En el litoral central, dentro de la comuna de Zapallar y a unas dos horas de Santiago, existe una playa cuyo nombre parece susurrado: Cachagua. Durante décadas, su historia se transmitió en retazos, una anécdota sobre los primeros lugareños, una foto descolorida de los visitantes, un relato suelto sobre la aparición ocasional de un zorro en las dunas, pero nunca como un relato completo. Hasta ahora.
De la tierra al mar, un libro de mesa de gran formato recién publicado, propone exactamente eso: la primera narración integral de Cachagua, desde su origen remoto de campos y quebradas hasta su consolidación como uno de los balnearios más singulares y queridos de Chile. Es una obra que mira hacia atrás a una añoranza del pasado, con un sentimiento de nostalgia y preservación para el futuro, observando el territorio como quien abre un álbum familiar cuya historia recién comienza a organizarse.
El libro es el resultado del trabajo minucioso de un equipo de cinco personas; Carmen y María Isabel Ringeling como autoras, Valentina Tagle como fotógrafa y encargada de todo el material visual, María Teresa Letelier como editora y Bernardita Bunster como diseñadora, llevando la huella evidente de un proyecto que nació con una ambición casi antropológica: capturar no sólo la evolución geográfica y arquitectónica del lugar, sino también de su espíritu.
“Cachagua en sus inicios no era un balneario de lujo, era un lugar súper sencillo, de mucho contacto con la naturaleza, con un tipo de arquitectura de palo coirón, y esa simpleza, en mi opinión, se ha ido perdiendo. Queremos visibilizar la vida de las personas que viven ahí todo el año, esa mezcla de campo y mar tan rica que tiene y que uno puede respirar todavía”, cuenta María Isabel Ringeling.

Una identidad colectiva
El proyecto nació de la idea de Patricio Fernández Cox, quien contactó a las hermanas Ringeling para que escribieran sobre los inicios y formación de Cachagua, una investigación de tres años que las llevó a recolectar fotografías antiguas hasta grabar testimonios de las diferentes familias que residen y visitan el sector.
De la tierra al mar termina siendo un ejercicio de memoria colectiva ejecutado con una sensibilidad poco habitual. En una era obsesionada por la inmediatez, este ejemplar apuesta por la permanencia: rescatar, preservar y celebrar lo que hace que un lugar sea, más que un destino, una comunidad.
“Se dio un trabajo muy colaborativo que fue creciendo a medida que pasaba el tiempo, se transformó en algo más grande de lo imaginado, así que quedamos muy contentas con el resultado”, asegura Carmen Ringeling.
El ritmo del libro oscila entre lo histórico y lo contemplativo. Los capítulos recorren la consolidación del balneario, la particular identidad arquitectónica que fue emergiendo con los años, y el rol discreto, pero protagónico de las familias que hicieron de Cachagua su refugio estival. Además, está la presencia de la flora y fauna, tratados con la dignidad de personajes principales de esta historia.
El material visual es uno de los elementos a resaltar de esta obra, ya que las imágenes no sólo ilustran el texto: lo expanden. Sus páginas logran reunir un mapa emocional del balneario, del lugar, la arquitectura, su gente, la flora y fauna, mezclando fotografías de época hasta la actualidad. También posee ilustraciones realizadas por el arquitecto Tomás Fontecilla, quien trajo a la vida historias que no poseían respaldo en imágenes.

“Creo que cuando uno entiende y conoce, también aprecia y cuida, conserva el lugar mirando hacia el futuro. Nuestra intención es activar la memoria, recuperar ese sentido de pertenencia, aportando un granito de arena a que Cachagua siga siendo lo que ha sido, retratando el paisaje no como algo que simplemente se mira sino que también se vive”, destaca Valentina Tagle.
Una de las mayores virtudes de De la tierra al mar es recordar al lector algo esencial: que los territorios no sólo se habitan, también se narran. Y hacerlo con rigor, belleza y una cuota de asombro, es una forma de cuidarlos. En ese sentido, el libro no es únicamente un homenaje a Cachagua. Es también una forma de garantizar que su historia, hasta ahora dispersa, tenga por fin un hogar.
