Anne Traub se confiesa: la historia de la primera mujer en presidir la Asociación de Empresas Familiares
Nacida y criada en el sur, abogada, cuarta generación de la familia detrás de Cecinas Llanquihue. Directora ejecutiva de la Fundación Familias Primero. Desde octubre, presidenta de la asociación que reúne a 101 empresas familiares. Aquí cuenta sus saltos personales y laborales, su paso como asesora en dos gobiernos, su mirada aguda al país. “De derecha e izquierda me atacan cuando digo que Chile es un país condenado por la cuna”, dice.
Por: Patricio De la Paz
Publicado: Sábado 14 de febrero de 2026 a las 21:00 hrs.
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Cuando habla de su abuelo materno, Ewaldo Mödinger, no puede esconder la admiración. Anne Traub (1978) recurre a sus recuerdos de niña para describirlo. Ella vivía en Puerto Montt; él 30 kilómetros más al norte: en Llanquihue. Viajaba a verlo especialmente en los veranos. “Con mis hermanos íbamos mucho a su casa. Nos quedábamos semanas. Él se levantaba muy temprano, yo le sentía los pasos. Al mediodía volvía a almorzar. Era una persona llena de vida social, celebraba en grande sus cumpleaños. Pero además era muy discreto, riguroso, muy trabajador, pese a que sólo estudió hasta octavo. Echó raíces en esa ciudad del sur, fue el primer alcalde. Y siempre supo cómo sacar adelante el negocio familiar que tenía allí”.
No era un negocio cualquiera. Con dos hermanos habían fundado años antes Cecinas Llanquihue, cuyo primer antecedente es la pequeña carnicería que en 1914 levantó Lorenzo Mödinger, padre de Ewaldo. Hoy es una de las marcas más conocidas del rubro, con una producción al mes de más de 1.150 toneladas -un tercio de ellas son salchichas-, que según la industria equivaldría a unos US$ 10 millones mensuales. Anne, que es abogada y estudió un MBA, dice que ella no participa en la propiedad de la empresa -sí lo hace su madre- ni ocupa un cargo. Es parte del directorio, eso sí, de Teresa SpA, donde se reúnen los distintos negocios desarrollados por la línea familiar de su abuelo Ewaldo y que, en ese contexto, incluye también las cecinas.
Ser la cuarta generación de los Mödinger le ha traído responsabilidades a Anne Traub. Hace un año entró a la Asociación de Empresas Familiares (AEF) y se integró al directorio de esta instancia, con la tarea de enfocarse en temas de filantropía. En octubre fue elegida presidenta de la organización. La primera mujer en ocupar ese cargo que en los cuatro periodos anteriores fue desempeñado sólo por hombres.
No se le ve nerviosa con el desafío, esta tarde de verano, sentada en el living de su casa. Tal vez esa calma se deba a su pasado de niña de provincia, la segunda de cuatro hermanos que crecieron en medio de la placidez del sur. O tal vez sea porque, con los años, ya se ha acostumbrado a dar saltos drásticos. “Aunque nunca al vacío; yo salto siempre y cuando haya agua donde caer”, advierte de partida.
Desde el sur
Anne Traub dice que cuando vivía en Puerto Montt, de niña y adolescente, venía muy poco a Santiago. Y cuando lo hacía, era por competencias escolares de gimnasia y atletismo. La vida estaba centrada en el sur. Al igual que sus hermanos estudiaba en el Colegio Alemán de esa ciudad. Sus dos padres trabajaban todo el día -él era ingeniero civil químico; ella tecnólogo médico-, pero era sagrado que se juntaran todos a la hora de almuerzo. “Era una vida bastante simple en cuanto a lo que uno tenía, sin lujos. Vivíamos en un pasaje, en una buena casa, existía un tejido social fuerte, vida de vecindario. Recuerdo que pasaba gente sin zapatos, pidiendo un pedacito de pan, era una pobreza así en ese tiempo. Siempre me impactó”.
“Era una vida bastante simple (en el sur) en cuanto a lo que uno tenía, sin lujos. Vivíamos en un pasaje, en una buena casa, existía un tejido social fuerte, vida de vecindario. Recuerdo que pasaba gente sin zapatos, pidiendo un pedacito de pan, era una pobreza así en ese tiempo. Siempre me impactó”.
Y menciona un episodio de esa época: “Mis papás votaron que NO. Para mí fue súper determinante. Toda la familia era de derecha, excepto mis padres, que eran democratacristianos. Yo iba en cuarto básico y en el colegio todo el ambiente era del SÍ. Me paseaban por las aulas; tuve que aprender a defenderme y a entender política. En mi curso me bautizaron como Anne Marín, por la Gladys. Pero no lo recuerdo como algo terrible, sino tremendamente formador”.
