Jorge Pérez, el académico que despreciaba a los emprendedores y terminó convirtiéndose en uno
PhD en computación, 11 años académico en la Universidad de Chile y primer chileno en ganar el Microsoft Research Fellowship. Su startup Cero gestiona millones de citas médicas al mes en Chile, Colombia y España, con 33 personas y una sola ronda de US$ 500 mil tras pasar por Y Combinator.
Por: Juan Pablo Silva
Publicado: Viernes 19 de junio de 2026 a las 21:00 hrs.
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Al lado de Jorge Pérez trabajaba un español que se tapaba la boca de vergüenza cuando le preguntaban en qué andaba. Trabajaba en redes neuronales, una tecnología que el resto daba por muerta desde los años ‘80, e intentaba traducir imágenes a texto. “Estás loco, eso no va a funcionar jamás”, le dijo Pérez. El español era Oriol Vinyals, hoy uno de los líderes de Gemini en Google DeepMind.
Pérez tiene 46 años y es el fundador de Cero, una empresa de salud que coordina pacientes con clínicas y hospitales. Pero durante casi toda su vida adulta despreció la idea de tener una startup. “No es que no me interesara. Lo aborrecía”, dice. Sus hermanos le insistían en que por qué no creaba algo, por qué no ganaba plata. “Yo no los pescaba. ‘¿De qué me están hablando?’ Era científico, y tenía el sesgo de que las empresas las arman los vendehúmos”.
Pérez empezó a programar a los 7 años, a mediados de los años ‘80 en un Atari. Venía de una familia de Viña del Mar donde nadie había ido a la universidad y donde no sobraban los recursos para una máquina como esa. Un compañero de colegio tenía uno, e iban a su casa a jugar. Un día el papá del amigo le mostró cómo escribir unas líneas para que en la pantalla apareciera su nombre 10 veces, en distintos colores. “¿Qué es esto? Es magia”, pensó en ese momento Pérez.
Esa Navidad su mamá le compró un Atari. Pero Pérez no quería jugar, quería crear un juego. La máquina venía con un manual de programas en inglés que él copiaba sin entender. “Apretaba el botón y pasaba algo, pero era como una receta”, recuerda. Entonces empezó a cambiar cosas a ver qué pasaba y así aprendió. En su casa nadie entendía nada, su papá era comerciante, lo sigue siendo hasta hoy.
A los 13 dejó de programar. Topó techo (sin internet ni conocimiento de álgebra cuenta que no podía avanzar más) y, dice, “era poco cool programar a los 13”. Lo cambió por el fútbol. Y luego estudió becado en la universidad.
Quería ser constructor civil. Pero se metió a los primeros cursos de resistencia de materiales (ponerse un casco, apretar un hormigón hasta que se rompiera) y terminó el semestre deprimido. Estuvo a punto de cambiarse a matemáticas hasta que lo frenó un profesor de computación teórica con el que fue a conversar. “Las matemáticas son puras latas. La matemática del futuro es la computación”, le dijo. De ahí en adelante el currículum se llenó de premios: cinco veces Best Paper Award, el Ramón Salas Edwards del Instituto de Ingenieros en 2012, y en 2016 un Test of Time en Japón al paper más influyente 10 años después de publicado (el suyo, de 2006, diseñó SPARQL, el lenguaje estándar para consultar datos en la web). Pero mira esa etapa con distancia, “el valor de tu ciencia te lo dan tus pares”, dice. “Tiene muy poca correlación con el impacto que puedes tener en la sociedad”.
La Constitución que lo trajo de vuelta
El giro a lo comercial empezó en 2016 en un lugar inesperado: el proceso constituyente de Bachelet. El Gobierno esperaba 2 000 encuentros locales autoconvocados y se realizaron más de 20 000, con gente común hablando de política en sus casas y subiendo el texto a una plataforma. Para un científico de datos, eso eran 20 000 sensores prendidos a la vez. Pérez y su excolega Claudio Gutiérrez se obsesionaron con que esos datos fueran públicos, y pelearon hasta que lo fueron.
