En la presentación del “Latam Outlook 2026” de Canning House en Londres hubo una frase que se repitió de panelista en panelista. El futuro político, económico y de seguridad de la región estará determinado por la “nueva doctrina Donroe”, coincidieron una decena de analistas.
La frase hace referencia al regreso de la “Doctrina Monroe”, declarada por el entonces Presidente estadounidense James Monroe, en 1823. La intención original de Monroe era frenar el intento recolonizador de España, Portugal o Reino Unido en Latinoamérica. Pero con el tiempo evolucionó en el marco sobre el cual se justificaba la intervención de EEUU en otros países de la región, en el nombre de la seguridad e intereses comerciales.
Si Monroe pensaba en el Libre Comercio, Donald Trump piensa en recuperar la influencia de Washington sobre una región en la que Beijing ha ganado socios comerciales y aliados. Si la doctrina Monroe abogaba por la independencia y soberanía de Latinoamérica frente a poderes externos, la “Doctrina Donroe” piensa en seguridad, poder militar y recursos naturales.
Michael Stott, editor jefe del Financial Times para Latinoamérica, destaca la militarización de la relación de Trump con la región. Tanto el director de la Casa Blanca para el hemisferio occidental como el embajador de EEUU en México, los dos cargos principales de la diplomacia estadounidense para Latinoamérica, están en manos de exmilitares: Michael Jensen, excomandante de la Fuerza Aérea, experto en contraterrorismo, y Ronald Johnson, exasesor militar del ejército salvadoreño en los años '80.
“Trump decidió militarizar la guerra antidrogas de Estados Unidos a un nivel no visto desde la campaña lanzada por el Presidente Richard Nixon a comienzos de la década de 1970”, destaca Stott.
Es en nombre de esta campaña que EEUU ha justificado el bombardeo de lanchas en el Caribe, en los que habrían muerto ya un centenar de personas. También nombre de la campaña contra el terrorismo de los carteles, Trump justifica la presión sobre el régimen de Nicolás Maduro. Hasta el cierre de esta edición, se ha frenado de autorizar una operación militar directa en Venezuela, apostando más bien por ahogar las fuentes de ingresos del régimen.
Este es el escenario en el que Latinoamérica comienza un 2026 en el que nada menos que cuatro países irán a las urnas: Costa Rica, Perú, Colombia y Brasil.
Las elecciones en estos países podrían confirmar, o no, el giro de la región hacia la derecha o -para ser más precisos- hacia políticos más alineados con Washington. Nayib Bukele en El Salvador, Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador, José Antonio Kast en Chile son vistos como los pioneros en este nuevo giro de la región, a los que podrían sumarse potenciales candidatos de derecha en Perú, Costa Rica y Colombia, donde los escenarios electorales todavía están abiertos y son difíciles de proyectar. Por ejemplo, el 55% del electorado en Costa Rica se declara indeciso a menos de dos meses de las elecciones.
Brasil podría convertirse en la excepción. El presidente Luiz Inácio “Lula” da Silva sigue como favorito en las encuestas. Todos los sondeos lo dan como ganador en una eventual segunda vuelta contra cualquier candidato. Con más holgura fiscal, gracias a cambios recientes al Presupuesto y los impuestos, Lula avanzará más cómodamente en la campaña electoral. Flavio Bolsonaro, hijo del exPresidente Jair Bolsonaro, no logra posicionarse como un rival de Lula todavía. Pero no hay que descartar a Tarcisio de Freitas, gobernador de Sao Paulo, el candidato de derecha que preferirían los mercados.
Pero incluso Lula y la izquierdista Claudia Sheinbaum, en México, han demostrado su disposición a alinearse con Trump. Sheinbaum ha extraditado a EEUU un número histórico de narcotraficantes y recientemente autorizó operaciones de inteligencia junto a fuerzas estadounidenses en la frontera.
Según una encuesta de la consultora colombiana Invamer, para el 81% de los colombianos es clave que su próximo presidente tenga buenas relaciones con Washington, tras el quiebre causado por el actual mandatario Gustavo Petro.
El alineamiento político podría resolver uno de los principales inconvenientes para el cambio de régimen en Venezuela. Daniel Linkster, socio de Control Risks, cree que sin una acción una presión interna sostenida o un esfuerzo internacional coordinado, ni siquiera acciones militares limitadas -como espera que tome EEUU- lograrán un cambio de régimen en Venezuela.