Eran, además, los únicos de los Mödinger que vivían en Puerto Montt; todos los demás estaban en Llanquihue. Sus tíos maternos trabajaban desde jóvenes en la empresa familiar. “Mi mamá, Rose Marie, aunque tiene participación accionaria, siempre llevó una vida más independiente -cuenta Anne-. Ella entraría a trabajar en el área de abastecimiento de Cecinas Llanquihue muchos años después, cuando vendió una cadena de laboratorios clínicos que tenía en la zona. Estuvo allí hasta hace un año". Su padre, Julio Traub, sí está más presente: hoy es presidente del directorio de Cecinas Llanquihue. “En un avance por profesionalizar la empresa, el directorio puso un director externo y ahí entró mi papá”.
Anne recuerda que el abuelo Ewaldo -quien murió durante la pandemia- era un personaje en esa localidad. “Daba mucho empleo. Estaba muy involucrado con la comunidad, entregado a ella. Cuando eres familia empresaria, el rol social que cumples es tremendo, te admira mucha gente. Para mí, él fue un ejemplo. Fue el bombero más antiguo en ejercicio cuando cumplió 100 años. Para todos sus cumpleaños le hacían un show de agua muy bonito”.
Cuando egresó del colegio, Anne Traub siguió la ruta de una buena parte de los alumnos destacados de regiones: se vino a la universidad en Santiago. Fue un primer salto. Estudió Derecho en la UC. Luego de titularse entró al estudio Morales & Besa. Estuvo cuatro años. “Ahí realmente aprendí rigor y que la forma es tan importante como el fondo. Me tocaron proyectos importantes, como la construcción de la Ruta 5 desde Santiago a Puerto Montt. Vi temas de concesiones, infraestructura, gobiernos corporativos, harta negociación”.
Se sentía cómoda, le gustaba el trabajo, pero algo le hacía ruido adentro. “Me faltaba, como siempre digo, esa milla de felicidad”, explica. La necesidad de un giro. De un nuevo salto.
Vocación social
Antes de cualquier movimiento, decidió hacer un MBA. “Sentía que necesitaba más herramientas financieras para sentirme completamente desarrollada, entender bien las contabilidades, acercarme al mundo de los negocios, al manejo del liderazgo”, señala. También empezó a darse cuenta de que ese desarrollo que buscaba “iba por conectarme más con lo social”. Y eso, le pareció, podía realizarlo mejor en el sector público.
“Yo era chica, tenía 27 años. Sabía que era un cambio que tenía que hacer. Yo no soy adversa al riesgo, sino todo lo contrario, pero para ser desafiante sé que antes necesito las herramientas técnicas”, cuenta. Cuando se sintió lista, habló con sus padres. “Me preguntaron si me ocurría algo, les dije que no, que todo estaba bien. Todavía me pasa que personas me preguntan cómo una abogada de la UC con MBA se moviliza tanto por temas sociales. Les digo que uno se debe mover por los propósitos que te hacen feliz”.
Entró a trabajar al Ministerio de Hacienda, con Andrés Velasco. Era el primer gobierno de Bachelet. Fue asesora del gabinete ministerial, por casi dos años. Luego, en Piñera 1, trabajó con Felipe Kast en la creación del Ministerio de Desarrollo Social. Le encargaron la negociación de ese proyecto en el Congreso y con los otros ministerios. “Tuvimos varias discusiones con el Ministerio de Hacienda -recuerda-. El Presidente tuvo que mediar en varias oportunidades”. Cuando Kast salió de esa secretaría de Estado, Anne Traub trabajó un tiempo breve con el nuevo ministro, Joaquín Lavín, para dejar bien asentado el nuevo ministerio. “Tuve una experiencia espectacular con él. Nos llevamos regio, éramos los dos zurdos, nos entendíamos perfecto”, comenta.
Pero luego volvió a trabajar con Felipe Kast, quien había sido destinado como delegado presidencial para la reconstrucción y la erradicación de campamentos, dependiente del Ministerio de Vivienda. “Me tocó hacer mucho terreno, que siempre me ha gustado”, dice. La abogada se mantuvo ahí hasta 2014. Ya se estaba fraguando, lentamente, un nuevo movimiento en la ruta de Anne Traub.
Ese año se fue a Boston junto al empresario Matías Claro, director y gerente general del Grupo Prisma, con quien mantenía una relación sentimental. Él se iba a estudiar un master en políticas públicas en Harvard. Al poco tiempo se casaron. Y esta vez, sumando la complicidad y el entusiasmo de él, ella empezó a pensar un nuevo objetivo: ¿y si ahora, siempre en la línea social, enfocaba su trabajo a apoyar la educación de los niños en situación vulnerable?

Asesor emocional
Estuvieron en Boston un año. Buscaban juntos un modelo para encauzar lo que querían crear. Matías pensaba en algo con los niños, Anne sostenía que el asunto partía por involucrar también a los padres. “Es que los vínculos son súper importantes. Sentirse amado en los primeros años de vida es un colchón de afecto que te permite volar lo más lejos con los sueños que te propongas”.
Encontraron una buena idea en Nueva York, la usaron de inspiración y en marzo de 2015 vinieron a Chile a firmar los estatutos de una nueva fundación cuyo objetivo es capacitar a familias -especialmente madres- con hijos preescolares en zonas vulnerables, de manera que ellos lleguen mejor y más preparados al sistema educacional. La Fundación Familias Primero partió en junio de ese año, con 25 familias en Cerro Navia. Hoy trabajan con cerca de 4.500 en 11 regiones de Chile.
