La furia del dueño del New York Times contra la IA
Esta semana, en Marsella, el publisher de The New York Times pronunció un durísimo discurso contra las empresas de inteligencia artificial. Las acusó de cometer “un descarado robo de propiedad intelectual a una escala sin precedentes” y de amenazar el futuro del periodismo. Recordó que el Times ya las llevó a tribunales y llamó al sector a unirse antes de que sea tarde. Arthur Gregg Sulzberger, de la quinta generación de la familia que controla el Times desde 1896, nunca pensó en ser periodista y hoy dirige uno de los pocos grandes medios que crece.
Por: Mateo Navas
Publicado: Sábado 6 de junio de 2026 a las 21:00 hrs.
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En su oficina, en la sede de The New York Times, Arthur Gregg Sulzberger mantiene una frase pegada sobre su computador. La dejó escrita Adolph Ochs, su tatarabuelo, el hombre que compró el diario en 1896. En su testamento, Ochs le pidió a la familia proteger la independencia editorial y la integridad del Times y asegurar que siguiera siendo “un diario sin miedo y entregado de manera desinteresada al público estadounidense”. Esa instrucción terminó consagrada en el trust familiar que hasta hoy controla la compañía. Sulzberger ha dicho que se sabe esa frase de memoria.
Es el publisher del Times desde 2018 y el sexto miembro de la familia Ochs-Sulzberger en ocupar el cargo desde que Ochs compró el diario. A sus 45 años conduce una operación periodística de más de tres mil personas que reportean en 155 países, con 12 millones de suscriptores. Y, por lejos, es la empresa de diarios más valiosa que cotiza en Estados Unidos, con una capitalización cercana a los US$ 12 mil millones. Su acción cerró mayo en torno a US$ 75 y en abril marcó su máximo histórico.
Esta semana el nombre A. G. Sulzberger circuló por redes sociales y distintos medios. El lunes 1 de junio dio el discurso inaugural del 77° Congreso Mundial de Medios de WAN-IFRA, en Marsella, frente a directores y editores de más de 60 países. Les habló de inteligencia artificial y de lo que, a su juicio, está en juego para el periodismo, el oficio que su familia ejerce desde fines del siglo XIX.
El tono fue, coincidió buena parte de la cobertura, durísimo. Copó titulares en la prensa de varios países y, en la sala llena de editores, se llenó de aplausos. Asistentes al congreso cuentan que es poco habitual verlo en un escenario, porque suele comunicarse por escrito, y que fue el único en dar un discurso en solitario, sin panel. Subió, leyó durante media hora y bajó. Las cerca de 1 200 personas del auditorio lo despidieron de pie, y a los pocos minutos su intervención circulaba traducida a varios idiomas.
“Pecado original”
A. G. Sulzberger partió situando el contexto actual. La era de la inteligencia artificial, dijo, empezó “hace menos de cuatro años con el lanzamiento público de ChatGPT”, y, a su juicio, representa “la próxima gran revolución tecnológica”. Luego de eso, pasó a la crítica. Sostuvo que los gigantes tecnológicos construyeron sus productos sobre un “pecado original: un descarado robo de propiedad intelectual a una escala sin precedentes”. Las empresas de IA, agregó, “explotan los sitios web de noticias sin permiso ni compensación” y luego “reempaquetan estos bienes robados como propios”.

Enseguida lanzó una autocrítica. “Nuestra profesión ha permanecido demasiado callada, pasiva y fragmentada ante los abusos de las empresas que lideran la revolución de la IA”, dijo, antes de subir el tono. “No podemos permitir que los defensores de la IA dominen el debate público sin intervenir para defender la importancia de garantizar un futuro sostenible para el periodismo original. No podemos permanecer impasibles mientras las empresas de IA intentan desmantelar permanentemente los derechos que nos otorgan el control sobre nuestro trabajo. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras este trabajo se utiliza para crear productos sustitutivos que socavan nuestra capacidad de obtener la audiencia y los ingresos necesarios para seguir informando”.
“No estoy diciendo”, añadió, “que la IA sea intrínsecamente mala o perversa. Simplemente advierto que las empresas de IA están tomando decisiones que violan la legislación vigente, amenazan la viabilidad del trabajo creativo y parecen propicias para causar un daño innecesario considerable”.
De plano rechazó que lo suyo fuera un discurso antitecnológico. El problema, para él, está en cómo se construye el negocio de la IA. Para mostrarlo, analizó los cuatro ingredientes básicos de cualquier IA: el talento, los chips, la energía y los datos. Por los tres primeros, planteó, las tecnológicas pagan sin discutir.