Cuando quiso analizarlos, sus herramientas de siempre se quedaron cortas. Desempolvó las redes neuronales que había despreciado en Microsoft, bajó una librería, la hizo correr. “Para ese momento fue un antes y un después”, dice. Cambió su línea de investigación entera. En 2017 estudió a fondo el Transformer, el paper de Google (“Attention is all you need”) que está detrás de ChatGPT, Claude, Gemini y todo lo que vino después. Se hizo experto justo cuando esto explotaba.
Dos doctorandos y un dentista
El salto empezó sin idea de empresa. En la Universidad de Chile, Pérez hacía proyectos de impacto social con un grupo de doctorandos que no eran sus tesistas, enseñaban a programar a niños de colegio, con la idea de que los chilenos pasaran de consumidores a creadores de tecnología. Y cuando terminaba cada proyecto todos volvían a su investigación. Hasta que un día dos de ellos se le acercaron con algo distinto. “No queremos ser como tú, no queremos ser académicos, queremos hacer otra cosa. En todos estos proyectos, tú eres el que conversa con la gente, el que vende, el que convoca. Nosotros somos los que trabajamos. Queremos hacer algo, y creemos que deberíamos hacerlo contigo”, le dijeron.
Se juntaron a pensar ideas. Cayeron en el error clásico del fundador técnico, “una solución buscando un problema”, dice. Pérez estaba convencido de que esa tecnología, difícil de usar entonces, sería fácil de usar en el futuro. Armaron un bot y lo metieron en un grupo de estudiantes; nadie se dio cuenta de que era un robot, lo tomaban por un ayudante, y las encuestas pasaron de 10% a 90% de respuesta. Funcionaba. Pero no sabían qué resolver. “Era una idea, pero no era mi idea. No teníamos nada. Nadie nos pagaba un peso.”
El problema apareció con Felipe Rodríguez, un odontólogo que no ejercía y arrastraba un par de startups fracasadas, pero que sabía algo que a los académicos les faltaba: había que vender. Fue su primer cliente. “Pago por ver la tecnología”, les dijo, porque la encontró buena y tenía problemas que resolver. Y los reorientó: el problema de verdad estaba en clínicas y hospitales donde se pierde una cantidad enorme de recursos por falta de coordinación entre pacientes y centros. Hicieron una demo “pagada con palitos de helado”, y Rodríguez salió a venderla sin ser siquiera socio, a una red de clínicas. “Juntos vendíamos muy bien”, dice Pérez.
Quedaron tres: él, Rodríguez y Mauricio Quezada, uno de sus alumnos de doctorado.
Cuando ya sumaban clientes, el odontólogo postuló a Y Combinator. Pérez entró escéptico a la entrevista con la aceleradora. Y salió encantado. “Usan el método científico para construir empresas. Por fin se fue todo el humo. No hay bullshit, hay probabilidades.” Dejó la academia y se fue 100% a Cero, su startup.
Los números
Cero ayuda a hospitales y clínicas a atender a más pacientes perdiendo la menor cantidad de citas posibles. Un cuarto de las citas de especialistas se pierde por fallas de coordinación. Cero dice subir hasta 25% la capacidad de atención sin contratar profesionales ni abrir más box.
Partió haciendo algo simple: confirmar citas por WhatsApp. Y con un modelo de negocio que hoy está de moda pero que, dice Pérez, ellos inventaron: pago por tarea completada. Si el agente completa la tarea, el cliente paga; si no, no.
Hoy tiene cerca de 200 clientes y unas 400 ubicaciones, con un equipo de 33 personas. Crece a un dígito mes a mes y el año pasado se duplicó. Gestiona del orden de 3 millones de citas al mes en Latinoamérica: Chile sigue siendo el principal, Colombia es el segundo y crece, y su socio está abriendo España. El 80% de los hospitales de alta complejidad del país usa Cero en alguno de sus procesos, del Sótero del Río al Félix Bulnes.
Tras YC levantaron US$ 500 mil, de los que se han gastado la mitad. “No está en mi mente el billion dollar company. Está en resolver el problema”.
No se arrepiente de haber dejado la academia: “Estoy enamorado de Cero, enamorado de la salud”. Y si algún día vendiera la empresa, dice que tal vez volvería, pero distinto: a mezclar las dos cosas, a enseñarles a los estudiantes que una empresa no es sólo humo, que puede resolver un problema de verdad. “Me meto más herramientas en la mochila y vuelvo a resolver los problemas que antes no podía”.
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