recién pasó a ser CEO en 2020, cuando Nicolás Rossi, uno de los fundadores (hoy en BUK), dejó ese rol. “No es un momento del que esté especialmente orgulloso”, dice. Fueron conversaciones complicadas. De ahí sacó algo: “Sólo cuando te equivocas se te acerca la gente”.
Para levantar la serie B se inventó un personaje. Escribió cómo se vestía, qué decía y qué hacía Julio Guzmán para presentarse en el Latam Tech Forum, el evento que organiza Riverwood, con una reunión cada 30 minutos. Funcionó tan bien que apareció otro fondo con un term sheet atractivo y Riverwood se apuró para no perder el deal. Tanto se metió en el papel, que después le costó salir. “Tuvieron que pararme los carros”, dice.
Se ve fuera de AgendaPro en unos años, probándose en otra cosa. Una idea que lo entusiasma es armar un banco: su papá fue toda la vida empleado de banco, nunca dueño. Otra, partir de cero donde no conozca nada, tipo Indonesia. “Cuando te expones a un ambiente distinto, tu cerebro no tiene bypass, absorbe todo”.
- ¿Cómo le ganas a los recién salidos de la universidad, sin hijos y dispuestos a trabajar 24/7 y dormir en la oficina?
- Te van a ganar si no haces algo.
Lo explica: cree que el esfuerzo es dominante, jugar el juego correcto y esforzarse mucho le gana a cualquier combinación. Él ya no tiene esas horas, así que las empuja en su equipo y lo compensa: más de 100 personas en AgendaPro tienen stock options. “Si nos va bien, nos va bien a todos”.
Del venture capital en Latinoamérica piensa que el asset class todavía no se prueba a gran escala y que hay una trampa con las valorizaciones, que se comparan con las de Estados Unidos cuando los tamaños de mercado no son los mismos. Pero la IA, dice, cambió la ecuación. Antes, para hacer cualquier cosa, había que contratar varios ingenieros de software; hoy la unidad mínima de un negocio son dos personas y un par de tokens. “Se hizo mil veces más chica”. No le extrañaría que en el futuro los fondos se salten y la gente invierta directo en emprendedores, con tickets de US$ 5 000. “Hoy es el mejor minuto para emprender en la historia”, afirma,