Punta de Parra después de los incendios en Biobío
Lo que hace unas semanas era un refugio turístico de arenas blancas y bosques verdes, hoy es la “zona cero” del fuego que hace una semana arrasó esta zona. Punta de Parra, destino costero en la comuna de Tomé, se levanta entre los escombros. “Imagínese que a mis 80 años tengo que empezar de cero”, comenta Ramon Millalén, frente a lo que fue casa.
Por: Carolina Vilches, desde Tomé
Publicado: Sábado 24 de enero de 2026 a las 21:00 hrs.
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El cielo azul comenzó, poco a poco, a teñirse de espeso humo gris. Focos simultáneos de incendios forestales opacaron el sol a los veraneantes de las concurridas playas de Penco, Punta de Parra y Dichato, en la Región del Biobío. El aire, el viento y todo cambió en cuestión de horas; y ya entrada la noche del sábado 17 de enero, las llamas avanzaron con prisa hasta sectores poblados en las laderas de los cerros verdes de árboles nativos y de plantaciones productivas exógenas como pino o eucaliptus.
El escenario era dantesco. Desde Concepción, distante a unos 13 kilómetros, una franja roja destacaba en el horizonte. Era fuego. Un fuego implacable que durante la madrugada arrasó con los sueños, historias y la vida de hasta ahora 22 personas.
Ha pasado casi una semana de esa fatídica noche. Hoy todo es devastación.
La rotonda que está en el acceso a Penco por la Ruta 150 muestra los primeros estragos de los “megaincendios”. Son como la sinopsis de la tragedia, del dolor quienes viven entre escombros, cenizas y mucha ayuda que voluntaria y desinteresadamente llega en caravanas para colaborar “en lo que se necesite”.
En la “zona cero” la destrucción es total. Según las cifras oficiales, unas 250 viviendas resultaron siniestradas; sin embargo, expertos y autoridades coinciden que ese número podría llegar fácilmente a las 5 mil casas. Las pocas que quedaron en pie son llamadas “Casas milagro” y es que cuesta dar una explicación lógica a que, en medio de todo un entorno consumido por las llamas, una o dos hayan resultado sin daños.
Avanzar por la ruta es un desafío que requiere paciencia. También esperanza, porque donde antes había restaurantes, negocios de barrio o escuelas, hoy se ven estructuras dañadas, descoloridas. El acceso está flanqueado por Carabineros, quienes controlan los destinos de cada automóvil y de sus pasajeros. Medidas que se han incrementado con el desarrollo del operativo que el Ministerio Público, el Servicio Médico Legal y las policías llevan a cabo para dar con eventuales nuevos cuerpos entre los escombros aún no removidos.

Mientras uno avanza lentamente en el taco, el corazón se aprieta. Hay movimiento, hay ayuda, voluntarios descargan agua y alimentos, y cargan latas, restos de madera y trozos de cemento de lo que alguna vez fue un hogar.
Poco a poco queda atrás Lirquén con sus cerros arcillosos y llenos de cenizas. El tramo desde aquí a Punta de Parra -el destino de esta crónica, en la comuna de Tomé- es de unos escasos kilómetros por un camino que hasta antes de los incendios tenía un bosque frondoso que, en días de calor, aliviaba la ruta con su sombra. El verde de los árboles ya no existe. Sólo hay troncos calcinados y ramas secas que se resisten a caer.
Cerca del mar
Para los penquistas, la playa de Punta de Parra es una de las más lindas de las costas de la provincia. Un pequeño remanso de arenas blancas, alejadas del ruido incesante de la carretera que lleva a Tomé. En los últimos años, el turismo se había reactivado gracias a la apertura de un restaurant con una terraza rodeada de palmeras y elegantes quitasoles que permitían disfrutar del mar durante el almuerzo. Al lado, un grupo de cabañas con piscina eran un espectáculo ideal para fines de semana. De eso sólo quedan las cabañas. El fuego consumió la infraestructura gastronómica y su característico piso blanco y negro.
Sus dueños, a través de las redes sociales, han mostrado la devastación.
