La palabra innovación se ha vuelto omnipresente en América Latina en discursos, planes y presupuestos. La confusión principal es pensar que innovar es solo incorporar tecnología, pero no lo es. En efecto, la inversión en tecnología en la región ha aumentado, pero la brecha en productividad y competitividad con economías desarrolladas persiste. Y es que, la tecnología amplifica lo que ya existe, pero no corrige decisiones equivocadas. Así, la verdadera innovación requiere cuestionar y dejar de hacer mal muchas cosas conocidas.
Lo cierto es que la innovación muere antes de llegar a implementarse, por fallas estructurales y organizacionales. Los datos no mienten: Solo entre 5% y 10% de las ideas generadas en las empresas avanzan a implementación y más del 70% de las iniciativas de transformación no logran captar valor, por problemas humanos y organizacionales (McKinsey). Lo claro es que la mayoría de las ideas se pierden en filtros, prioridades cambiantes o postergaciones. De esa manera, la estructura organizacional y los comités frenan la innovación, posponiendo ideas y limitando la experimentación.
Sin duda, la innovación requiere cambiar el diseño del sistema, no solo hacer más actividades. Pero, sobre todo, necesita ser definida, tras entender que digitalizar procesos, automatizar reportes o usar IA no son innovación en sí; la innovación implica cambiar la forma en que la organización crea valor, no solo usar herramientas nuevas. Y para eso, es inevitable decidir qué vale la pena volver factible, aunque hoy no lo sea. La innovación requiere decisiones directivas que impliquen incomodidad y riesgo; compromiso y valentía. La mayoría de las organizaciones no tienen un problema de creatividad, sino de decisión.
Revisemos los criterios clave para decisiones de innovación maduras.
Decidir con madurez requiere entender variables importantes, evaluar alternativas y comprometerse con la acción. Para eso, es fundamental tener un marco conceptual que permita entender qué variables importan, sin necesidad de certeza total; evaluar alternativas reales y distintas, no solo ideas similares o confirmaciones; considerar opciones como matar la iniciativa, empezar pequeño o posponer conscientemente.
Adicionalmente, es clave detectar señales de alerta cuando todas las ideas parecen iguales o demasiado favorables; contar con información confiable, aunque sea incompleta, mediante pruebas piloto o experimentos; reconocer los trade-offs y aceptar que toda decisión implica sacrificios y pérdida de control o certeza, así como también compromiso y acción.
Con todo, lo cierto es que innovar requiere una elección consciente que define la cultura y el rumbo de la organización. Elegir innovar no es solo anunciarlo, sino decidir constantemente qué tipo de organización se quiere construir.
Las empresas que innovan de manera consistente son disciplinadas en decir no a tareas y decisiones que no aportan valor. Innovar implica aceptar que no todo puede seguir igual, que la tecnología puede automatizar lo ordinario y liberar a las personas para lo extraordinario.
Y, aunque no garantizará éxito, innovar requiere renunciar a certezas, cambiar reglas y asumir riesgos reales. La decisión de innovar se toma todos los días, no solo con una idea brillante. La clave está en la disposición a decidir distinto y afrontar la incomodidad que ello conlleva.