“Esta guerra debe parar de inmediato”. El llamado no llegó desde Irán —el país que la Casa Blanca dice haber sometido militarmente tras tres semanas de operaciones conjuntas con Israel— sino desde el gobierno de Qatar, aliado de Washington y uno de los países que Donald Trump felicitó por su apoyo en la campaña contra Teherán. Horas antes, misiles iraníes habían destruido casi el 20% de la capacidad de producción del mayor campo de gas natural de QatarEnergy, el segundo mayor exportador mundial de GNL.
En tres semanas de ataques no ha habido ninguna declaración formal de respaldo a la operación militar. Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos han advertido a Irán que cese los ataques a su territorio, pero se han negado a responder militarmente o a respaldar la ofensiva, en parte porque fue iniciada por Israel. Una semana antes del inicio de los bombardeos, Galip Dalay, analista senior para Medio Oriente de Chatham House, subrayaba el intenso lobby de los países del Golfo para que Washington resistiera la opción militar. "Para los líderes de Medio Oriente, las amenazas han cambiado: los mayores riesgos son ahora un Israel expansionista y agresivo, y el caos que provocaría el posible colapso del Estado iraní", advertía.
El interés de los países del Golfo es también económico. En la última década, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar y, en menor medida, Kuwait, Baréin y Omán han trabajado metódicamente en construir una imagen de seguridad y estabilidad para el capital extranjero. "El conflicto podría tener importantes consecuencias para la región. Las entradas de inversión extranjera directa se han acelerado e impulsado la economía no petrolera desde 2015, pero esto podría cambiar si el conflicto se prolonga", advierte Alicia García-Herrero, economista jefe de Asia-Pacífico de Natixis.
Los Emiratos, en particular, habían construido el argumento más convincente del mundo para la migración de riqueza privada: cero impuesto sobre la renta, infraestructura de clase mundial y una narrativa de estabilidad y seguridad. En 2025, los EAU se convirtieron en el principal destino global neto de millonarios, con 9.800 llegadas y una riqueza agregada estimada en US$ 63.000 millones. El DIFC —el centro financiero de Dubái— alberga ya 120 family offices con activos bajo gestión de US$1,2 billones. Abu Dabi y Dubái se habían convertido además en la residencia favorita de influencers con audiencias de decenas de millones, criptomillonarios con propiedades en la icónica Palm Jumeirah y fundadores tecnológicos que habían elegido el Golfo como base fiscal para sus sociedades globales.
El 5 de marzo, Khalaf Ahmad Al Habtoor, multimillonario hotelero de Dubái, increpó públicamente a Trump a través de X: "¿Quién le dio la autoridad para arrastrar a nuestra región a una guerra con Irán? ¿Calculó los daños colaterales antes de apretar el gatillo?". Días después borró la carta, según declaró a la prensa, a pedido de "amigos" de los EAU y de Estados Unidos. Su cuenta en X lo muestra ahora aplaudiendo la seguridad en la ciudad donde tiene sus hoteles cinco estrellas y visitando playas desde las que huyeron miles de extranjeros en los primeros días de los ataques iraníes. El cambio de tono de Al Habtoor coincide con reportes de corresponsales extranjeros sobre detenciones y presiones para bloquear la cobertura del impacto de los ataques, con amenazas de prisión por fotografiar o publicar imágenes de sitios afectados.
Drones y misiles iraníes han apuntado a refinerías, puertos, buques, centros de datos, aeropuertos y hoteles en prácticamente todos los países del Golfo. Las imágenes de explosiones en Dubái, Doha y Manama (en Baréin) —y de turistas intentando escapar por tierra ante el cierre de aeropuertos— quebraron la imagen que los países del Golfo habían construido durante años como santuario de estabilidad.
Golpe en infraestructura, eventos y crecimiento
El reporte anual del Consejo de Cooperación del Golfo (GCC) muestra una correlación entre estabilidad e inversión extranjera directa (IED). En 2019, cuando Irán atacó la instalación petrolera saudita de Abqaiq, la IED en los países del GCC cayó un 11,6%, a US$ 401.800 millones. Al año siguiente, Arabia Saudita, los Emiratos y Omán iniciaron un proceso de acercamiento con Teherán. Desde entonces, la IED creció sin interrupciones hasta alcanzar US$ 524.000 millones en 2024.
Oxford Economics redujo su proyección de crecimiento para el GCC de 4,4% a 2,6% para 2026, con los EAU y Qatar como los más castigados por su doble exposición: daño energético y colapso del turismo.
Más de 100 eventos deportivos, de negocios y culturales han sido cancelados o suspendidos, golpeando una de las industrias en las que los países del Golfo habían apostado con mayor convicción en su estrategia de diversificación no petrolera. Los Grandes Premios de Fórmula 1 de Baréin, Arabia Saudita y Qatar fueron cancelados o aplazados, con pérdidas millonarias en contratos de patrocinio, derechos televisivos y unas 300.000 visitas menos. Oxford Economics proyecta entre 23 y 38 millones de visitantes menos en 2026 y una pérdida de entre US$ 34.000 y US$ 56.000 millones en gasto turístico, en un escenario de conflicto corto. "Los ataques contra destinos turísticos tienen repercusiones duraderas en la reputación que van más allá del conflicto inmediato. La rapidez con que los flujos turísticos vuelvan a los niveles normales dependerá de cómo se resuelva el conflicto", escribe Ben May, director de investigación macroeconómica de Oxford Economics.
En su declaración del 19 de marzo, el jeque Mohammed bin Abdulrahman bin Jassim Al Thani, primer ministro de Qatar, junto al canciller de Turquía, advertía que “arrastrar a la región a la guerra” solo beneficia a “la agenda del principal beneficiario” (¿Israel?).
Casi al unísono, desde Dubái, Al Habtoor dice al Washington Post: “No nos interesa esta guerra. Este es un país de negocios. No queremos que nadie mate nuestra economía”. Tras tres semanas de guerra, quizás el empresario espera ser oído por la Casa Blanca.