“Ningún director ejecutivo de una empresa tecnológica se atrevería a sugerir que los ingenieros más talentosos trabajen gratis. (...) Tampoco se les ocurriría robar chips de una fábrica de Nvidia ni manipular ilegalmente una línea eléctrica”.
Pero el cuarto ingrediente, los datos, es la excepción. “Las empresas de IA toman datos sin consentimiento ni compensación”. Y esos datos, advirtió, son cosas muy concretas, como libros, cine, música, investigación y periodismo, lo que él llamó “todo el acervo de obras originales de la civilización”.
De ahí explicó por qué el Times está en tribunales. “Acciones como estas son la razón por la que The Times demandó a OpenAI, a su socio Microsoft y, posteriormente, a Perplexity, por flagrantes violaciones de nuestros derechos de propiedad intelectual. (...) Pero los litigios son lentos y costosos; el nuestro ya se ha extendido dos años y medio y ha costado más de US$ 20 millones. Como sin duda saben las empresas de IA, la mayoría de los medios carecen de los recursos para acudir a los tribunales y hacer valer sus derechos”.
El daño, dijo, ya se nota en su país. “En las últimas dos décadas, Estados Unidos ha perdido, según algunas estimaciones, el 75% de sus periodistas y más de 3 000 periódicos. Cada tres días cierra un periódico más.” Y esa crisis, advirtió, no termina ahí. “Los medios digitales no han logrado suplir ni una fracción de ese vacío. Amplias zonas de Estados Unidos carecen ahora de un solo reportero que investigue en los ayuntamientos, cubra las noticias de las escuelas locales y conecte a su comunidad con información veraz”.
Los comienzos
Sulzberger no planeaba dirigir The New York Times. En su familia hay unas 100 personas y la mayoría, ha contado, nunca trabajará un día en el diario. Lo de él era otra cosa. Quería dedicarse al medio ambiente. De hecho, tras egresar de la Brown se fue a las islas Galápagos, en Ecuador, a ayudar a monitorear la pesca de langosta y, de paso, a mejorar su español. Pero una oferta cambió los planes: una profesora de universidad, Tracy Breton, reportera de investigación y ganadora del Pulitzer, lo empujó a postular a una práctica en su diario, The Providence Journal.
En una charla en Stanford, a comienzos de 2026, resumió así su trabajo. “Ser reportero es lo más entretenido que un adulto tiene permitido hacer en el trabajo”. Lo describió como una mezcla de pasar medio día aprendiendo, saliendo al mundo y hablando con gente interesante, y el otro medio día enseñando lo aprendido.
Reporteó en Providence, en The Oregonian de Portland y, desde 2009, en el Times, primero en el área metropolitana de Nueva York y después como corresponsal en Kansas City. Sulzberger sabía que cargaba un apellido pesado. De hecho, su entonces editora Jill Abramson le dijo a The New Yorker que él temía que lo acusaran de nepotismo, pero que lo habría contratado igual “aunque hubiera tenido otro apellido”.
La vuelta
La historia del diario empieza mucho antes, en 1896, cuando su tatarabuelo Adolph Ochs, hijo de inmigrantes judíos alemanes, compró en un remate un Times en crisis. Al adquirirlo, prometió un periódico “limpio, digno, confiable e imparcial”. La apuesta funcionó. Cuando murió dejó un testamento que pedía a la familia cuidar la independencia del diario, y de ahí nació el trust que hasta hoy controla la compañía.
El Times que recibió Sulzberger venía de una profunda crisis. Para juntar caja, según Time, la empresa había vendido buena parte de sí misma, entre ellos el Boston Globe y parte de su nueva sede. En 2009, su año más oscuro, le pidió US$ 250 millones al mexicano Carlos Slim, a cambio de opciones sobre acciones muy descontadas que con el tiempo le dieron cerca del 17% de la compañía.
Sulzberger entró ese mismo año. En 2014 lideró el Reporte de Innovación, un diagnóstico durísimo sobre lo atrasado que estaba el diario en lo digital. Según contó a The New Yorker, lo repartió en apenas ocho copias impresas entre los jefes de la redacción, y semanas después apareció filtrado completo en BuzzFeed. Por esos días, el Times tenía sólo 800 mil suscriptores.