Porque el fuego no discriminó en cantidad de metros cuadrados construidos. Sectores como Bello Horizonte o la urbanización San José del Mar, con casas modernas y accesos controlados para quienes no eran residentes, fueron el primer punto por donde las llamas ingresaron a este sector.
Andrés Rendón tiene 23 años, es alumno de la Universidad de Concepción y junto a otra decena de voluntarios de movimiento Schoenstatt se organizaron para acudir. “Este sector ha sido un poco discriminado para la entrega de ayuda. Son casas más grandes, tienen más recursos, pero los vecinos están tan damnificados como en otros lugares menos acomodados. El fuego no miró la cuenta corriente de nadie, sólo avanzó y destruyó todo lo que había a su paso”.
Las cuadrillas de voluntarios se mueven sin parar. Organizaciones como Desafío Levantemos Chile, el Banco de Alimentos Biobío Solidario, empresas privadas, movimientos universitarios, parroquias y una larga lista de jóvenes y adultos particulares han llegado hasta las zonas siniestradas para junto a los habitantes poder avanzar y disponer todo para reconstruir. Remueven los restos que dejó el fuego. La solidaridad se ve en todos lados. Las banderas chilenas se levantan en medio de la catástrofe y dan esperanza a vecinos como Segundo Marín y su pareja, Rosa.

Los recuerdos
Igual que todas las casas del sector, la de Segundo Marín quedó en el suelo. Vive solo con su pareja, “compañera y enfermera” como la describe, ya que a sus 79 años él tiene dificultades de desplazamiento. Cuando el fuego llegó a Punta de Parra, ella lo ayudó a “arrancar”. “Ella es más joven, tenemos 20 años de diferencia, pero el amor es así, es estar en las buenas y en las malas”.
Marín se está bajando de una camioneta con voluntarios de Techo. Había ido hasta el puesto de la Municipalidad de Tomé para completar la ficha FIBE (Ficha Básica de Emergencia) para completar el catastro de damnificados y personas sujetas a los beneficios que dispone el Estado para entrega de ayuda.
Sostenido por su muleta y por Rosa, cuenta que esa fue su casa desde que se casó. Allí crió a sus cinco hijos, tres de los cuales fallecieron. En la conversación va relatando historias poco conocidas, de otros tiempos. Como que la población más antigua del sector, que está inmediatamente en el ingreso y colinda con la carretera, se levantó en los años ‘60, cuando el empresario local Alejandro Quiero decidió ampliar su aserradero y contrató a trabajadores para las faenas. “Yo lo conocía de joven, entonces me dijo que me viniera y que en estos terrenos podíamos hacernos una casa (…) así comenzamos, cortando los palos para hacer nuestras casitas y criar a nuestros hijos”.
Comenta que en esa época había más de 100 trabajadores y que, como en varias empresas de esos años, el salario era en parte con fichas para comprar en una pulpería de Tomé, “cerca de donde está la pesquera (Camanchaca)”. La plata no era mucha, dice, pero eran felices. Después que el jefe murió, sus hijos se hicieron cargo del negocio que hasta antes del incendio se visualizaba como una barraca, cuyos restos hoy aún humean.
“Lluvia de fuego”
Aquí todos se conocen, los más viejos y los más jóvenes, porque tienen historias comunes, historias de barrio. Por ejemplo, en la manzana siguiente a Segundo está la propiedad de Ramón Millalén, un hombre alto y robusto que junto a su hija están removiendo lo que quedó. El calor se siente en la tierra, que se levanta con el viento.

Sobrecoge verlo quebrarse cuando mira alrededor y ve la destrucción. “Ni para el terremoto (de 2010). Imagínese que a mis 80 años tengo que empezar de cero”. Dice que, desde la noche del domingo, está refugiado en “la parroquia. Mi señora es quien la cuida, entonces el padre nos dijo que nos quedáramos allá mientras”. Porque igual que sus vecinos, Ramón, su señora, su hijo y su nieta de 8 años salieron de la casa cuando las llamas estaban en la vereda del frente.
Todos salieron con lo puesto y como pudieron. “Estaba todo rojo acá y había una lluvia de fuego” dice Gema Núñez, a quien la alertó uno de sus sobrinos “que la cosa estaba descontrolada”. Eran como las 3 de la mañana. Algunos corrieron a pie, otros en auto.