Anne lo siente como una vuelta de mano. “Siempre digo que yo nací en la vereda de la fortuna, con papás que trabajaban, una casa, calefacción, comida, colegio, con oportunidades. Me tocó esa suerte. Y los que nacen en la vereda de la mala suerte, por decirlo de una manera, tienen que forjarse un camino mucho más difícil. Este es un país condenado por la cuna. A mí me atacan desde la izquierda y la derecha cuando digo eso, pero es así”. Y continúa, enfática: “Entonces esos niños parten de más abajo, con menos oportunidades, con papás que vienen de culturas mucho menos desarrolladas, más sobrepasados. Hay que ayudarlos, darles herramientas; el Estado tiene que estar ahí, en los primeros años de vida de esos niños. No existe inversión social más rentable que aquella que se hace en la primera infancia”.
Por eso, ella sueña con que el modelo que ha desarrollado la fundación -donde ella es directora ejecutiva- sea escalable a una política pública o que se gestione a nivel comunitario. Tienen todo medido, trazado y documentado en una década de trabajo, así que “creo que estamos más cerca que lejos de eso”, dice, optimista. El programa estrella de la fundación, y el primero que implementó, es para estimular habilidades parentales y se llama Kinder Power: a través de tutores que visitan semanalmente las familias durante dos años, se van capacitando a los padres en la educación temprana de sus hijos.
“Siempre digo que yo nací en la vereda de la fortuna, con papás que trabajaban, una casa, calefacción, comida, colegio, con oportunidades. Me tocó esa suerte. Y los que nacen en la vereda de la mala suerte, por decirlo de una manera, tienen que forjarse un camino mucho más difícil. Este es un país condenado por la cuna".
Por esas cosas del destino, al mismo tiempo que Anne Traub echó a andar la fundación, nacieron sus mellizas Sofía y Olivia. “Por eso digo que la fundación es la trilliza”, se ríe. Lo familiar, reconoce, es vital para ella. Destaca especialmente a Matías Claro, su marido y cofundador de Familias Primero. “Siempre hablo de él, porque ha sido siempre muy apoyador. Cumple un rol súper importante en mi vida. Yo voy mucho a terreno, estoy bien metida donde las papas queman, y muchas veces llego triste, con dolor, afectada. Él me sostiene, me da consejos. Le digo mi asesor emocional”.
Hay también, de parte de él, apoyo financiero. El Grupo Prisma, donde la familia Claro reúne sus inversiones, le da anualmente a la fundación un 25% del financiamiento que necesita para mantenerse en pie. “Todo el resto yo lo salgo a buscar. Tocar puertas constantemente para levantar recursos es pesado”, reconoce Anne. El presupuesto anual que necesita para 2006, calcula, es de $ 1.200 millones.
Asuntos familiares
Hace cuatro meses, Anne Traub sumó un nuevo territorio. Fue otro de sus saltos con agua en el fondo. Los miembros del directorio de la Asociación de Empresas Familiares (AEF) le propusieron ser presidenta, ella lo pensó, lo conversó con su asesor emocional y aceptó. “Yo entiendo el mundo de las empresas familiares, me moviliza, me encanta. Es un mundo donde pasan cosas distintas. Primero, todo se piensa mucho más a largo plazo. Segundo, el nivel de comunidad que logras armar con tus parientes. No hay que olvidar cómo se sacaron la cresta las primeras generaciones, el rigor, el trabajo duro. Y son empresas que todavía tienen mucho que aportar en Chile, por eso hay que dar visibilidad, tender puentes”, explica
La asociación, que agrupa a 101 familias empresarias -como los Luksic, los Matte, los Cueto, los Schiess, los Yarur, entre otros-, trabaja en varios frentes: filantropía -donde las experiencias son distintas, desde las familias que no han desarrollado el tema hasta las que tienen sus propias fundaciones-; family office; mujeres; futuro y nuevas generaciones. Cada uno de estos temas tiene su propio comité, formado por entre seis y 10 socios.
“Yo entiendo el mundo de las empresas familiares, me moviliza, me encanta. Es un mundo donde pasan cosas distintas. Primero, todo se piensa mucho más a largo plazo. Segundo, el nivel de comunidad que logras armar con tus parientes".
La presidencia de la entidad es por tres años. Anne Traub sucede en el cargo a Arturo Palma Matetic, director ejecutivo del family office Auquinco y director de la fundación familiar Teraike. “A mí me gustaría lograr el crecimiento de esta comunidad. Conectar necesidades país con soluciones que nosotros podemos dar. Que, además, para los socios este sea un lugar fascinante, que digan lo que ya he escuchado allí: ‘Mi mejor terapia es la AEF’”, señala ella.
Entonces Anne Traub echa a andar la memoria. Hasta esa vida que dejó allá en el sur de su infancia. Y dice: “Nos llora en la asociación tener una vida comunitaria más cohesionada. Como cuando uno se sentía tan a gusto en el vecindario, que podía ir a la casa de al lado a pedir una tacita de azúcar”.
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