El difícil camino de beetechnologies, la biotech que partió salvando abejas y hoy alarga la vida útil de la carne
La startup nació en 2016 en un ramo de la Universidad Mayor. Hoy su tecnología alarga la vida útil del cerdo de 3 a 9 días, y el fondo español Eatable Ventures le acaba de poner 100 mil euros para escalar desde Madrid. Sin embargo, nunca ha facturado.
Por: Juan Pablo Silva
Publicado: Sábado 6 de junio de 2026 a las 21:00 hrs.
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Camilo Bravo es siempre el más random del set de modelaje. Cuando los demás se presentan como diseñadores o actores, él dice que es científico. Es modelo part time, le dedica unas 10 horas al mes y su última campaña fue de relojes en el aeropuerto de Santiago. “He ganado más plata por modelo que por ciencia”, dice el CEO de BeeTechnology. “Los comerciales son una industria súper consolidada y la biotecnología, no tanto.”
La ciencia, en su caso, partió en 2016. Sus socios Alejandro Olmos y Stephanie Slebos, compañeros de Biotecnología en la Universidad Mayor, armaron un pitch para un concurso de la Fundación Copec-UC: la idea era usar fagos -virus que matan bacterias- contra la loque americana, una enfermedad que estaba matando abejas. Ganaron y Bravo se sumó como “esclavo de laboratorio”. Cuenta que revisaron 900 muestras de colmenas sin encontrar ningún fago, pero hallaron otra cosa: una bacteria del intestino de la abeja que producía algo que mataba a la bacteria problema. La fundación les pasó 3 000 UF para investigar.
Sin embargo, esa plata no la pudieron tocar en año y medio, ya que ningún banco le daba garantía a “tres universitarios”, confiesa el científico, por lo que recurrieron a sus padres para poner propiedades como contragarantía.
Tras meses de trámites, en 2018 partió la investigación y el producto funcionó. La mortalidad de las abejas bajó de 97% a 3%, asegura Bravo. El feedback de los fondos, eso sí, fue lapidario: la idea era -dice- “cute, pero no sexy”, el mercado era chico y difícil. En 2019 entraron a la aceleradora biotech Ganesha Lab, donde quedaron segundos y se ganaron un soft landing en Estados Unidos con apoyo de UC Davis. Pero el viaje se postergó por el estallido social, después llegó la pandemia, los fondos públicos se congelaron y nadie -ni Corfo, ni ANID, ni los privados- quería financiar a tres biotecnólogos sin doctorado ni ventas.
El Pivote
En 2020 los socios se juntaron por Zoom a decidir si cerraban y Bravo propuso otra ruta: “Dije, si esto mata bacterias de abeja, ¿por qué no otras también?”. Pidió cepas prestadas a sus contactos y el screening (ensayos) mostró que servía contra bacterias humanas, de cerdos, de alimentos y cosmética.
En 2021 Bravo asumió como CEO y ese año, en un asado, un conocido lo conectó con Graneles de Chile para probar su nuevo descubrimiento. Las pruebas en San Felipe redujeron 50% las bacterias en toneladas de grano, asegura, pero por precio no les daba para hacer negocio: “El mercado pagaba US$ 4 por tonelada y producir un litro costaba $ 60 mil”. Pero Graneles los juntó con Agrosuper, que les corrigió el foco: a diferencia de lo que pensaban Bravo y sus socios, el problema no era la salmonela, era la vida útil del pollo.
En 2022 las pruebas en pechugas de pollo extendieron la vida útil de 12 a 17 días. Con esto la Fundación Copec puso cerca de $ 130 millones de continuidad y tres inversionistas ángeles entraron con $ 120 millones, el primer capital privado.
El producto hoy se llama FoodGuard y, en simple, funciona así: fermentan esa bacteria probiótica de la abeja en un caldo nutritivo y el líquido resultante, aplicado sobre la carne, mata las bacterias que la pudren. Un conservante natural, sin nitritos ni sulfatos, justo cuando los reguladores los están restringiendo y las marcas premium buscan etiquetas con tres ingredientes como máximo. La competencia natural tampoco lo tiene fácil: los extractos vegetales suelen arrastrar algo del vegetal -el color, el sabor, la textura- y son menos eficaces que los químicos. “Está la clásica pelea natural versus sintético”, resume Bravo. El litro que costaba $ 60 mil y rendía para 500 gramos pasó primero a US$ 23 y 10 kilos, y hoy cuesta US$ 3,5 y rinde 50 kilos. La meta a 12 meses es US$ 1 y 100 kilos, adelanta el CEO.
Travesía y rescate
En 2023 se les acabó el capital, una de las fundadoras se salió por un año de la compañía, no tenían para pagarse sueldos y el equipo de calidad de Agrosuper les mandó 42 documentos para fiscalizarlos como si fueran un proveedor consolidado: pruebas de alérgenos por las exigencias de Brasil, normas GMP e ISO que no cumplían. “Nosotros teníamos tres lucas y un sueño”, recuerda Bravo. La relación quedó en buenos términos, pero la startup no tenía la madurez para entrar a una planta de ese tamaño. A Bravo también le tocó despedir a una persona que habían contratado a través de un fondo Corfo y que mantenía un contrato duplicado.