Un yerno de Ramón perdió la vida. Es la única víctima fatal que hasta ahora se registra en Punta de Parra. La familia no se explica por qué se quedó en el lugar, pero lo cierto es que, junto con consumir la casa, el incendio “también se lo llevó a él”.
A una semana de esa noche, esta localidad costera se prepara para ponerse en pie.
Focalizar los recursos
La ayuda ha llegado de todos lados. “El profesor de uno de mis sobrinos, armó un grupo y desde Santiago llegaron en la camioneta con herramientas, pañales, agua y cosas que dividimos entre los vecinos”, comenta Gema Núñez. Junto a sus hermanas, sobrinos, cuñados y amigos despejaron rápidamente el sitio donde estaba su casa.
Ahora viene la parte compleja, esa tarea administrativa de reconocer la pertenencia de cada sitio a su dueño y asignarles una vivienda para pasar el invierno que en Concepción se comienza a sentir desde mediados de marzo. Los equipos sociales deben trabajar a contrarreloj para hacer coincidir los tiempos de respuesta, los recursos y las necesidades de los damnificados.
El Gobierno Regional del Biobío aprobó recursos por $ 32 mil millones para levantar los sectores arrasados por la catástrofe, y además otros $ 2.300 (2% del total del Presupuesto) para uso inmediato, al alero de la Ley de Fondos de Emergencia. Recursos que, eso sí, requieren del “visto bueno” de Hacienda y que según ha declarado el gobernador Sergio Giacaman podrían estar disponibles en febrero.
Mientras, las cuadrillas de empresas proveedoras de servicios básicos trabajan con celeridad para que se restablezca la luz, el agua y la conectividad. Los equipos de organizaciones como el Banco de Alimentos Biobío Solidario hacen lo suyo, gestionando y parcializando la entrega de alimentos porque las condiciones sanitarias del lugar no permiten el almacenamiento de productos que, si no se consumen a tiempo, podrían ocasionar una crisis sanitaria mayor en las zonas de catástrofe.
Manejar la solidaridad
Clauhdett Gómez, gerente de esta institución que permite darle un nuevo destino a los alimentos que no son comercializables, pero son aptos para el consumo, explica que hay muchos alimentos que llegan de manera espontánea, pero que su acopio -por volumen y espacio- está siendo complejo.
“Las zonas siniestradas no tienen capacidad para acopiar y las familias damnificadas tampoco. Recordemos que estamos en un estado excepcional; por lo tanto, debemos ordenarnos y planificar la recepción y entrega de estos productos. Administrar correctamente y evitar el sobrestock”.

La distribución de lo que reciben está siendo canalizada coordinadamente con las municipalidades de Tomé y Penco, y con la Unión Comunal de Juntas de Vecinos de Penco. “Esta articulación facilita una distribución ajustada a las necesidades reales de cada comuna”. El Banco trabaja con empresas privadas que desde iniciada la campaña -como Cencosud y Nestlé- activaron sus redes para destinar productos en las zonas siniestradas.
Volver a empezar
Gema Núñez y su familia muestran el lugar donde estaba su casa. Sólo hay tierra, clavos sueltos y trozos pequeños de lo que pueden haber sido paredes.
La escena se repite en todos los sitios de los distintos vecinos. Cada uno de ellos está debidamente identificado con un letrerito improvisado que marca la propiedad con el nombre de la familia a la que pertenece, y el número de contacto.
Segundo Marín está con sus dos hijos y sus nietos, mientras una máquina remueve los árboles frutales con los que hacían mermeladas para todo el año. Dice que es la oportunidad para “empezar de nuevo, para construir nuevos recuerdos” y que sólo lo mantiene en pie el amor por su familia y la fe en Dios, que ha sido rectora de su vida.
Ramón Millalén se divide entre la parroquia donde está su señora y las conversas con sus hermanas, dueñas de las casas del lado. La familia de Glenda Núñez trabaja duro en el despeje y alternan la jornada con risas y selfies.
Además del polvo y las cenizas, aquí hay resiliencia.
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