Por: Equipo DF
Publicado: Viernes 13 de julio de 2012 a las 05:00 hrs.
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Por Constantino Esposito*
Quizás Dios mismo se ríe divertido, ahora que sabe que tiene su “bosón”. Según dicen, con una simplificación tan simple como ambigua, el CERN de Ginebra ha anunciado el descubrimiento de la “partícula de Dios”. Saber cómo ha nacido esta historia nos puede divertir también a nosotros. Parece que todo deriva del hecho de que el físico Leon Lederman hablaba en uno de sus libros de esta partícula. Sobre ella, Peter Higgs había construido una hipótesis en los años sesenta para explicar “el campo” que le da masa a todas las partículas. Como no era observable de forma experimental, la llamó la “partícula maldita” (goddamn particle), definición que el editor del libro cambió por la más educada denominación de “partícula de Dios” o “partícula Dios”.
Pero el equívoco ha desencadenado la afortunada (aunque errada) imagen de que una vez aferrada esta partícula, hemos alcanzado el secreto último de la naturaleza, el nivel originario del mundo. Habríamos entrado directamente en la creación de la materia, sorprendiendo aquello que le da consistencia definitiva a la estructura física de las cosas. No soy especialista en física teórica, pero el descubrimiento experimental del bosón de Higgs me parece algo muy relevante alcanzar una explicación completa de cómo está constituida la materia que compone el universo. Se completa el llamado “modelo estándar” por medio de la individualización de la partícula que permite a todas las demás tener masa. En definitiva estamos ante la partícula que ayuda a ver cómo la materia es ella misma.
Pero que a esta partícula se le haya llamado “partícula de Dios” es la señal de una reducción del trabajo del conocimiento que siempre se puede producir. Porque para algunos (generalmente no para los científicos que están comprometidos con este trabajo) podrá significar una “prueba” del origen divino y “creacionista” del universo, mientras que para otros (tampoco en este caso para los científicos) podrá significar que la ciencia puede ocupar el lugar de Dios y explicar el origen de todas las cosas.
Quizás sea mejor no seguir ninguno de estos dos caminos por el riesgo que supone plegar a una ideología los datos extraordinarios de la verificación experimental. Ni el teísmo creacionista ni el ateísmo materialista pueden ser utilizados como explicaciones del mundo. No sirven los presupuestos a priori o las etiquetas añadidas en la aventura concreta del conocimiento, hecho de datos, de medidas, de verificaciones, de cálculos estadísticos, de colaboración entre grupos de investigadores. Pero ganamos mucho más de lo que las etiquetas de teísmo y ateísmo nos podrían hacer entender. Lo que se gana en este caso es algo que se muestra a cada uno, incluso a aquellos que no tienen la suerte de ser científicos.
Gracias a los científicos disfrutamos del estupor que inevitablemente nace cuando una hipótesis de explicación elaborada por nuestra mente, y desarrollada como posibilidad por medio de nuestros cálculos, encuentra respuesta y correspondencia en la estructura experimental de la naturaleza física. Una aplicación grandiosa, extremadamente elaborada y sistemáticamente controlada por la inteligencia humana -como la de haber descubierto de forma experimental una partícula que era sólo una hipótesis-, nos ayuda a reconocer la estructura elemental de la más simple de las inteligencias y de su capacidad potencialmente infinita. Somos capaces de “entender” la realidad, es decir, de penetrar en la naturaleza de las cosas, gracias a nuestro pensamiento interrogativo. Este puede, a su vez, avanzar continuamente porque es retado y provocado por lo que la realidad le dice, dándole respuesta a sus preguntas.
El acto de la inteligencia sucede, efectivamente, cuando la lógica de nuestra mente descubre el logos del mundo, es decir, una estructura que delinea el orden y la sensatez de la realidad natural. Hay “razón” en la naturaleza: esto es una gran fiesta para nuestra razón.
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