El salvador fue un productor más chico. Francisco Miranda, gerente general de Alimentos San Pablo, los dejó testear en su planta. Nunca habían probado la tecnología en carne fuera del laboratorio. Se pusieron el equipamiento, cortaron pedazos de pulpa y paleta de cerdo y separaron dos grupos, uno de control que se guardó en bolsas y otro al que le aplicaron el producto encima. “Dijimos: que sea lo que tenga que ser, porque nunca habíamos trabajado fuera de esterilidad”, cuenta Bravo.
El resultado fue que el cerdo pasó de tres a nueve días de vida útil refrigerado, con calidad 20% superior en paneles de sabor, olor y textura. A Miranda le gustó tanto que invirtió, y de paso les dejó un consejo de alguien que conoce la planta por dentro: vendan a través de un distribuidor. “Si ustedes llegan a mi planta con una bolsita blanca y me dicen ‘prueba esto’, yo no les creo nada”, les dijo.
A Eatable Adventures llegaron por un analista que primero los rechazó. A principios de 2025, Miguel Flórez evaluaba tecnologías para Grupo Bíos, los productores de carne, y le llamó la atención la tecnología de BeeTechnology, pero estaba muy verde y no pasó las pruebas iniciales.
En abril el mismo Flórez lo recontactó desde otro correo: ya trabajaba con la aceleradora española y quería presentarle a sus managing partners. Una de ellas, Mila, le dijo que llevaba ocho años escuchando el mismo reclamo de los productores de carne -que la carne no les dura- y que lo suyo hacía match; sólo faltaba testearlo.
Eatable Adventures es un fondo foodtech activo en Europa. Bravo se fue una semana y media a Madrid y durmió en el sillón de un amigo, entre reuniones con corporativos gigantes como Coca-Cola y Bimbo, e inversionistas de otro calibre.
Convencieron a los españoles, pero para recibir la inversión hubo que abrir la empresa en España, y eso fue otra batalla: siete meses de pelea con la Hacienda española, tres grupos de abogados distintos y todo firmado en papel. La empresa chilena tenía 30 000 acciones y hubo que traducir toda su estructura a un sistema societario diferente. “Aprecié mucho Chile en ese tiempo”, dice Bravo sobre los trámites digitales locales. Mientras eso no estuviera resuelto, la plata no podía entrar.
Cerraron hace dos meses, y hace dos semanas recibieron el capital: los 100 mil euros del fondo, más $ 88 millones del Fondo Startup Ciencia de ANID y un follow-on de $ 60 millones de sus inversionistas anteriores. En total, cerca de US$ 270 mil.
Lo que viene
Además de San Pablo y Agrosuper, han piloteado con la francesa LDC -con resultados poco concluyentes- y con Max Agro. Y están evaluando una ruta comercial más corta. En vez de los gigantes exportadores, que deben cumplir exigencias regulatorias de mercados como Brasil, venderle a cadenas de comida que igual compran pollo, cerdo y vacuno, pero en volúmenes más manejables.
La plata nueva se va casi toda a investigación, quieren bajar el costo del litro a US$ 1, sofisticar los parámetros de calidad y sumar a alguien comercial al equipo. El plan de fondo es más ambicioso. Hoy el producto se fermenta con extractos de carne -”hay una frase de software que dice: cuando tienes un bug que no puedes arreglar, conviértelo en un feature”, explica Bravo-, pero cuando logren producir sólo las moléculas de interés, podrían salir de la industria cárnica y entrar a cosmética y salud humana.
La promesa al inversionista, dice, es que descubrieron una forma de producir antimicrobianos que no están reportados, generados por una bacteria que técnicamente es un probiótico de la abeja, es decir, materia prima reconocida como segura.
Por ahora sólo tienen pilotos y cero facturación desde 2016. Con los fondos chilenos que invierten en biotech ha conversado, pero sin éxito: “Son gestores de capital, no es su plata técnicamente”, y lo que sus aportantes piden es tracción comercial. “Quieren que uno pueda vender. Uno sigue verde para esta tecnología”, admite.
Dario Amodei, CEO de Anthropic, escribió que la IA permitirá comprimir en cinco a 10 años el progreso que la biología habría logrado en 50 o 100, y Jensen Huang, de Nvidia, dice que la biología digital será “una de las revoluciones más grandes de la historia”.
Bravo es más cauto: “No te puedo afirmar que lo que viene es biotech; Pablo Valenzuela lo decía en los ‘90”. Su diagnóstico es menos glamoroso y asegura que los tomadores de decisión de los fondos no conocen ciencia -”¿tú crees que alguno había visto una célula después de segundo medio?”- y hay un cementerio de startups biotech cuyo capital humano recién ahora está volviendo a emprender con más experiencia. Él mismo admite que le encantaría volver al pasado y gastar la plata de manera diferente. “Yo partí esto a los 20 años, ahora tengo 30. Ha sido como un doctorado en startup”, dice.
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