Un día de marzo de 2025, Nicole Brunser, diseñadora gráfica de formación y joyera desde hace más de 20 años, recibió un correo electrónico inesperado. Era un mail corto. Demasiado corto como para tomárselo en serio. Un curador internacional decía haber visto su trabajo y le sugería postular a una plataforma que selecciona diseñadores emergentes para presentarse durante el New York Fashion Week (NYFW). Leyó el mensaje con desconfianza. Pensó que podía ser una estafa. O un error. O una exageración. Igual postuló. “¿Qué podía perder?”, pensó.
Semanas después la aceptaron. “No supe que estar en el NYFW era un sueño mío hasta que quedé seleccionada”, reflexiona ahora. “Jamás se me habría ocurrido, ni en my wildest dreams”. Desde Chile, desde su realidad cotidiana, la posibilidad simplemente no existía. Con la aceptación vinieron también deseos nuevos, ambiciones que no sabía que tenía o que nunca se había permitido imaginar.
Y entonces pasó algo curioso: no lo contó. No lo publicó. No lo celebró. Durante meses -casi un año completo- guardó silencio. Pagó inscripciones, avanzó en la producción de piezas, evaluó fechas, eligió febrero para presentar su trabajo en la temporada primavera-verano del hemisferio norte. Pero no compró pasaje hasta último minuto.
Fue recién cuando lo comentó en El Vestidor Santiago -el showroom donde comparte espacio creativo con otras diseñadoras- que algo se movió. “Me dijeron: ‘¿pero cómo no estás dimensionando lo que es esto?’”, recuerda. Ahí vino lo que ella llama “el alcachofazo”. Lo suyo no era una cábala ni una modestia impostada, sino genuina incredulidad. “Viví todo el 2025 en negación”, admite. Y agrega algo que vuelve varias veces en la conversación: el síndrome del impostor. “Pensaba que en cualquier momento alguien iba a decir: ‘no, ella no debería estar acá’”.
El siguiente clic vino después, cuando empezó a verse reflejada en entrevistas y notas de prensa. Cuando otras personas comenzaron a entusiasmarse más que ella. Cuando tuvo que pensar, incluso, cómo iba a vestirse. “Ahí caché que no era tan al lote. Que tenía que prepararme. Y también creérmela”.
Una vocación que siempre estuvo ahí
Brunser no viene de una escuela tradicional de joyería. Estudió diseño gráfico, trabajó años en agencias y, tras el nacimiento de su primera hija, tomó un curso de orfebrería casi por intuición. Era 2002. Desde entonces, no ha dejado de formarse, probar técnicas, equivocarse y volver a empezar. Pero su historia con las joyas no comenzó ahí. Su fascinación venía de antes: de niña se quedaba pegada frente a las vitrinas mirando pulseras, aros y collares, y no resistía la tentación de sacarle los anillos a su abuela para probárselos a escondidas. En el colegio, mientras el resto del curso aprendía metalmecánica -cambiar enchufes, armar circuitos-, ella hacía otra cosa: robaba pedazos de alambre eléctrico, los enrollaba y fabricaba pulseras que luego vendía en el recreo.
En más de 20 años también cambió radicalmente la forma de llegar al público. Cuando Nicole empezó, no existían Instagram ni las tiendas online, y vender era un ejercicio de boca a boca. Con el tiempo, su vitrina fue evolucionando junto al mercado: hoy vende principalmente a través de Instagram, su sitio web y en su showroom en Las Condes. Esa transformación, dice, le ha permitido llegar a mucha más gente sin perder el carácter autoral de su joyería.
“Uno evoluciona, pero la mano siempre está”, dice. Sus piezas, incluso las más antiguas, siguen siendo reconocibles hoy. Hay algo constante: color, humor, formas orgánicas, una cierta alegría. “Si tuviera que definirlo de alguna forma, diría que es lúdico-urbano con gotas de realismo mágico”, explica. “Mi joyería es feliz. La idea es que quien la use también lo sea”.
Esa identidad será la que llegue a Nueva York. En pasarela se verán varias de sus colecciones: la ya clásica línea de corazones -que comenzó hace más de 20 años y se convirtió, sin quererlo, en una de sus más replicadas-; Constelación, hecha con hilos de plata y bronce; Sur-Zido, que incorpora roca volcánica del lago Ranco junto a seda y metal; y Venus, una colección reciente que dialoga con la representación de lo femenino en el arte clásico.
No habrá un desfile exclusivo: la plataforma de diseño emergente -llamada Flying Solo- trabaja con un sistema de matching, donde diseñadores de ropa y accesorios se combinan según afinidades estéticas. Nicole participará en ocho pasadas de pasarela, con modelos, maquilladores y estilistas definidos por la curaduría. Muchos de esos detalles los conocerá recién al llegar.
Más que una marca, una escena
También ella será parte del circuito. Para los eventos del NYFW vestirá diseño chileno: Puntada Austral, de Mónica Navarro, y Leonora Musri, con quien cocreó una blusa con prendedores que -dice- funcionará como lucky charm del desfile. “Me interesa mostrar que hay una escena, no sólo una marca”, explica. Brunser forma parte de Moda Chile, asociación que agrupa a diseñadores independientes, y su trabajo suele moverse en clave colectiva más que individual.
Diseñar desde Chile no ha sido fácil. “A veces se penaliza lo distinto, lo alternativo”, dice. Durante años escuchó frases como “es muy grande”, “muy colorido”, “¿no lo tienes más chico?”. Aun así, siguió adelante. Ajustó tamaños, creó nuevas líneas, pero nunca dejó de experimentar. “Cada persona que usa una de mis joyas me emociona”, dice.
Hoy, a pocas semanas de viajar a Nueva York para presentar su trabajo en una de las vitrinas más relevantes de la moda internacional, Nicole Brunser mira hacia atrás con perspectiva. “A la Nicole de hace 20 años le diría: ‘dale nomás. Sin miedo y sin vergüenza’”. Tal vez esa frase sea la que mejor condense el camino que la llevó hasta Nueva York.