Chile está en una posición incómoda. El sueño del real desarrollo y ofrecer una buena calidad de vida a todos los chilenos es, siendo honestos, una utopía. No porque sea imposible, sino porque hace décadas dejamos de tomar las decisiones necesarias, privilegiando presente por sobre futuro.
Esto tiene nombre. Se llama “la trampa de los países de ingreso medio”. Ocurre cuando una economía crece basada en materias primas y mano de obra relativamente barata. Ese modelo funciona por un tiempo. Chile lo vivió durante décadas. Crecimientos cercanos al 10% primero, luego la ilusión de crecer al 7% o 6% sostenido para llegar al desarrollo. Nunca lo fue.
Existe una frase repetida: “Chile estaba condenado al éxito.” Chile nunca estuvo condenado a nada. Con posibilidades sí, pero nunca condenado. Porque salir de la trampa del ingreso medio no ocurre por inercia, ocurre por decisión y valentía. Y esa decisión nunca se tomó. Persistimos en un modelo productivo de bajo valor agregado, sin dar el salto tecnológico necesario.
El problema es estructural. A medida que los salarios suben y el costo de vida aumenta, el país deja de ser competitivo por precio. Cuando eso ocurre, tampoco es competitivo por diferenciación, porque nunca invirtió seriamente en innovación. Ahí es donde las economías se estancan. Por eso se llama “trampa”, el oasis del desarrollo es en realidad un espejismo.
Pero la trampa del ingreso medio no es solo económica. También es política y social. El crecimiento genera expectativas legítimas de mejor calidad de vida. El problema es que esto ocurre antes de que exista la base productiva que pueda financiarlos.
Hace poco un excandidato presidencial con posibilidades reales expresó “esta enfermedad tecnocrática de cuidar la responsabilidad fiscal, la inflación y todo este lenguaje económico neoliberal que hemos aprendido tan bien.” A confesión de partes relevo de pruebas.
Ese descalce abre espacio al populismo, soluciones fáciles a problemas complejos. El resultado es conocido: presión fiscal creciente y menos espacio para invertir en investigación y desarrollo.
El ingreso laboral mediano en Chile es de $582 mil netos mensuales. La mitad de los trabajadores gana eso o menos. Eso no es desarrollo, es subsistencia basada en endeudamiento.
En los últimos 10 años el ingreso real per cápita ha crecido apenas por sobre 1% anual. Incluso si lograra crecer al 2% anual, a Chile le tomaría más de 30 años alcanzar estándares de países desarrollados.
Muy pocos países han logrado escapar de esta trampa. Singapur, Corea del Sur, Taiwán e Irlanda se cuentan dentro de una breve lista. Todos tomaron decisiones audaces con visión de largo plazo. Invierten en promedio cerca del 3,6% de su PIB en I+D. Chile invierte 0,41%. No es una brecha, es un orden de magnitud de distancia.
Chile está en una encrucijada. Seguir como estamos es prácticamente aceptar que el desarrollo nunca llegará. Cambiar exige establecer la ciencia y tecnología como política de Estado. Algunos dirán que es una causa perdida. Pero, como dijo Winston Churchill: “las causas que parecen perdidas son las únicas que vale la pena pelear”.
El próximo presidente tiene al frente una gran oportunidad. La propuesta de presentar este como un “gobierno de emergencia” responde a las demandas justificadas de los chilenos. Sin embargo, la diferencia entre un líder y un gran líder, es llevar a quienes le siguen no solo a donde estos quieren, sino a donde estos necesitan. Una alianza política transversal, sumado a un real compromiso público-privado de largo plazo, permitirá crear la primera política de Estado enfocada en innovación pensada no en ciclos electorales sino que décadas, ofreciendo un camino serio al desarrollo.
El desarrollo está reservado para los audaces y a Chile puede haberle llegado la hora.