Por: Equipo DF
Publicado: Viernes 5 de septiembre de 2014 a las 05:00 hrs.
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Cuando un eclipse de sol en horas diurnas genera un apagón natural, los animales se van a dormir. Su reloj biológico se orienta por la luz del amanecer y el ocaso vespertino. A los humanos, también animales, cualquier alteración artificial del horario afecta sensiblemente nuestros ritmos de sueño, atención, memoria, digestión, rendimiento laboral e interacción social.
Quienes trabajamos en la docencia somos a diario testigos del desánimo y automatismo con que niños pequeños se hacen conducir por sus padres hasta el colegio que les exige estar antes de las 8 AM. En setiembre, a las 7:30 verdaderas ya hay un promisorio atisbo de luz solar. Con el adelanto del horario “de verano”, ese amargo deambular en la penumbra matutina derivará en un infantil trauma sonambular. En el otro extremo de la jornada, el niño deberá ser antinaturalmente convencido, en realidad compelido a irse a la cama y dormir cuando aun brilla el sol. Los tratados internacionales que obligan a normar la vida según el superior interés del niño no aplican cuando se trata de imponer horarios artificiales a gusto de algunos adultos.
Las razones para decretar, en primavera, estos “horarios de verano” no se exponen de manera convincente y fundada. El supuesto ahorro de energía es irrelevante y bien puede atribuirse a otros factores naturales. Pretender que con el adelanto de una hora disminuyen los atracos es insultar la inteligencia práctica de los delincuentes. El alegado deleite de salir del trabajo con luz natural no es compartido por quienes soportan la mayor parte de su jornada laborando arduamente en el hogar y preparando el feliz regreso del ausente. Este tenderá a beneficiarse del sol aun radiante para entretenerse en el camino, entonarse con un “happy hour”, ir al gimnasio o al cine o aventurarse en un mall. El natural repliegue del hombre en su hábitat doméstico y el consiguiente cultivo de sus lazos de familia no se ven favorecidos por el artificial alargamiento del horario solar. La refrescante brisa vespertina regalada en verano a quienes bordeamos el Océano Pacífico pierde la mayor parte de su efecto cuando empieza a soplar a las 21, hora oficial.
Son conocidas las múltiples complicaciones que el impuesto cambio de horario genera en los relojes, computadores, teléfonos, itinerarios de viaje, documentos y proyectos redactados con meses de anticipación a la fecha en que empezará a regir. Esa fecha se anuncia con discreta publicidad cuando está en vigencia el horario natural. La prensa la recuerda un día antes de su implementación. La decisión habrá sido tomada por un ente administrativo, impersonal, que se siente dueño de la calidad de vida de 17 millones de personas y les impone su decreto sin que consten instancias de consulta y participación ciudadana.
Una cultura ecológica merece mayor respeto a la naturaleza.
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