En 2016 lo nombraron número dos del diario a sólo dos semanas de que Trump ganara la elección presidencial. Para llegar ahí compitió con sus dos primos, Sam Dolnick y David Perpich, en lo que la revista de Brown describió como una versión “apta para todo público” de Game of Thrones. La noche del nombramiento los tres salieron a tomar algo. Sulzberger contó que quedó algo aturdido con la victoria, hasta que Sam le ofreció ayudarlo a planear el día siguiente.
Dos años después, el día que le avisaron que sería publisher, le pusieron la vara alta. Le dijeron que tendría “un solo trabajo para el resto de tu carrera, y puede que sea imposible”: encontrar un modelo de negocio sostenible para The New York Times.
Asumió el mando en enero de 2018, a los 37 años.
Y hasta ahora las cifras lo acompañan. A agosto de 2025 el Times tenía 11,88 millones de suscriptores, de los cuales 11,3 millones eran sólo digitales, la mayor cantidad de cualquier diario de Estados Unidos por amplio margen. La compañía se fijó la meta de llegar a 15 millones en 2027. Y, además, en el camino compró The Athletic, sumó Wirecutter, la sección de cocina, los juegos como Wordle y el podcast The Daily. El diario acumula 137 premios Pulitzer, más que cualquier otra publicación.
“La IA es cada vez menos popular entre el público”
Hacia el final, en Marsella, Sulzberger dejó cuatro encargos a los presentes. El primero, defender lo propio. “Los derechos de propiedad intelectual deben prevalecer para que nuestra profesión pueda avanzar (...) Esto requerirá valentía -y a veces recursos, que son escasos-, pero la alternativa de tolerar en silencio el robo sistemático de tu trabajo acabará por impedirte continuar ejerciendo tu profesión”.
El segundo fue una advertencia para los medios que ya negocian con las tecnológicas: “Que las organizaciones de noticias firmen acuerdos para licenciar contenido a empresas de IA es razonable. Sin embargo, le recomiendo que considere la viabilidad a largo plazo de cada acuerdo”.

El tercero miró hacia la política. “Presione a sus legisladores. La IA es cada vez menos popular entre el público. Mientras los legisladores consideran cómo responder, nuestra industria debe unirse con una breve lista de peticiones claras y convincentes”.
El cuarto fue un llamado a unirse con el cine, la música y otras industrias creativas: “Nos enfrentamos a empresas de IA que invierten millones en marketing, lobby y donaciones políticas para persuadir al público y cooptar a los políticos”.
Asistentes cuentan que, al día siguiente, subieron al escenario dos ejecutivos de OpenAI, Tom Rubin, su jefe de propiedad intelectual y contenidos, y Varun Shetty, vicepresidente de alianzas con medios. Por la demanda en curso del Times, ninguno respondió preguntas sobre el discurso de Sulzberger. Negaron que hubiera un robo y defendieron que su tecnología sólo transforma palabras en datos. Mientras hablaban, los seguía con atención Michael Greenspon, el ejecutivo a cargo del negocio de licencias del New York Times.
El artículo 8
La misma discusión que Sulzberger llevó a Marsella tiene su versión chilena. El gobierno de José Antonio Kast incluyó en su proyecto de reactivación y reconstrucción un artículo, el número 8, que permitía a los sistemas de inteligencia artificial usar obras y datos protegidos por derechos de autor sin pagar a sus creadores. La idea, según trascendió, era atraer inversión en grandes centros de datos en el norte del país, donde hay espacio y energía barata.
La Asociación Nacional de la Prensa rechazó la norma. Argumentó que entregaba gratis el trabajo de medios y artistas y que chocaba con la propiedad intelectual que garantiza la Constitución. Cuando el Ejecutivo presentó una nueva redacción, acompañada de un fondo estatal de más de US$ 5 millones, la ANP la consideró peor que la original, porque mantenía el uso de las obras sin autorización ni pago. A la crítica se sumaron la industria del cine, la música y la gestión de derechos de autor. Lo que pedían era un mecanismo de opt-out, para que cada autor pudiera reservar su obra y dejarla fuera del entrenamiento de la IA.
El artículo fue rechazado en la Cámara de Diputados. Y esta semana, en el Senado, Quiroz dejó abierta la puerta a no insistir. “Estamos en estudio de si lo vamos a reponer o no. Es un tema más complejo y probablemente requiera mirarlo en otra ocasión”, dijo ante la comisión de Hacienda. El Gobierno evalúa llevarlo a una ley especial sobre inteligencia artificial.
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