La expansión del hidrógeno verde en Chile, particularmente en el norte del país, no puede analizarse sin considerar un factor clave: el agua. En un escenario de escasez hídrica estructural, la desalinización aparece como una condición habilitante tanto para la transición energética como para el abastecimiento de ciudades y sectores productivos. Así lo plantea el Dr. Ernesto Santibáñez, académico y director ejecutivo de Circular Economy and Sustainability 4.0 Initiative, y editor científico de Climate Risks de Springer Nature, uno de los principales grupos editoriales científicos del mundo conversó con DF Regiones sobre los desafíos que enfrenta el país en esta materia.
Santibáñez explica que para producir un kilo de hidrógeno verde se requieren al menos 9 litros de agua de alta pureza, aunque en la práctica esa cifra puede elevarse a entre 12 y 20 litros de agua de mar, dependiendo de la eficiencia del proceso. “Eso obliga a pensar estos proyectos de manera sistémica, no sólo como plantas energéticas, sino como infraestructuras multipropósito”, sostiene. En ese contexto, destaca el caso de Antofagasta y Mejillones, donde cerca de 500 mil personas se abastecen hoy 100% con agua potable proveniente del mar. “No estamos inventando nada. Países del Medio Oriente llevan décadas usando esta tecnología. Antofagasta es una referencia que hay que consolidar, mejorar y replicar” afirma.
- Por qué en el norte el desarrollo del hidrógeno verde depende necesariamente de plantas desalinizadoras?
- La electrólisis necesita agua y en el norte no hay agua dulce disponible en cantidad suficiente. El agua de mar debe ser desalada antes de entrar a los electrolizadores. Sin desalinización, no hay hidrógeno verde posible en esta zona del país.
- ¿Es viable que una misma desaladora abastezca proyectos energéticos y consumo humano?
- No sólo es viable, es deseable. Si usted piensa la desalinización sólo para una actividad productiva, los costos son más altos. Pero si esa misma infraestructura abastece a ciudades, a la agricultura y a proyectos de hidrógeno verde, se generan economías de escala que bajan los costos unitarios y aumentan el impacto social positivo.
- ¿Qué impacto tendría este enfoque integrado en sectores productivos como la agricultura?
- Permite fortalecer directamente su competitividad y abrir nuevas oportunidades productivas. Un producto agrícola regado con agua desalada y producido con energía e hidrógeno verde tiene un enorme valor agregado, porque puede certificarse como sustentable y evitar barreras arancelarias, como las que hoy se están discutiendo en la Unión Europea. Además, mejora la posición competitiva de sectores agrícolas del norte, que hoy enfrentan escasez hídrica estructural, permitiéndoles acceder a mercados más exigentes en términos ambientales.
- ¿Por qué esta combinación es relevante desde el punto de vista climático?
- Porque permite atacar dos grandes focos de emisiones al mismo tiempo. El sistema energético es responsable de cerca del 70% de las emisiones globales de carbono equivalente, mientras que el sistema alimentario aporta entre 20% y 25%. Agua desalada e hidrógeno verde, combinados, permiten abordar ambos problemas de manera simultánea, reduciendo emisiones asociadas a la energía y a la producción de alimentos, que hoy son dos de los principales desafíos del cambio climático a nivel global.
- Uno de los cuestionamientos habituales a las desaladoras es su impacto ambiental. ¿Dónde están los principales riesgos?
- Hay tres grandes temas: el alto consumo energético, las emisiones asociadas y el manejo de los residuos, especialmente las salmueras. Este último es el menos comentado, pero no por eso menos importante. Si los rechazos del proceso de desalinización se devuelven al mar sin un tratamiento adecuado, pueden afectar seriamente la vida marina. Por eso, es sumamente clave el monitoreo permanente, tanto antes como después de la descarga de residuos al océano, porque de lo contrario los impactos pueden extenderse a los ecosistemas costeros y a actividades como la pesca artesanal.
- ¿Cómo se pueden mitigar esos impactos?
- Con monitoreo permanente, tanto antes como después de la descarga de residuos al océano. No es caro en comparación con el tamaño de los proyectos. Es como el tratamiento de aguas servidas, es decir, si no se controla, el impacto para la vida humana y ambiental es enorme.
- ¿Qué rol debe jugar el Estado en este escenario?
- El Estado no debe obstruir, pero sí regular y fiscalizar. Necesitamos reglas claras, controles exigentes y procesos más expeditos. No puede ser que una planta desalinizadora demore siete años en aprobarse. Si sabemos que este es el futuro, tenemos que prepararnos ahora y perfeccionar las normas desde ya.
- En términos de costos, ¿cómo se puede acelerar la competitividad del hidrógeno verde?
- Hoy el hidrógeno verde sigue siendo caro, pero la experiencia internacional muestra un camino claro. Hace 20 o 30 años los paneles solares eran prohibitivos y hoy son competitivos gracias a subsidios iniciales. Lo mismo está ocurriendo con el hidrógeno. En Estados Unidos, the Inflation Reduction Act permite subsidios de hasta US$ 3 por kilo de hidrógeno producido. En Europa, el Banco Europeo del Hidrógeno ha llegado a apoyar proyectos con hasta 4 euros por kilo. Eso permite que el hidrógeno verde compita con el hidrógeno gris, que hoy se produce a costos de entre US$ 1,5 y US$ 1,8 por kilo.
- ¿Qué tan lejos estamos, en términos tecnológicos, de un modelo integrado de agua desalada, energía renovable e hidrógeno verde?
- No estamos lejos. Los electrolizadores están probados, la desalinización es una tecnología madura y los costos van a seguir bajando. El norte de Chile tiene una ventaja incomparable: es una mina de sol. Si se combina energía solar, almacenamiento, desalinización e hidrógeno verde, el potencial es enorme.
- ¿La escasez hídrica seguirá siendo un problema concentrado sólo en el norte del país?
El cambio climático está desplazando la frontera de la escasez hacia el sur. Ciudades que hoy no lo ven como un problema lo van a enfrentar en el futuro. La desalinización no es una opción ideológica, es una necesidad.