Hay nerviosismo en la Casa Blanca. “Hay que ganar las elecciones de mitad de mandato, porque si no las ganamos… encontrarán una razón para destituirme”, advirtió el presidente Donald Trump a los republicanos en un mitin el pasado 6 de enero.
Una semana después, en entrevista con la agencia Reuters, Trump aseguró que su gobierno lo ha hecho tan bien que, “si lo piensas bien, ni siquiera deberíamos tener elecciones”.
Esta última declaración fue descartada pronto como “una broma”. Pero refleja la preocupación del Mandatario ante su caída en las encuestas. Una reciente consulta, realizada por AP y NORC de la Universidad de Chicago, revela que seis de cada 10 estadounidenses desaprueban su gestión, especialmente en el manejo de la economía y la política exterior.
Al mismo tiempo, la mayoría de las principales encuestas muestran un mayor apoyo a los candidatos demócratas de cara a las elecciones legislativas. En noviembre, estarán en juego los 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, lo que abre la posibilidad de que el Partido Demócrata recupere el control de una o ambas cámaras.
Para empresas dentro y fuera de Estados Unidos, este escenario se ha configurado como un alto riesgo político. Determinado a combatir lo que los estadounidenses consideran una “crisis del poder adquisitivo”, Trump ha optado por intervenir directamente en el quehacer de las empresas, incluso adoptando medidas cuestionadas dentro de su propio partido.
Los bancos fueron golpeados con el anuncio de una legislación para limitar las tasas de las tarjetas de crédito a un 10%, desde un promedio actual de 21%. La medida —impulsada históricamente por Bernie Sanders— provocó que las acciones de JPMorgan y Bank of America acumularan caídas de 6% en los días siguientes. El carácter electoral de corto plazo quedó en evidencia al proponerse que el límite rija solo por un año.
Trump también anunció una intervención en el mercado inmobiliario, prohibiendo que fondos de inversión adquieran viviendas, una iniciativa asociada al ala más progresista del Partido Demócrata. Además, la Casa Blanca instruyó a Fannie Mae y Freddie Mac a comprar US$200 mil millones en bonos hipotecarios, lo que llevó a que la tasa a 30 años cayera de 6,16% a 6,06%, su nivel más bajo desde septiembre de 2022. Analistas advierten que se trata de una inyección de liquidez en un mercado que no la necesita.
En paralelo, Nvidia y AMD enfrentarán tarifas de 25% para vender semiconductores a China. Los contratistas del Pentágono han sido presionados para suspender recompras de acciones y dividendos, mientras que a las petroleras se les exige invertir en Venezuela para elevar la producción y llevar el precio del crudo a US$50 por barril, sin garantías jurídicas de largo plazo.
“En realidad, cada vez se parece más a un demócrata”, afirmó el legislador republicano Don Bacon a CNBC, aludiendo a las medidas sobre vivienda y salarios ejecutivos. Sin embargo, al igual que muchos CEO, el Partido Republicano ha aprendido a no confrontar públicamente a Trump. Jamie Dimon, CEO de JPMorgan, fue duramente criticado por el Presidente tras cuestionar la ofensiva contra Jerome Powell, titular de la Fed. Trump ha dejado claro que busca un presidente del banco central dispuesto a llevar la tasa de referencia muy por debajo del 2,5%.
Efecto contrario
Para un Presidente que hasta hace poco calificaba la crisis del poder adquisitivo como “fake news”, su agenda actual revela que es el tema central de su mandato. Se espera que sea también el eje del mensaje televisivo que dará el 20 de enero, al cumplirse su primer año de regreso a la Casa Blanca.
Wall Street seguirá de cerca cada palabra. Trump ha insinuado que habrá más anuncios en favor de los consumidores. Pero reducir la inflación requerirá algo más que presión política. Varias medidas deberán pasar por el Congreso, incluyendo el límite a las tasas de las tarjetas de crédito.
Otras iniciativas podrían generar el efecto contrario. Las devoluciones de impuestos —que este año serían en promedio 20% más altas, según Morgan Stanley— implicarían una inyección de liquidez cercana a US$100 mil millones, de acuerdo con Tax Foundation.
La apuesta de la Casa Blanca es que más dinero en los bolsillos, un mercado bursátil al alza y eventuales bajas en los precios de los combustibles logren cambiar la percepción sobre la economía y permitan a los republicanos retener el control del Congreso. Lo contrario podría paralizar la agenda de Trump, un escenario que el Presidente buscará evitar a toda costa.